-Pero ¿quién es ella?
-¡Oh! Ese no es secreto mío.
-Querida señora Bonacieux, sois encantadora; pero al mismo tiempo sois
la mujer más
misteriosa...
-¿Es que pierdo con eso?
-No, al contrario, sois adorable.
-Entonces, dadme el brazo.
-De buena gana. ¿Y ahora?
-Ahora conducidme.
-¿Adónde?
-Adonde voy.
-Pero ¿adónde vais?
-Ya lo veréis, puesto que me dejaréis en la puerta.
-¿Habrá que esperaros.
-Será inútil.
-Entonces, ¿volveréis sola?
-Quizá sí, quizá no.
-Y la persona que os acompañará luego, ¿será un
hombre, será una mujer?
-No sé nada todavía.
-Yo sí, yo sí lo sabré.
-¿Y cómo?
-Os esperaré para veros salir.
-En ese caso, ¡adiós!
-¿Cómo?
-No tengo necesidad de vos.
-Pero habíais reclamado...
-La ayuda de un gentilhombre, y no la vigilancia de un espía.
-La palabra es un poco dura.
-¿Cómo se llama a los que siguen a las personas a pesar suyo?
-Indiscretos.
-La palabra es demasiado suave.
-Vamos, señora, me doy cuenta de que hay que hacer todo lo que vos queráis.
-¿Por qué privaros del mérito de hacerlo en seguida?
-¿No hay alguno que se ha arrepentido de ello?
-Y vos, ¿os arrepentís en realidad?
-Yo no sé nada de mí mismo. Pero lo que sé es que os prometo
hacer todo lo que queráis si
me dejáis acompañaros hasta donde vayáis.
Y me dejaréis después?
-Sí.
-¿Sin espiarme a mi salida?
-No.
-¿Palabra de honor?
-¡A fe de gentilhombre!
-Tomad entonces mi brazo y caminemos.
D'Artagnan ofreció su brazo a la señora Bonacieux, que se cogió
de él, mitad riendo, mitad
temblando, y los dos juntos ganaron lo alto de la calle La Harpe. Llegada allí
la joven pareció
dudar, como ya había hecho en la calle Vaugirard. Sin embargo, por ciertos
signos, pareció
reconocer una puerta; y se acercó a ella.
-Y ahora, señor -dijo-, aquí es donde tengo que venir; mil gracias
por vuestra honorable
compaña, que me ha salvado de todos los peligros a que habría
estado expuesta. Pero ha
llegado el momento de cumplir vuestra palabra: yo he llegado a mi destino.
-¿Y no tendréis nada que temer a la vuelta?
-No tendré que temer más que a los ladrones.
-¿Y eso no es nada?
-¿Qué podrían robarme? No tengo un denario encima.
-Olvidáis ese bello pañuelo bordado, blasonado.
-¿Cuál?
-El que encontré a vuestros pies y que metí en vuestro bolsillo.
-¡Callaos, callaos, desgraciado! -exclamó la joven-. ¿Queréis
perderme?
-Ya veis que todavía hay peligro para vos, puesto que una sola palabra
os hace temblar y
confesáis que si oyesen esa palabra estaríais perdida. ¡Ah,
señora -exclamó D'Artagnan
cogiéndole la mano y cubriéndola con una ardiente mirada-, sed
más generosa, confiad en mí!
No habéis leído todavía en mis ojos que no hay más
que afecto y simpatía en mi corazón.
-Claro que sí -respondió la señora Bonacieux- y si me pedís
mis secretos, os los diré; pero los
de los demás, es otra cosa.
-Está bien -dijo D'Artagnan-, yo los descubriré; puesto que ta
les secretos pueden tener
influencia sobre vuestra vida, es preciso que esos secretos se conviertan en
los míos.
-Guardaos de ello -exclamó la joven con una serenidad que hizo temblar
a D'Artagnan a su
pesar-. ¡No os mezcléis en nada de lo que me atañe, no tratéis
de ayudarme en lo que hago! Y
esto os lo pido en nombre del interés que os inspiro, en nombre del servicio
que me habéis
hecho, y que no olvidaré en mi vida. Creed ante todo en lo que os digo.
No os ocupéis más de
mí, no existo más para vos, que sea como si no me hubierais visto
jamás.
-¿Aramis debe hacer lo mismo que yo, señora? -dijo D'Artagnan
picado.
-Es ya la segunda o tercera vez que pronunciáis ese nombre, señor,
y sin embargo os he dicho
