-El no tenía ninguno.
-¿Y vos no habéis sabido nada por otro lado?
-Sí, he recibido...
-¿Qué?
-Pero no sé si no cometo una gran imprudencia.
-¿Volvéis otra vez a las andadas? Sin embargo, os haré
observar que esta vez es algo tarde
para retrocedes.
-Yo no retrocedo, voto a bríos -exclamó el burgués jurando
para hacerse ilusiones-. Además,
palabra de Bonacieux...
-Os llamáis Bonacieu x? -le interrumpió D'Artagnan.
-Sí, ése es mi nombre.
-Decíais, pues, ¡palabra de Bonacieux! Perdón si os he interrumpido;
pero me parecía que ese
nombre no me era desconocido.
-Es posible, señor. Yo soy vuestro casero.
-¡Ah, ah! -dijo D'Artagnan semincorporándose y saludando-. ¿Sois
mi casero?
-Sí, señor, sí. Y como desde hace tres meses estáis
en mi casa, y como, distraído sin duda por
vuestras importantes ocupaciones, os habéis olvidado de pagar mi alquiler,
como, digo yo, no os
he ator mentado un solo instante, he pensado que tendríais en cuenta
mi delicadeza.
-¡Cómo no, mi querido señor Bonacieux! -prosiguió
D'Arta gnan-. Creed que estoy plenamente
agradecido por semejante proceder y que, como os he dicho, si puedo serviros
en algo...
-Os creo, señor, os creo, y como iba diciéndoos, palabra de Bo
nacieux, tengo confianza en vos.
-Acabad, pues, lo que habéis comenzado a decirme.
El burgués sacó un papel de su bolsillo y lo presentó a
D'Artagnan.
-¡Una carta! -dijo el joven.
-Que he recibido esta mañana.
D'Artagnan la abrió, y como el día empezaba a declinar, se acercó
a la ventana. El burgués le
siguió.
«No busquéis a vuestra mujer -leyó D'Artagnan-; os será
devuelta cuando ya no haya
necesidad de ella. Si dais un solo paso para encontrarla estáis perdido.»
-Desde luego es positivo -continuó D'Artagnan-; pero, después
de todo, no es más que una
amenaza.
-Sí, peso esa amenaza me espanta; yo, señor, no soy un hombre
de espada en absoluto; y le
tengo miedo a la Bastilla.
-¡Hum! -hizo D'Artagnan-. Pero es que yo temo la Bastilla tanto como vos.
Si no se tratase más
que de una estocada, pase to davía.
-Sin embargo, señor, había contado con vos para esta ocasión.
¿Sí?
-Al veros rodeado sin cesar de mosqueteros de aspecto magnífico y reconocer
que esos
mosqueteros eran los del señor de Tréville, y por consiguiente
enemigos del cardenal, había
pensado que vos y vuestros amigos, además de hacer justicia a nuestra
pobre reina, esta ríais
encantados de jugarle una mala pasada a Su Eminencia.
-Sin duda.
-Y además había pensado que, debiéndome tres meses de alquiler
de los que nunca os he
hablado...
-Sí, sí, ya me habéis dado ese motivo, y lo encuentro excelente.
-Contando además con que, mientras me hagáis el honor de per manecer
en mi casa, no os
hablaré nunca de vuestro alquiler futuro...
-Muy bien.
-Y añadid a eso, si fuera necesario, que cuento con ofreceros una cincuentena
de pistolas si,
contra toda probabilidad, os hallarais en apu ros en este momento.
-De maravilla; pero entonces, ¿sois rico, mi querido señor Bonacieux?
-Vivo con desahogo, señor, esa es la palabra; he amontonado al go así
como dos o tres mil
escudos de renta en el comercio de la mercería, y sobre todo colocado
al unos fondos en el
último viaje del célebre navegante Jean Mocquet de suerte que,
como comprenderéis, señor...
¡Ah! Pero... -exclamó el burgués.
-¿Qué? -preguntó D'Artagnan.
-¿Qué veo ahî?
-¿Dónde?
-En la calle, frente a vuestras ventanas, en el hueco de aquella puerta: un
hombre embozado
en una capa.
-¡Es él! -gritaron a la vez D'Artagnan y el burgués, reconociendo
los dos al mismo tiempo a su
hombre.
-¡Ah! Esta vez -exclamó D'Artagnan saltando sobre su espada-, esta
vez no se me escapará.
Y sacando su espada de la vaina, se precipitó fuera del alojamiento.
En la escalera encontró a Athos y Porthos que venían a verle.
Se apartaron. D'Artagnan pasó
entre ellos como una saeta.
