Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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inventó las ratoneras.
Como quizá nuestros lectores no estén familiarizado aún con el argot de la calle de Jérusalem,
y como desde que escribimos -y ha ce ya unos quince años de esto- es ésta la primera vez que
empleamos esa palabra aplicada a esa cosa, expliquémosles lo que es una ratonera.
Cuando, en una casa cualquiera, se ha detenido a un individuo sos pechoso de un crimen
cualquiera, se mantiene en secreto el arresto; se ponen cuatro o cinco hombres emboscados en
la primera pieza, se abre la puerta a cuantos llaman, se la cierra tras ellos y se los detiene; de
esta forma, al cabo de dos o tres días, se tiene a casi todos los habituales del establecimiento. He ahí lo que es una ratonera.
Se hizo, pues, una ratonera de la vivienda de maese Bonacieux, y todo aquel que apareció fue
detenido a interrogado por las gentes del señor cardenal. Excusamos decir que, como un camino
particular conducía al primer piso que habitaba D'Artagnan, los que venían a su casa eran
exceptuados entre todas las visitas.
Además allí sólo venían los tres mosqueteros; se habían puesto a buscar cada uno por su lado,
y nada habían encontrado ni descubier to. Athos había llegado incluso a preguntar al señor de
Tréville, cosa que, dado el mutismo habitual del digno mosquetero, había asombrado a su
capitán. Pero el señor de Tréville no sabía nada, salvo que la última vez que había visto al
cardenal, al rey y a la reina, el cardenal tenía el gesto preocupado, el rey estaba inquieto y los
ojos de la reina indicaban que había pasado la noche en vela o llorando. Pero esta últi ma
circunstancia le había sorprendido poco: la reina, desde su matrimonio, velaba y lloraba mucho.
El señor de Tréville recomendó en cualquier caso a Athos el servicio del rey y sobre todo de la
reina, rogándole hacer la misma recomendación a sus compañeros.
En cuanto a D'Artagnan, no se movía de su casa. Había converti do su habitación en
observatorio. Desde las ventanas veía llegar a los que venían a hacerse prender; luego, como
había quitado las baldosas del suelo como había horadado el esamblaje y sólo un simple techo le
separaba de la habitación inferior, en la que se hacían los interrogatorios, oía todo cuanto pasaba
entre los inquisidores y los acusados.
-¿La señora Bonacieux os ha entregado alguna cosa para su marido o para alguna otra
persona?
-¿El señor Bonacieux os ha entregado alguna cosa para su mujer o para alguna otra persona?
-¿Alguno de los dos os ha hecho alguna confidencia de viva voz?
-Si supieran algo, no preguntarían así -se dijo a sí mismo D'Artagnan-. Ahora bien ¿qué tratan
de saber? Si el duque de Buckingham se halla en Paris y si ha tenido o debe tener alguna
entrevista con la reina.
D'Artagnan se detuvo ante esta idea que, después de todo lo que había oído, no carecía de
verosimilitud.
Mientras tanto la ratonera estaba en servicio permanentemente, y la vigilancia de D'Artagnan
también.
La noche del día siguiente al arresto del pobre Bonacieux cuando Athos acababa de dejar a
D'Artagnan para ir a casa del señor de Trévilie cuando acababan de sonar las nueve, y cuando
Planchet, que no había hecho todavía la cama, comenzaba su tarea, se oyó llamar a la puerta de
la calle; al punto esa puerta se abrió y se volvió a cerrar: al guien acababa de caer en la ratonera.
D'Artagnan se abalanzó hacia el sitio desenlosado, se acostó boca abajo y escuchó.
No tardaron en oírse gritos, luego gemidos que se trataban de ahogar. En cuanto al
interrogatorio, no se trataba de eso.
-¡Diablos! -se dijo D'Artagnan-. Me parece que es una mujer: la registran, ella resiste, la
violentan, ¡miserables!
Y D'Artagnan, pese a su prudencia, se contenía para no mezclarse en la escena que ocurría
debajo de él.
-Pero si os digo que soy la dueña de la casa, señores; os digo que soy la señora Bonacieux; los
digo que pertenezco a la reina! -gritaba la desgraciada mujer. -¡La señora Bonacieux! -murmuró D'Artagnan-. ¿Seré lo bastante afortunado para haber
encontrado lo que todo el mundo busca?
-Precisamente a vos estábamos esperando -dijeron los interrogadores.
La voz se volvió más y más ahogada: un movimiento tumultuoso hizo resonar el artesonado. La
víctima se resistía tanto como una mujer puede resistir a cuatro hombres.
-Perdón, señores, per... -murmuró la voz, que no hizo oír más que sonidos inarticulados.


 

 
 

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