no eran más que
las nueve y veinti cinco minutos, aún había tiempo para presentarme
en vuestra casa.
-¡Las nueve y veinticinco minutos! -exclamó el señor de
Tréville mirando su péndola-. ¡Pero es
imposible!
-Ya lo veis, señor -dijo D'Artagnan-, eso lo testimonia.
-Es exacto -dijo el señor de Tréville-, habría creído
que era más tarde. Pero veamos, ¿qué
queréis?
Entonces D'Artagnan le hizo al señor de Tréville una larga historia
sobre la reina. Le expuso los
temores que había concebido respecto a Su Majestad; le contó que
había oído decir los proyectos
del cardenal respecto a Buckingham, y todo ello con una tranquilidad y un aplo
mo del que el
señor de Tréville fue tanto mejor la víctima cuanto que,
como ya hemos dicho, él mismo había
notado algo nuevo entre el car denal, el rey y la reina.
Al sonar las diez, D'Artagnan abandonó al señor de Tréville,
que le agradeció sus informes, le
recomendó tener siempre en el corazón el servicio del rey y de
la reina, y se volvió al salón. Pero
al pie de la escalera, D'Artagnan se acordó de que había olvidado
su bastón; por lo tanto subió
precipitadamente, volvió a entrar en el gabinete, con una vuelta de dedo
puso de nuevo el
péndulo en su hora para que no se pudiese percibir al día siguiente
que había sido movido, y
seguro desde entonces de que tenía un testigo para probar su coartada,
bajó la escalera y pronto
se encontró en la calle.
Capítulo XI
La intriga se anuda
Una vez hecha la visita al señor de Tréville, D'Artagnan tomó,
todo pensativo, el camino más
largo para regresar a su casa.
¿En qué pensaba D'Artagnan, que se apartaba así de su ruta,
mirando las estrellas del cielo,
tan pronto suspirando como sonriendo?
Pensaba en la señora Bonacieux. Para un aprendiz de mosquete ro, la joven
era casi una
idealidad amorosa. Bonita, misteriosa, iniciada en casi todos los secretos de
la corte, que
reflejaban tanta encanta dora gravedad sobre sus trazos graciosos, era sospechosa
de no ser in-
sensible, lo cual es un atractivo irresistible para los amantes novicios; además,
D'Artagnan la
había liberado de manos de aquellos demonios que querían registrarla
y maltratarla, y este
importante servicio había establecido entre ella y él uno de esos
sentimientos de gratitud que fá-
cilmente adoptan un carácter más tierno.
D'Artagnan se veía ya, ¡tan deprisa caminan los sueños en
alas de la imaginación!, abordado
por un mensajero de la joven que le daba algún billete de cita, una cadena
de oro o un
diamante. Ya hemos di cho que los jóvenes caballeros recibían
sin vergüenza de su rey: aña-
damos que, en aquel tiempo de moral fácil, no tenían tampoco ver
güenza con sus amantes, ni de
que éstas les dejaran casi siempre preciosos y duraderos recuerdos, como
si ellas hubieran
tratado de conquistar la fragilidad de sus sentimientos con la solidez de sus
dones.
Se hacía entonces carrera por medio de las mujeres, sin ruborizarse.
Las que no eran más que
bellas, daban su belleza, y de ahí viene sin duda el proverbio según
el cual la joven más bella del
mundo no puede dar más que lo que tiene. Las que eran ricas daban además
una parte de su
dinero, y se podría citar un buen número de héroes de esa
galante época que no hubieran
ganado ni sus espuelas primero, ni sus batallas luego, sin la bolsa más
o menos provista que su
amante ataba al arzón de su silla.
D'Artagnan no poseía nada: la indecisión del provinciano, barniz
ligero, flor efímera, vello de
melocotón, se había evaporado al viento de los consejos poco ortodoxos
que los tres
mosqueteros daban a su amigo. D'Artagnan, siguiendo la extraña costumbre
de la época, miraba
a Paris como en campaña, y esto ni más ni menos que en Flandes:
el español allá lejos, la mujer
aquí. Por todas partes había un enemigo que combatir contribuciones
que alcanzar.
Pero, digámoslo, por ahora D'Artagnan estaba movido por un sentimiento
más noble y más
desinteresado. El mercero le había dicho que era rico: el joven había
podido adivinar que, con un
necio como lo era el señor Bonacieux, debía ser la mujer quien
tenía la llave de la bolsa. Pero
todo esto no había influido para nada en el sentimiento produci do por
la visita de la señora
Bonacieux, y el interés había permanecido casi extraño
a este comienzo de amor que había sido
