-Entrad, señores, entrad - gritó D'Artagnan-, aquí estáis
en mi casa, y todos nosotros somos
fieles servidores del rey y del señor car denal.
-¿Entonces, señores, no os opondréis a que ejecutemos las
órdenes que hemos recibido?
-preguntó aquel que parecía el jefe de la cuadrilla.
-Al contrario, señores, y os echaríamos una mano si fuera necesario.
-Pero ¿qué dice? -masculló Porthos.
-Eres un necio - dijo Athos-. ¡Silencio!
-Pero me habéis prometido... -dijo en voz baja el pobre mercero.
-No podemos salvaros más que estando libres -respondió rápidamente
y en voz baja
D'Artagnan-, y si hiciéramos ademán de defenderos, se nos detendría
con vos.
-Me parece, sin embargo...
-Adelante, señores, adelante -dijo en voz alts D'Artagnan-, no tengo
ningún motivo para
defender al señor. Le he visto hoy por primera vez, y ¡en qué
ocasión! El mismo os la dirá: para
venir a reclamarme el precio de mi alquiler. ¿Es c¡erto, señor
Bonacieux? ¡Responded!
-Es la verdad pura -exclamó el mercero-, pero el señor no os dice...
-Silencio sobre mí, silencio sobre mis amigos, silencio sobre la reina
sobre todo, o perderéis a
todo el mundo sin salvaros. ¡Vamos, va mos, señores, llevaos a
este hombre!
Y D Artagnan empujó al mercero todo aturdido a las manos de los guardias,
diciéndole:
-Sois un tunante querido. ¡Venir a pedirme dinero a mí, a un mosquetero!
¡A prisión, señores,
una vez más, llevadle a prisión, y guardadle bajo llave el mayor
tiempo posible, eso me dará
tiempo para pagar!
Los esbirros se confundieron en agradecimientos y se llevaron su presa.
En el momento en que bajaban, D'Artagnan palmoteó sobre el hom bro del
jefe:
-¿Y no beberé yo a vuestra salud y vos a la mía? -dijo
llenando dos vasos de vino de
Béaugency que tenía gracias a la liberalidad del señor
Bonacieux.
-Será para mí un gran honor -dijo el jefe de los esbirros-, y
acepto con gratitud.
-Entonces, a la vuestra, señor... ¿cómo os llamáis?
-Boisrenad.
-¡Señor Boisrenard!
-¡A la vuestra, mi gentilhombre! ¿A vuestra vez, cómo os
llamáis, si os place?
-D Artagnan.
-¡A la vuestra, señor D'Artagnan!
-¡Y por encima de todas éstas -exclamó D'Artagnan como arrebatado
por su entusiasmo-, a la
del rey y del cardenal!
Quizá el jefe de los esbirros hubiera dudado de la sinceridad de D'Artagnan
si el vino hubiera
sido malo, pero al ser bueno el vino, se quedó convencido.
-Pero ¿qué diablo de villanía habéis hecho? -dijo
Porthos cuando el aguacil en jefe se hubo
reunido con sus compañeros y los cuatro amigos se encontraron solos-.
¡Vaya! ¡Cuatro
mosqueteros dejan arrestar en medio de ellos a un desgraciado que pide ayuda!
¡Un gentilhom-
bre brindar con un corchete!
-Porthos -dijo Aramis-, ya Athos lo ha prevenido que eras un necio, y yo soy
de su opinión.
D'Artagnan, eres un gran hombre, y para cuando estés en el puesto del
señor de Tréville, pido tu
protección para conseguir tener una abadía.
-¡Maldita sea! No lo entiendo -dijo Porthos-. ¿Aprobáis
lo que D'Artagnan acaba de hacer?
-Claro que sí -dijo Athos-; y no solamente apruebo lo que acaba de hacer,
sino que incluso le
felicito por ello.
-Y ahora, señores -dijo D'Artagnan sin tomarse el trabajo de explicar
su conducta a Porthos-,
todos para uno y uno para todos, esa es nuestra divisa, ¿no es as¡?
-Pero... -dijo Porthos.
-¡Extiende la mano y jura! -gritaron a la vez Athos y Aramis.
Vencido por el ejemplo, rezongando por lo bajo, Porthos extendió la mano
y los cuatro amigos
repitieron a un solo grito la fórmula dicta da por D'Artagnan:
«Todos para uno, uno para todos.»
-Está bien, que cada cual se retire ahora a su casa -dijo D'Artagnan
como si no hubiera hecho
otra cosa en toda su vida que ordenar-, y atención, porque a partir de
este momento, henos aquí
enfrentados al cardenal.
Capítulo X
Una ratonera en el siglo XVII
La invención de la ratonera no data de nuestros días; cuando las
sociedades, al formarse,
inventaron un tipo de policía cualquiera, esta policía, a su vez,
