la continuación. Decimos casi, porque la idea de que una mujer joven,
bella, graciosa, espiritual,
es rica al mismo tiempo, nada quita a ese comienzo de amor, todo lo contrario,
lo corrobora.
Hay en la holgura una multitud de cuidados y de caprichos aristocráticos
que le van bien a la
belleza. Unas medias finas y blancas, un vestido de seda, un bordado de encaje,
una bonita
zapatilla en el pie, una cinta nueva en la cabeza, no hacen bonita a una mujer
fea, pero hacen
bella a una mujer bonita, sin contar que las manos ganan con todo esto; las
manos, sobre todo
en las mujeres, necesitan permanecer ociosas para permanecer bellas.
Además D'Artagnan, como sabe muy bien el lector, a quien no hemos ocultado
el estado de su
fortuna, D'Artagnan no era millonario; esperaba serlo algún día,
pero el tiempo que él mismo se
fijaba para ese feliz cambio estaba bastante lejos. Mientras tanto, ¡qué
desesperación ver a una
mujer que se ama desear esas mil naderías con que las mujeres hacen su
dicha, y no poder darle
esas mil naderías! Al menos, cuando la mujer es rica y el amante no lo
es, lo que no puede
ofrecerle, ella misma se lo ofrece; y aunque por regla general ella se consiga
tal disfrute con el
dinero del marido, raro es que sea él a quien dé las gracias.
Además D'Artagnan, dispuesto a ser el amante más tierno, era mien
tras tanto un amigo
abnegado. En medio de sus proyectos amorosos sobre la mujer del mercero, no
olvidaba a los
suyos. La bonita señora Bonacieux era mujer para pasear por el llano
de Saint-Denis o entre el
tumulto de Saint-Germain, en compaña de Athos, de Porthos y Aramis, a
los cuales D'Artagnan
estaría orgulloso de mostrar una conquis ta semejante. Luego, cuando
se ha caminado mucho
tiempo, llega el hambre: D'Artagnan tras algún tiempo había notado
esto. Harían breves comidas
encantadoras en las que se toca por un lado la mano de un amigo, y por el otro
el pie de una
amante. En fin, en los momentos de apuros, en las situaciones extr emas, D'Artagnan
sería el
salvador de sus amigos.
¿Y el señor Bonacieux, a quien D'Artagnan había empujado
a las manos de los esbirros
renegándole en alta voz y a quien había prometido en voz baja
salvarle? Debemos confesar a
nuestros lectores que D'Arta gnan no pensaba en él ni por un momento,
o que, si pensaba, era
para decirse que estaba bien donde estaba, fuera en la parte que fuera. El amor
es la más
egoísta de todas las pasiones.
Sin embargo, que nuestros lectores se tranquilicen: si D'Artagnan olvida a su
hospedero o hace
ademán de olvidarlo so pretexto de que no sabe adónde ha sido
conducido, nosotros no lo
olvidamos, y nos otros sabemos dónde está. Pero por ahora, hagamos
como el gascón
enamorado. En cuanto al digno mercero, volveremos a él más tarde.
D'Artagnan, mientras reflexionaba en sus futuros amores, mientras hablaba a
la noche,
mientras sonreía a las estrellas, remontaba la calle du Cherche-Midi
o Chasse-Midi, como se
llamaba entonces. Como se encontraba en el barrio de Aramis, le había
venido la idea de ir a
visitar a su amigo, para darle algunas explicaciones sobre los motivos que le
habían hecho enviar
a Planchet con la invitación de presentarse inmediatamente en la ratonera.
Ahora bien, si Aramis
se hubiera en contrado en su casa cuando Planchet había ido a ella, habría
corrido
indudablemente a la calle des Fossoyeurs, y al no encontrar quizá a nadie
más que a sus dos
compañeros, ni unos ni otros habían sabido lo que aquello quería
decir. Esa molestia merecía,
pues, una explicación; he ahí lo que se decía en voz alta
D'Artagnan.
Además, por lo bajo, pensaba que aquella era para él una ocasión
de hablar de la bonita
señora Bonacieux, de la que su espíritu, si no su corazón,
estaba ya totalmente lleno. A propósito
de un primer amor no es necesario pedir discreción. Este primer amor
va acompañado de una
alegría tan grande que es preciso que esa alegría desborde; sin
eso, os ahogaría.
Desde hacía dos horas París estaba sombrío y comenzaba
a quedarse desierto. Las once
sonaban en todos los relojes del barrio de Saint-Germain, hacía una temperatura
suave.
D'Artagnan seguía una calleja situada sobre el emplazamiento por el
que hoy pasa la calle d
Assas, respirando las emanaciones embalsamadas que venían con el viento
de la calle de
Vaugirard y que enviaban los jardines refrescados por el rocío del atardecer
y por la brisa de la
noche. A lo lejos resonaban, amortiguados no obstante por buenos postigòs,
los cantos de los
bebedores en algunas tabernas perdidas en el llano. Llegado al cabo de la callejuela,
