estaba exenta de cierto tinte de impaciencia.
-No, no, me voy; creo en vos, quiero tener todo el mérito de mi afecto,
aunque ese afecto sea
una estupidez. ¡Adiós, señora, adiós!
Y como si no se sintiera con fuerza para separarse de la mano que sostenía
más que mediante
una sacudida, se alejó corriendo, mientras la señora Bonacieux
llamaba, como en el postigo, con
tres golpes len tos y regulares; luego, llegado al ángulo de la calle,
él se volvió: la puerta se había
abierto y vuelto a cerrar, la bonita mercera había desaparecido.
D'Artagnan prosiguió su camino, había dado su palabra de no espiar
a la señora Bonacieux, y
aunque la vida de ella dependiera del lugar adonde había ido a reunirse,
o de la persona que
debía acompañarla, D'Artagnan habría vuelto a su casa,
puesto que había dicho que volvía. Cinco
minutos después estaba en la calle des Fossoyeurs.
-Pobre Athos -decía-, no sabrá lo que esto quiere decir. Se habrá
dormido mientras me
esperaba, o habrá regresado a su casa, y al volver se habrá enterado
de que había ido allí una
mujer. ¡Una mujer en casa de Athos! Después de todo -continuó
D'Artagnan-, también había una
en casa de Aramis. Todo esto es muy extraño y me intriga mucho saber
cómo va a terminar.
-Mal, señor, mal -respondió una voz que el joven reconoció
como la de Planchet; porque
monologando en voz alta, a la manera de las personas muy preocupadas, se había
adentrado por
el camino al fondo del cual estaba la escalera que conducía a su habitación.
-¿Cómo mal? ¿Qué quieres decir, imbécil?
-preguntó D'Arta gnan-. ¿Qué ha pasado?
-Toda clase de desgracias.
-¿Cuáles?
-En primer lugar, el señor Athos está arrestado.
-¡Arrestado! ¡Athos! ¡Arrestado! ¿Por qué?
-Lo encontraron en vuestra casa; lo tomaron por vos.
-¿Y quién lo ha arrestado?
-La guardia que fueron a buscar los hombres negros que vos pusisteis en fuga.
-¡Por qué no ha dicho su nombre! ¿Por qué no ha dicho
que no tenía nada que ver con este
asunto?
-Se ha guardado mucho de hacerlo, señor; al contrario, se ha acercado
a mí y me ha dicho:
«Es tu amo el que necesita su libertad en este momento, y no yo, porque
él sabe todo y yo no sé
nada. Le creerán arrestado, y esto le dará tiempo; dentro de tres
días diré quién soy, y entonces
tendrán que dejarme salir.»
-¡Bravo, Athos! Noble corazón -murmuró D'Artagnan-, en eso
le reconozco. ¿Y qué han hecho
los esbirros?
-Cuatro se lo han llevado no sé adónde, a la Bastilla o al Fort-l'Evêque;
dos se han quedado
con los hombres negros, que han registrado por todas partes y que han cogido
todos los papeles.
Por fin, los dos últimos, durante esta comisión, montaban guardia
en la puer ta; luego, cuando
todo ha acabado, se han marchado dejando la casa vacía y completamente
abierta.
-¿Y Porthos y Aramis?
-Yo no los encontré, no han venido.
-Pero pueden venir de un momento a otro, porque tú les dejaste el recado
de que los
esperaba.
-Sí, señor.
-Bueno, no te muevas de aquí; si vienen, avísales de lo que me
ha pasado, que me esperen en
la taberna de la Pomme du Pin; aquí habría peligro, la casa puede
ser espiada. Corro a casa del
señor de Tréville para anunciarle todo esto, y me reúno
con ellos.
-Está bien, señor -dijo Planchet.
-Pero tú te quedas, tú no tengas miedo - dijo D'Artagnan volviendo
sobre sus pasos para
recomendar valor a su lacayo.
-Estad tranquilo, señor -dijo Planchet-; no me conocéis todavía:
soy valiente cuando me pongo
a ello; la cosa consiste en poner me; además, soy picardo.
-Entonces, de acuerdo -dijo D'Artagnan-; te haces matar antes que abandonar
tu puesto.
-Sí, señor, y no hay nada que no haga para probar al señor
que le soy adicto.
-Bueno -se dijo a sí mismo D'Artagnan-, parece que el método que
empleé con este muchacho
es decididamente bueno; lo usaré en su momento.
Y con toda la rapidez de sus piernas, algo fatigadas ya sin embargo por las
carreras de la
jornada, D'Artagnan se dirigió hacia la calle du Vieux-Colombier.
El señor de Tréville no estaba en su palacio; su compaña
se hallaba de guardia en el Louvre; él
estaba en el Louvre con su compaña.
Había que llegar hasta el señor de Tréville; era importante
que fuera prevenido de lo que
pasaba. D'Artagnan decidió entrar en el Louvre. Su traje de guardia de
la compaña del señor Des
Essarts debía servirle de pasaporte.
