Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Sois un joven valiente -dijo Buckingham tendiendo a D'Artag nan una mano que éste apretó
respetuosamente-; me ofrecéis vuestros servicios, los acepto; seguidnos a veinte pasos hasta el
Louvre. ¡Y si alguien nos espía, matadlo!
D'Artagnan puso su espada desnuda bajo su brazo, dejó adelantarse a la señora Bonacieux y al
duque veinte pasos y los siguió, dispuesto a ejecutar a la letra las instrucciones del noble y
elegante ministro de Carlos I.
Pero afortunadamente el joven secuaz no tuvo ninguna ocasión de dar al duque aquella prueba
de su devoción; y la joven y el hermoso mosquetero entraron en el Louvre por el postigo de
L'Echelle sin haber sido inquietados.
En cuanto a D'Artagnan, se volvió al punto a la taberna de la Pomme du Pin, donde encontró a
Porthos y a Aramis que lo esperaban.
Pero sin darles otra explicación sobre la molestia que les había causado, les dijo que había
terminado solo el asunto para el que por un instante había creído necesitar su intervención.
Y ahora, arrastr ados como estamos por nuestro relato, dejemos a nuestros tres amigos volver
cada uno a su casa, y sigamos por el laberinto del Louvre al duque de Buckingham y a su guía.

Capítulo XII

Georges Villiers, duque de Buckingham

La señora Bonacieux y el duque entraron en el Louvre sin dificultad; la señora Bonacieux era
conocida por pertenecer a la reina; el duque llevaba el uniforme de los mosqueteros del señor de
Tréville que, como hemos dicho, estaba de guardia aquella noche. Además, Germain era adicto a
los intereses de la reina, y si algo pasaba, la señora Bonacieux sería acusada de haber
introducido a su amante en el Louvre, eso es todo; cargaba con el crimen: su reputación estaba
perdida, cierto, pero ¿qué valor tiene en el mundo la reputación de una simple mercera?
Un vez entrados en el interior del patio, el duque y la joven siguie ron el pie de los muros
durante un espacio de unos veinticinco pasos; recorrido ese espacio la señora Bonacieux empujó
una pequeña puerta de servicio, abierta durante el día, pero cerrada generalmente por la noche;
la puerta cedió; los dos entraron y se encontraron en la oscuri dad, pero la señora Bonacieux
conocía todas las vueltas y revueltas de aquella parte del Louvre, destinada a las personas de la
servidumbre. Cerró las puertas tras ella, tomó al duque por la mano, dio algu nos pasos a tientas,
asió una barandilla, tocó con el pie un escalón y comenzó a subir la escalera; el duque contó dos
pisos. Entonces ella torció a la derecha, siguió un largo corredor, volvió a bajar un piso, dio
algunos pasos más todavía, introdujo una llave en una cerradura, abrió una puerta y empujó al
duque en una habitación iluminada solamente por una lámpara de noche diciendo: «Quedad
aquí, milord duque, vendrán». Luego salió por la misma puerta, que cerró con llave, de suerte
que el duque se encontró literalmente prisionero.
Sin embargo, por más solo que se encontraba, hay que decirlo, el duque de Buckingham no
experimentó por un instante siquiera temor; uno de los rasgos salientes de su carácter era la
búsqueda de la aventura y el amor por lo novelesco. Valiente, osado, emprendedor, no era la
primera vez que arriesgaba su vida en semejantes tentativas; había sabido que aquel presunto
mensaje de Ana de Austria, fiado en el cual había venido a París, era una trampa, y en lugar de regresar a Inglate rra, abusando de la posición en que se le había puesto, había declarado a la
reina que no partiría sin haberla visto. La reina se había negado rotundamente al principio, luego
había temido que el duque, exasperado, cometiese alguna locura. Ya estaba decidida a recibirlo y
a suplicarle que partiese al punto cuando, la tarde misma de aquella deci sión, la señora
Bonacieux, que estaba encargada de ir a buscar al duque y conducirle al Louvre, fue raptada.
Durante dos días se ignoró completamente lo que había sido de ella, y todo quedó en suspenso.
Pero una vez libre, una vez puesta de nuevo en contacto con La Porte, las cosas habían
recuperado su curso, y ella acababa de realizar la peligrosa empresa que, sin su arresto, habría
ejecutado tres días antes.
Buckingham, que se había quedado solo, se acercó a un espejo. Aquel vestido de mosquetero
le iba de maravilla.
A los treinta y cinco años que entonces tenía, pasaba, y con razón, por el gentilhombre más
hermoso y por el caballero más elegante de Francia y de Inglaterra.
Favorito de dos reyes, rico en millones, todopoderoso en el reino que agitaba


 

 
 

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