en escena, salió de su escondite, y raudo como una centella, pero ahogando
el ruido de sus
pasos, fue a pegarse a una esquina del muro, desde el que su mirada podía
hundirse
perfectamente en el interior de la habitación de Aramis.
Llegado allí, D'Artagnan pensó lanzar un grito de sorpresa: no
era Aramis quien hablaba con la
visitante nocturna, era una mujer. Sólo que D'Artagnan veía bastante
para reconocer la forma de
sus vestidos, pero no para distinguir sus rasgos.
En el mismo instante, la mujer de la habitación sacó un segundo
pañuelo de su bolsillo y lo
cambió por aquel que acababan de mostrar le. Luego entre las dos mujeres
fueron pronunciadas
algunas palabras. Por fin el postigo se cerró. La mujer que se hallaba
en el exterior de la ventana
se volvió y vino a pasar a cuatro pasos de D'Artagnan bajando la toca
de su manto; pero la
precaución había sido tomada demasiado tarde y D'Artagnan había
reconocido a la señora
Bonacieux.
¡La señora Bonacieux! La sospecha de que era ella le había
cruzado por el espíritu cuando
había sacado el pañuelo de su bolso; pero ¿por qué
motivo la señora Bonacieux, que había
enviado a buscar al señor de La Porte para hacerse llevar por él
al Louvre, corría las calles de
París sola a las once y media de la noche, con riesgo de hacerse raptar
por segunda vez?
Era preciso, por tanto, que fuera por un asunto muy importante. ¿Y qué
asunto hay importante
para una mujer de veinticinco años? El amor.
Pero ¿era por su cuenta o por cuenta de otra persona por lo que se exponía
a semejantes
azares? Esto era lo que se preguntaba a sí mis mo el joven, a quien el
demonio de los celos
mordía en el corazón ni más ni menos que a un amante titulado.
Había por otra parte un medio muy simple de asegurarse adónde
iba la señora Bonacieux: era
seguirla. Este medio era tan simple que D'Artagnan lo empleó naturalmente
y por instinto.
Pero a la vista del joven que se separaba del muro como una estatua de su nicho,
y al ruido de
los pasos que oyó resonar tras ella, la señora Bonacieux lanzó
un pequeño grito y huyó.
D'Artagnan corrió tras ella. No era una cosa difícil para él
alcanzar a una mujer embarazada por
su manto. La alcanzó, pues, un tercio más allá de la calle
en que se había adentrado. La
desgraciada estaba agotada, no de fatiga sino de terror, y cuando D'Artagnan
le puso la mano
sobre el hombro, ella cayó sobre una rodilla gritando con voz estrangulada:
-Matadme si queréis, pero no sabréis nada.
D'Artagnan la alzó pasándole el brazo en torno al talle; pero
como sintió por su peso que
estaba a punto de desvanecerse, se apresuró a traquilizarla con protestas
de afecto. Tales
protestas no significaban nada para la señora Bonacieux, porque semejantes
protestas pueden
hacerse con las peores intenciones del mundo; pero la voz era todo. La joven
creyó reconocer el
sonido de aquella voz; volvió a abrir los ojos, lanzó una mirada
sobre el hombre que le había
causado tan gran miedo y, al reconocer a D'Artagnan, lanzó un grito de
alegría.
-¡Oh, sois vos! ¡Sois vos! -dijo-. ¡Gracias, Dios mío!
-Sí, soy yo -dijo D'Artagnan-, yo, a quien Dios ha enviado para velar
por vos.
-¿Era con esa intención con la que me seguíais? -preguntó
con una sonrisa llena de coquetería
la joven cuyo carácter algo burlón la dominaba, y en la que todo
temor había desaparecido desde
el momento mismo en que había reconocido un amigo en aquel a quien había
tomado por un
enemigo.
-No -dijo D'Artagnan-, no, lo confieso, es el azar el que me ha puesto en vuestra
ruta; he visto
una mujer llamar a la ventana de uno de mis amigos...
-¿De uno de vuestros amigos? -interrumpió la señora Bonacieux.
-Sin duda; Aramis es uno de
mis mejores amigos.
-¡Aramis! ¿Quién es ése?
- Vamos! ¿Vais a decirme que no conocéis a Aramis?
- Es la primera vez que oigo pronunciar ese nombre.
-Entonces, ¿es la primera vez que vais a esa casa?
-Claro.
-¿Y no sabíais que estuviese habitada por un joven?
-No.
-¿Por un mosquetero?
-De ninguna manera.
-¿No es, pues, a él a quien veníais a buscar?
-De ningún modo. Además, ya lo habéis visto, la persona
con quien he hablado es una mujer.
-Es cierto; pero esa mujer es de las amigas de Aramis.
-Yo no sé nada de eso.
-Se aloja en su casa.
-Eso no me atañe.
