Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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enviaremos a buscar otro.
-Hay que usar y no abusar -dijo silenciosamente Aramis.
-Siempre he dicho que D'Artagnan era la cabeza fuerte de nosotros cuatro -dijo Athos, quien,
despues de haber emitido esta opinión, a la que D'Artagnan respondió con un saludo, cayó al
punto en su silencio acostumbrado.
-Pero, en fin, veamos, ¿qué pasa? - preguntó Porthos.
-Sí -dijo Aramis--, confiádnoslo, mi querido amigo, a no ser que el honor de alguna dama se
halle in teresado por esa confidencia, en cuyo caso haríais mejor guardándola para vos.
-Tranquilizaos -respondió D'Artagnan-, ningún honor tendrá que quejarse de lo que tengo que
deciros.
Y entonces contó a sus amigos palabra por palabra lo que acababa de ocurrir entre él y su
huésped, y cómo el hombre que había raptado a la mujer del digno casero era el mismo con el
que había tenido que disputar en la hostería del Franc Meunier.
-Vuestro asunto no es malo -dijo Athos después de haber degustado el vino como experto a
indicado con un signo de cabeza que lo encontraba bueno-, y se podrá sacar de ese buen
hombre de cincuenta a sesenta pistolas. Ahora queda por saber si cincuenta o sesenta pistolas
valen la pena de arriesgar cuatro cabezas.
-Pero prestad atención -exclamó D'Artagnan-, hay una mujer en este asunto, una mujer
raptada, una mujer a la que sin duda se amenaza, a la que quizá se tortura, y todo ello porque
es fiel a su ama.
-Tened cuidado, D'Artagnan, tened cuidado -dijo Aramis-, os acaloráis demasiado, en mi
opinión, por la suerte de la señora Bonacieux. La mujer ha sido creada para nuestra perdición, y
de ella es de donde nos vienen todas nuestras miserias.
A esta sentencia de Aramis, Athos frunció el ceño y se mordió los labios.
-No me inquieto por la señora Bonacieux -exclamó D'Arta gnan-, sino por la reina, a quien el rey
abandona, a quien el cardenal persigue y que ve caer, una tras otra, las cabezas de todos sus
amigos.
-¿Por qué ella ama lo que más detestamos del mundo, a los es pañoles y a los ingleses? -España es su patria -respondió D'Artagnan-, y es muy lógico que ame a los españoles, que
son hijos de la misma tierra que ella. En cuanto al segundo reproche que le hacéis, he oído decir
que no amaba a los ingleses, sino a un inglés.
-¡Y a fe mía -dijo Athos- hay que confesar que ese inglés es bien digno de ser amado! Jamás
he visto mayor estilo que el suyo.
-Sin contar con que se viste como nadie - dijo Porthos-. Estaba yo en el Louvre el día en que
esparció sus perlas, y, ipardiez!, yo cogí dos que vendí por diez pistolas la pieza. Y tú, Aramis, ¿le
conoces?
-Tan bien como vosotros, señores, porque yo era uno de aquellos a los que se detuvo en el
jardín de Amiens, donde me había introducido el señor de Putange, el caballerizo de la reina. En
aquella época yo estaba en el seminario, y la aventura me pareció cruel para el rey.
-Lo cual no me impediría -dijo D'Artagnan-, si supiera dónde está el duque de Buckingham,
cogerle por la mano y conducirle junto a la reina, aunque no fuera más que para hacer rabiar al
señor cardenal; porque nuestro verdadero, nuestro único, nuestro eterno enemigo, señores, es el
cardenal, y si pudiéramos encontrar un medio de jugarle alguna pasada cruel, confieso que
comprometería de buen grado micabeza.
-Y el mercero, D'Artagnan -prosiguió Athos-, ¿os ha dicho que la reina pensaba que se había
hecho venir a Buckingham con un falso aviso?
-Eso teme ella.
-Esperad -dijo Aramis.
-¿Qué? -preguntó Porthos.
-Seguid, seguid, trato de acordarme de las circunstancias.
-Y ahora estoy convencido -dijo D'Artagnan-, de que el rapto de esa mujer de la reina está
relacionado con los acontecimientos de que hablamos, y quizá con la presencia de Buckingham
en Paris.
-El gascón está lleno de ideas -dijo Porthos con admiración.
-Me gusta mucho oírle hablar -dijo Athos-, su patois me divierte.
-Señores -prosiguió Aramis-, escuchad esto.
-Escuchemos a Aramis - dijeron los tres amigos.
-Ayer me encontraba yo en casa de un sabio doctor en teología al que consulto a veces por mis
estudios...
Athos sonrió.
-Vive en un barrio desierto -continuó Aramis-, sus gustos, su profesión lo exigen. Y en el
momento en que yo salía de su casa...
-¿Y bien? -preguntaron sus oyentes-. ¿En el momento en que salíais


 

 
 

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