-¡Vaya! ¿Adónde comes de ese modo? -le gritaron al mismo
tiempo los dos mosqueteros.
-¡El hombre de Meung! -respondió D'Artagnan, y desapareció.
D'Artagnan había contado más de una vez a sus amigos su aventura
con el desconocido, así
como la aparición de la bella viajera a la que aquel hombre había
parecido confiar una misiva tan
importante.
La opinión de Athos había sido que D'Artagnan había perdido
su carta en la pelea. Un
gentilhombre, según él -y, por la descripción que D'Artagnan
había hecho del desconocido, no
podía ser más que un gentilhombre-, un gentilhombre debía
ser incapaz de aquella bajeza, de
robar una carta.
Porthos no había visto en todo aquello más que una cita amorosa
dada por una dama a un
caballero o por un caballero a una dama, y que había venido a turbar
la presencia de D'Artagnan
y de su caballo amarillo.
Aramis había dicho que esta clase de cosas, por ser misteriosas, más
valía no profundizarlas.
Comprendieron, pues por algunas palabras escapadas a D'Artagnan, de qué
asunto se trataba,
y como pensaron que después de haber cogido a su hombre o haberlo perdido
de vista,
D'Artagnan terminaría por volver a subir a su casa, prosiguieron su camino.
Cuando entraron en la habitación de D'Artagnan, la habitación
estaba vacía: el casero,
temiendo las secuelas del encuentro que sin du da iba a tener lugar entre el
joven y el
desconocido, había juzgado, debido a la exposición que él
mismo había hecho de su carácter,
que era prudente poner pies en polvorosa.
Capítulo IX
D'Artagnan se perfila
Como habían previsto Athos y Porthos, al cabo de una media hora D'Artagnan
regresó.
También esta vez había perdido a su hombre, que había desaparecido
como por encanto.
D'Artagnan había corrido, espada en mano, por todas las calles de alrededor,
pero no había
encontrado nada que se pareciese a aquel a quien buscaba; luego, por fin, había
vuelto a aquello
por lo que habría debido empezar quizá, y que era llamar a la
puerta contra la que el
desconocido se había apoyado; pero fue inútil que hubiera hecho
sonar diez o doce veces
seguidas la aldaba, nadie había respondido, y los vecinos que, atraídos
por el ruido, habían
acudido al umbral de su puerta o habían puesto las narices en sus ventanas,
le habían asegurado
que aquella casa, cuyos vanos por otra parte estaban cerrados, estaba desde
hace seis meses
completamente deshabitada.
Mientras D'Artagnan corría por calles y llamaba a las puertas, Aramis
se había reunido con sus
dos compañeros, de suerte que, al volver a su casa, D'Artagnan encontró
la reunión al completo.
-¿Y bien? -dijeron a una los tres mosqueteros al ver entrar a D'Ar tagnan
con el sudor en la
frente y el rostro alterado por la cólera
-¡Y bien! -exclamó éste arrojando la espada sobre la cama-.
Ese hombre tiene que ser el diablo
en persona; ha desaparecido como un fantasma, como una sombra, como un espectro.
-¿Creéis en las apariciones? -le preguntó Athos a Porthos.
-Yo no creo más que en lo que he visto, y como nunca he visto apariciones,
no creo en ellas.
-La Biblia -dijo Aramis- hace ley el creer en ellas; la sombra de Samuel se
apareció a Saúl y es
un artículo de fe que me molestaría ver puesto en duda, Porthos.
-En cualquier caso, hombre o diablo, cuerpo o sombra, ilusión o realidad,
ese hombre ha
nacido para mi condenación, porque su fuga nos hace fallar un asunto
soberbio, señores, un
asunto en el que había cien pistolas y quizá más para ganar.
-¿Cómo? -dijeron a la vez Porthos y Aramis.
En cuanto a Athos, fiel a su sistema de mutismo, se contentó con interrogar
a D'Artagnan con
la mirada.
-Planchet -dijo D'Artagnan a su criado, que pasaba en aquel momento la cabeza
por la puerta
entreabierta para tratar de sorprender algunas migajas de la conversación-,
bajad a casa de mi
casero, el señor Bonacieux, y decidle que nos envíe media docena
de botellas de vino de
Beaugency: es el que prefiero.
-¡Vaya! ¿Es que tenéis crédito con vuestro casero?
-preguntó Porthos.
-Sí -respondió D'Artagnan-, desde hoy. Y estad tranquilos, que,
si su vino es malo, le
