Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¿Cómo? ¿Qué decís? ¿De quién habláis? ¡Espero que no sea de mi mujer!
-Al contrario, es de ella. Bonito asunto el vuestro.
-¡Vaya! -exclamó el mercero exasperado-. Haced el favor de decirme, señor, cómo ha podido
empeorar por lo que mi mujer haya hecho mientras yo estoy en prisión.
-Porque lo que ha hecho es la consecuencia de un plan tramado entre vosotros, un plan
infernal.
-Os juro, señor comisario, que estáis en el más profundo error; que yo no sé nada de nada de
lo que debía hacer mi mujer, que soy completamente extraño a lo que ella ha hecho y, que si ella
ha hecho tonterías, reniego de ella, la desmiento, la maldigo.
-¡Bueno! -dijo Athos al comisario-. Si ya no tenéis necesidad de mí aquí, enviadme a alguna
parte; vuestro señor Bonacieux es irritante.
-Volved a llevar a los prisioneros a sus calabozos -dijo el comisario señalando con el mismo
gesto a Athos y a Bonacieux-, que sean guardados con mayor severidad que nunca.
-Sin embargo -dijo Athos con su calma habitual-, si vos estáis buscando al señor D'Artagnan,
no veo demasiado bien en qué puedo yo reemplazarlo. -¡Haced lo que he dicho! -exclamó el comisario-. Y en el secreto más absoluto. ¡Ya habéis oído!
Athos siguió a sus guardias encogiéndose de hombros, y el señor Bonacieux lanzando
lamentaciones capaces de ablandar el corazón de un tigre.
Llevaron al mercero al mismo calabozo en que había pasado la noche, y lo dejaron solo toda la
jornada. Durante toda la jornada el señor Bonacieux lloró como un verdadero mercero, dado que
no era un hombre de espada, tal como él mismo nos ha dicho.
Por la noche, hacia las ocho, en el momento en que iba a decidirse a meterse en la cama, oyó
pasos en su corredor. Aquellos pasos se acercaron a su calabozo, su puerta se abrió y
aparecieron los guardias.
-Seguidme -dijo un exento que venía tras los guardias.
-¡Que os siga! -exclamó Bonacieux-. ¿Que os siga a esta hora? ¿Y adónde, Dios mío?
-Adonde tenemos orden de llevaros.
-Pero eso no es una respuesta.
-Sin embargo, es la única que podemos daros.
-¡Ay, Dios mío, Dios mío! -murmuró el pobre mercero-. Esta vez sí que estoy perdido.
Y siguió maquinalmente y sin resistencia a los guardias que venían a buscarlo.
Tomó el mismo corredor que ya había tomado, atravesó un primer patio, luego un segundo
cuerpo de edificios; finalmente, a la puerta del patio de entrada, encontró un coche rodeado de
cuatro guardias a caballo. Lo hicieron subir en aquel coche, el exento se colocó tras él, cerraron
la portezuela con llave, y los dos se encontraron en una prisión rodante.
El coche se puso en movimiento, lento como un carromato fúnebre. A través de la reja cerrada
con candado, el prisionero veía las casas y el camino, eso era todo; pero, como auténtico
parisiense que era, Bonacieux reconocía cada calle por los guardacantones, por las mues tras, por
los reverberos. En el momento de llegar a Saint-Paul, lugar donde se ejecutaba a los condenados
de la Bastilla, estuvo a punto de des vanecerse y se persignó dos veces. Había creído que el
coche debía detenerse allí. Sin embargo, el coche siguió.
Más lejos, un gran terror lo invadió otra vez. Fue al bordear el cementerio de Saint-Jean, donde
se enterraba a los criminales de Esta do. Sólo una cosa lo tranquilizó algo, y es que antes de
enterrarlos se les cortaba por regla general la cabeza, y su cabeza estaba aún sobre sus
hombros. Pero cuando vio que el coche tomaba la ruta de la Grève, cuando vio los techos
picudos del Ayuntamiento, cuando el coche se adentró bajo la arcada, creyó que todo había
terminado para él, quiso confesarse con el exento, y, tras su negativa, lanzó gritos tan lastimeros
que el exento le anunció que, si seguía ensordeciéndole así, le pon dría una mordaza.
Aquella amenaza tranquilizó algo a Bonacieux: si hubieran te nido que ejecutarlo en Grève, no
merecía la pena amordazarlo, porque estaban a punto de llegar al lugar de la ejecución. En
efecto, el coche cruzó la plaza fatal sin detenerse. Ya sólo quedaba que temer la
Croix-du-Trahoir: precisamente el coche tomó el camino de ella.
Esta vez no había duda, era la Croix-du-Trahoir, donde se ejecutaba a los criminales
subalternos. Bonacieux se había jactado creyéndose digno de Saint-Paul o de la plaza de Grève:
¡era en la Croix-duTrahoir donde iban a terminar su viaje y su destino! No podía ver todavía
aquella maldita cruz, pero la sentía en cierto modo venir a su encuen tro. Cuando no estuvo más
que a una veintena de pasos, oyó un rumor y el coche se detuvo. Era más


 

 
 

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