que no lo conocía.
-¿No conocéis al hombre a cuyo postigo vais a llamar? Vamos, señora,
¿no me creéis
demasiado crédulo?
-Confesad que habéis inventado esa historia para hacerme hablar, y que
vos mismo habéis
creado ese personaje.
-Yo no he inventado nada, señora, no creo nada, digo la exacta verdad.
-¿Y decíis que uno de vuestros amigos vive en esa casa?
-Lo digo y lo repito por tercera vez, en esa casa es donde vive mi amigo, y
ese amigo es
Aramis.
-Todo esto se aclarará más tarde -murmuró la joven-; ahora,
señor, callaos.
-Si pudierais ver mi corazón completamente al descubierto -dijo D'Artagnan-,
leeríais en él
tanta curiosidad que tendríais piedad de mí, y tanto amor que
al instante satisfaríais incluso mi
curiosidad. No tenéis nada que temer de quienes os aman.
-Habláis muy deprisa de amor, señor - dijo la mujer moviendo la
cabeza.
-Es que el amor me ha venido deprisa y por primera vez, y aún no tengo
veinte años.
La joven lo miró a hurtadillas
-Escuchad, estoy tras su rastro-dijo D'Artagnan- Hace tres meses estuve a punto
de tener un
duelo con Aramis por un pañuelo semejante al que habéis mostrado
a aquella mujer que estaba
en su casa, por un pañuelo marcado de la misma manera, estoy seguro.
-Señor -dijo la joven-, me cansáis, os lo juro, con esas preguntas.
-Pero vos, señora, tan prudente pensad en ello; si fuerais arrestada
con ese pañuelo, y si ese
pañuelo fuera cogido, ¿no os comprometeríais?
-¿Y por qué? ¿Las iniciales no son las mías: C.
B., Costance Bo nacieux?
-O Camille de Bois-Tracy.
-Silencio, señor, una vez mas, ¡silencio! ¡Ah! Puesto que
los peligros que corro no os detienen,
pensad en los que podéis correr vos.
-¿Yo?
-Sí, vos. Corréis peligro en la cárcel, corréis
peligro de muerte por el hecho de conocerme.
-Entonces no os dejo.
-Señor -dijo la joven suplicando y juntando las manos-, señor,
en el nombre del cielo, en el
nombre del honor de un militar, en el nombre de la cortesía de un gentilhombre,
alejaos; ved,
suenan las doce, es la hora en que me esperan.
-Señora -dijo el joven inclinándose-, no sé negar nada
a quien me lo pide así; contentaos, ya
me alejo.
-Pero ¿no me seguiréis, no me espiaréis?
-Regreso a mi casa ahora mismo.
-¡Ah, ya sabía yo que erais un buen joven! -exclamó la señora
Bonacieux tendiéndole una
mano y poniendo la otra en la aldaba de una pequeña puerta casi perdida
en el muro.
D'Artagnan tomó la mano que se le tendía y la besó ardientemente.
-¡Ay, preferiría no haberos visto jamás! -exclamó
D'Artagnan con aquella brutalidad ingenua
que las mujeres prefieren con frecuencia a las afectaciones de la cortesía,
porque descubre el
fondo del pensamiento y prueba que el sentimiento domina sobre la razón.
-¡Pues bien! -prosiguió la señora Bonacieux con una voz
casi acariciadora y estrechando la
mano de D'Artagnan, que no había abandonado la suya-. ¡Pues bien¡
Yo no diré tanto como vos:
lo que está perdido para hoy no está perdido para el futuro. ¿Quién
sabe si cuando yo esté libre
un día no satisfaré vuestra curiosidad?
-¿Y hacéis la misma promesa a mi amor? -exclamó D'Artagnan
en el colmo de la alegría.
-¡Oh! Por ese lado, no quiero comprometerme, eso dependerá de los
sentimientos que vos
sepáis inspirarme.
-Así, hoy, señora...
-Hoy, señor, no estoy segura más que del agradecimiento.
-¡Ah! Sois muy encantadora -dijo D'Artagnan con tristeza-, y abusáis
de mi amor.
-No, yo use de vuestra generosidad, eso es todo. Pero, creedlo, con ciertas
personas todo se
recobra.
-¡Oh, me hacéis el más feliz de los hombres! No olvidéis
esta noche, no olvidéis esta promesa.
-Estad tranquilo, en tiempo y lugar me acordaré de todo. ¡Y bien,
partid pues, partid, en
nombre del cielo! Me esperaban a las doce en punto, y voy retrasada.
-Cinco minutos.
-Sí; pero en ciertas circunstancias cinco minutos son cinco siglos.
-Cuando se ama.
-¿Y quién os dice que no tengo un asunto amoroso?
-¿Es un hombre el que os espera? -exclamó D'Artagnan-. ¡Un
hombre!
-Vamos, que la discusión vuelve a empezar -dijo la señora Bo nacieux
con media sonrisa que no
