Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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de su casa?
Aramis pareció hacer un esfuerzo sobre sí mismo, como un hombre que, en plena corriente de
mentira, se ve detener por un obstáculo imprevisto; pero los ojos de sus tres compañeros
estaban fijos en él, sus orejas esperaban abiertas, no había medio de retroceder.
-Ese doctor tiene una nieta -continuó Aramis.
-¡Ah! ¡Tiene una nieta! -interrumpió Porthos.
-Dama muy respetable -dijo Aramis.
Los tres amigos se pusieron a reír.
-¡Ah, si os reís o si dudáis -prosiguió Aramis-, no sabréis nada! -Somos creyentes como mahometanos y mudos como catafalcos . -dijo Athos.
-Entonces continúo -prosiguió Aramis-. Esa nieta viene a veces a ver a su tío; y ayer ella, por
casualidad, se encontraba allí al mismo tiempo que yo, y tuve que ofrecerme para conducirla a su
carroza.
-¡Ah! ¿Tiene una carroza la nieta del doctor? -interrumpió Porthos, uno de cuyos defectos era
una gran incontinencia de lengua-. Buen conocimiento, amigo mío.
-Porthos -prosiguió Aramis-, ya os he hecho notar más de una vez que sois muy indiscreto, y
que eso os perjudica con las mujeres.
-Señores, señores -exclamó D'Artagnan, que entreveía el fondo de la aventura-, la cosa es
seria; tratemos, pues, de no bromear si podemos. Seguid, Aramis, seguid.
-De pronto, un hombre alto, moreno, con ademanes de gentil hombre..., vaya, de la clase del
vuestro, D'Artagnan.
-El mismo quizá - dijo éste.
-Es posible... -continuó Aramis- se acercó a mí, acompañado por cinco o seis hombres que le
seguían diez pasos atrás, y con el tono más cortés me dijo: «Señor duque, y vos madame»,
continuó dirigiéndose a la dama a la que yo llevaba del brazo...
-¿A la nieta del doctor?
-¡Silencio, Porthos! -dijo Athos-. Sois insoportable.
-«Haced el favor de subir en esa carroza, y eso sin tratar de poner la menor resistencia, sin
hacer el menor ruido.»
- Os había tomado por Buckingham! -exclamó D'Artagnan.
-Eso creo -respondió Aramis.
-Pero ¿y la dama? -preguntó Porthos.
-¡La había tomado por la reina! -dijo D'Artagnan.
-Exactamente -respondió Aramis.
-¡El gascón es el diablo! -exclamó Athos-. Nada se le escapa.
-El hecho es -dijo Porthos- que Aramis es de la estatura y tiene algo de porte del hermoso
duque; pero, sin embargo, me parece que el traje de mosquetero...
-Yo tenía una capa enorme -dijo Aramis.
-En el mes de julio, ¡diablos! -dijo Porthos-. ¿Es que el doctor teme que seas reconocido?
-Me cabe en la cabeza incluso -dijo Athos- que el espía se haya dejado engañar por el porte;
pero el rostro...
-Yo llevaba un gran sombrero -dijo Aramis.
-¡Dios mío, cuántas precauciones para estudiar teología!
-Señores, señores -dijo D'Artagnan-, no perdamos nuestro tiempo bromeando; dividámonos y
busquemos a la mujer del mercero, es la llave de la intriga.
-¡Una mujer de condición tan inferior! ¿Lo creéis, D'Artagnan? --preguntó Porthos estirando los
labios con desprecio.
-Es la ahijada de La Porte, el ayuda de cámara de confianza de la reina. ¿No os lo he dicho,
señores.Y además, quizá sea un cálculo de Su Majestad haber ido, en esta ocasión, a buscar sus
apoyos tan bajo. Las altas cabezas se ven de lejos, y el cardenal tiene buena vista.
-¡Y bien! -dijo Porthos-. Arreglad primero precio con el mercero, y buen precio. -Es inútil -dijo D'Artagnan- porque creo que, si no nos paga, quedaremos suficientemente
pagados por otro lado.
En aquel momento, un ruido precipitado resonó en la escalera, la puerta se abrió con estrépito
y el malhadado mercero se abalanzó en la habitación donde se celebraba el consejo.
-¡Ah, señores! -exclamó- ¡Salvadme, en nombre del cielo, salvadme! Hay cuatro hombres que
vienen para detenerme! ¡Salvadme, salvadme!
Porthos y Aramis se levantaron.
-Un momento -exclamó D'Artagnan haciéndoles señas de que devolviesen a la vaina sus
espadas medio sacadas-; un momento, no es valor lo que aquí se necesita, es prudencia.
-Sin embargo -exclamó Porthos-, no dejaremos...
-Vos dejaréis hacer a D'Artagnan -dijo Athos-; es, lo repito, la cabeza fuerte de todos nosotros,
y por lo que a mí se refiere, declaro que yo le obedezco. Haz lo que quieras, D'Artagnan.
En aquel momento, los cuatro guardias aparecieron a la puerta de la antecámara, y al ver a
cuatro mosqueteros en pie y con la espada en el costado, dudaron seguir adelante.


 

 
 

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