Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Descendió, pues, la calle des Petits-Augustins y subió el muelle para tomar el Pont-Neuf. Por
un instante tuvo la idea de pasar en la barca, pero al llegar a la orilla del agua había introducido
maquinal mente su mano en el bolsillo y se había dado cuenta de que no tenía con qué pagar al
barquero.
Cuando llegaba a la altura de la calle Guénégaud, vio desembocar de la calle Dauphine un
grupo compuesto por dos personas cuyo aspecto le sorprendió.
Las dos personas que componían el grupo eran: la una, un hombre; la otra, una mujer.
La mujer tenía el aspecto de la señora Bonacieux, y el hombre se parecía a Aramis hasta el
punto de ser tomado por él.
Además, la mujer tenía aquella capa negra que D'Artagnan veía aún recortarse sobre el postigo
de la calle de Vaugirard y sobre la puerta de la calle de La Harpe.
Además, el hombre llevaba el uniforme de los mosqueteros.
El capuchón de la mujer estaba vuelto, el hombre tenía su pañuelo sobre su rostro; los dos,
esa doble precaución lo indicaba, los dos te nían, pues, interés en no ser reconocidos.
Ellos tomaron el puente; era el camino de D'Artagnan, puesto que D'Artagnan se dirigía al
Louvre; D'Artagnan los siguió.
D'Arta gnan no había dado veinte pasos cuando quedó convencido de que aquella mujer era la
señora Bonacieux y de que aquel hombre era Aramis.
En el mismo instante sintió que todas las sospechas de los celos se agitaban en su corazón. Era doblemente traicionado por su amigo y por aquella a la que amaba ya como a una amante.
La señora Bonacieux le había jurado por todos los dioses que no conocía a Aramis, y un cuarto
de hora después de que ella le hubiera hecho este juramento la volvía a encontrar del brazo de
Aramis.
D'Artagnan no reflexionó que conocía a la bonita mercera desde hacía tres horas, que no le
debía a él nada más que un poco de gratitud por haberla liberado de los hombres perversos que
querían raptar la, y que ella no le había prometido nada. Se miró como un amante ultrajado,
traicionado, escarnecido; la sangre y la cólera le subieron al rostro, resolvió aclararlo todo.
La joven mujer y el joven hombre se habían dado cuenta de que los seguían, y habían doblado
el paso. D'Artagnan tomó carrera, los sobr epasó, luego volvió sobre ellos en el momento en que
se encontraban ante la Samaritaine, alumbrada por un reverbero que proyecta ba su claridad
sobre toda aquella parte del puente.
D'Artagnan se detuvo ante ellos, y ellos se detuvieron ante él.
-¿Qué queréis, señor? -preguntó el mosquetero retrocediendo un paso y con un acento
extranjero que probaba a D'Artagnan que se había equivocado en una parte de sus conjeturas.
-¡No es Aramis! -exclamó.
-No, señor, no soy Aramis, y por vuestra exclamación veo que me habéis tomado por otro, y os
perdono.
-¡Vos me perdonáis! -exclamó D'Artagnan.
-Sí -respondió el desconocido -. Dejadme, pues, pasar, por que nada tenéis conmigo.
-Tenéis razón, señor -dijo D'Artagnan-, nada tengo con vos, sí con la señora.
-¡Con la señora! Vos no la conocéis -dijo el extranjero.
-Os equivocáis, señor, la conozco.
-¡Ah! -dijo la señora Bonacieux con un tono de reproche-. ¡Ah, señor! Tenía yo vuestra palabra
de militar y vuestra fe de gentilhom bre; esperaba contar con ellas.
-Y yo, señora -dijo D'Artagnan embarazado-. Me habíais prometido. . .
-Tomad mi brazo, señora -dijo el extranjero-, y continuemos nuestro camino.
Sin embargo, D'Artagnan, aturdido, aterrado, anonadado por todo lo que le pasaba,
permanecía en pie y con los brazos cruzados ante el mosquetero y la señora Bonacieux.
El mosquetero dio dos pasos hacia adelante y apartó a D'Artagnan con la mano.
D'Artagnan dio un salto hacia atrás y sacó su espada.
Al mismo tiempo y con la rapidez de la centella, el desconocido sacó la suya.
-¡En nombre del cielo, milord! -exclamó la señora Bonacieux arrojándose entre los
combatientes y tomando las espadas con sus manos.
-¡Milord! -exclamó D'Artagnan iluminado por una idea súbita-. ¡Milord! Perdón señor, es que
vois sois...
-Milord el duque de Buckingham -dijo la señora Bonacieux a media voz-; y ahora podéis
perdernos a todos.
-Milord, madame, perdón, cien veces perdón; pero yo la amaba, milord, y estaba celoso; vos
sabéis lo que es amar, milord; perdonadme y decidme cómo puedo hacerme matar por vuestra
gracia.


 

 
 

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