Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-¿Y a mí dónde me meteréis durante ese tiempo? -¿No tenéis una persona a cuya casa pueda el señor de La Porte venir a buscaros?
-No, no quiero fiarme de nadie.
-Esperad -dijo D'Artagnan-, estamos a la puerta de Athos. Sí, ésta es.
-¿Quién es Athos?
-Uno de mis amigos.
-¿Y si está en casa y me ve?
-No está, y me llevaré la llave después de haberos hecho entrar en su habitación.
-¿Y si vuelve?
-No volverá; además se le dirá que he traído una mujer, y que esa mujer está en su casa.
-Pero eso me comprometerá mucho, ¿no lo sabéis?
-¡Qué os importa! Nadie os conoce; además, nos hallamos en una situación de pasar por alto
algunas con veniencias.
-Entonces vamos a casa de vuestro amigo. ¿Dónde vive?
-En la calle Férou, a dos pasos de aquí.
-Vamos.
Y los dos reemprendieron su camera. Como había previsto D'Artagnan, Athos no estaba en su
casa; tomó la llave, que tenían la cos tumbre de darle como a un amigo de la casa, subió la
escalera a introdujo a la señora Bonacieux en la pequeña habitación cuya descripción ya hemos
hecho.
-Estáis en vuestra casa -dijo él-, tened cuidado, cerrad las ventanas por dentro y no abráis a
nadie, a menos que oigáis dar tres gol pes así, mirad -y golpeó tres veces: dos golpes cercanos
uno al otro y bastante fuerte, y un golpe más distante y más ligero.
-Está bien -dijo la señora Bonacieux-; ahora me toca a mí daros mis instrucciones.
-Escucho.
-Presentaros en el portillo del Louvre por el lado de la calle de l'Echelle y preguntad por
Germain.
-Está bien. ¿Y después?
-Os preguntará qué queréis, y entonces vos le responderéis con estas dos palabras: Tours y
Bruxelles. Al punto se pondrá a vuestras órdenes.
-¿Y qué le ordenaré yo?
-Ir a buscar al señor de La Porte, el ayuda de cámara de la reina.
-¿Y cuando haya ido a buscarle y el señor de La Porte haya venido?
-Me lo enviaréis.
-Está bien, pero ¿cómo os volveré a ver?
-¿Os importa mucho volverme a ver?
-Por supuesto.
-Pues bien, dejadme a mí ese cuidado, y estad tranquilo.
-Cuento con vuestra palabra.
-Contad con ella.
D'Artagnan saludó a la señora Bonacieux lanzándole la mirada más amorosa que le fue posible
concentrar sobre su encantadora personita, y. mientr as bajaba la escalera, oyó la puerta cerrarse
tras él con doble vuelta de llave. En dos saltos estuvo en el Louvre; cuando entraba en el postigo de l'Echelle sonaban las diez. Todos los acontecimientos que acabamos de contar habían
sucedido en media hora.
Todo se cumplió como lo había anunciado la señora Bonacieux. A la consigna convenida,
Germain se inclinó; diez minutos después, La Porte estaba en la portería; en dos palabras,
D'Artagnan le puso al corriente y le indicó dónde estaba la señora Bonacieux. La Porte se aseguró
por dos veces la exactitud de las señas, y partió corriendo. Sin embargo, apenas hubo dado diez
pasos cuando volvió.
-Joven -le dijo a D'Artagnan-, un consejo.
-¿Cuál?
-Podríais ser molestado por lo que acaba de pasar.
-¿Lo creéis?
-Sí.
-¿Tenéis algún amigo cuya péndola se retrase?
-¿Para...?
-Id a verle para que pueda testimoniar que estabais en su casa a las nueve y media. En
justicia, esto se llama una coartada.
D'Artagnan encontró prudente el consejo; puso pies en polvorosa, llegó a casa del señor de
Tréville; pero en lugar de pasar al salón con todo el mundo, pidió entrar en el gabinete. Como
D'Artagnan era uno de los habituales del palacio, no hubo ninguna dificultad para acceder a su
demanda; y fueron a avisar al señor de Tréville que su joven compatriota, teniendo algo
importante que decide, solicitaba una audiencia particular. Cinco minutos después, el señor de
Tréville preguntaba a D'Artagnan qué podía hacer por él y cuál era el motivo de su visita a una
hora tan avanzada.
-¡Perdón, señor! - dijo D'Artagnan, que había aprovechado el momento en que se había
quedado solo para retrasar el reloj tres cuartos de hora-. He pensado que como


 

 
 

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