-La amordazan, van a llevársela -exclamó D'Artagnan irguiéndose
como movido por un
resorte-. Mi espada; bueno, está a mi lado. ¡Planchet!
-¿Señor?
-Corre a buscar a Athos, Porthos y Aramis. Uno de los tres estará probablemente
en su casa,
quizá ya hayan vuelto los tres. Que cojan las armas, que vengan, que
acudan. ¡Ah!, ahora que
me acuerdo, Athos está con el señor de Tréville.
-Pero ¿dónde vais, señor, dónde vais?
-Bajo por la ventana -exclamó D'Artagnan- para llegar antes; tú,
vuelve a poner las baldosas,
barre el suelo, sal por la puerta y corre donde te digo.
-¡Oh, señor, señor, vais a mataros! -exclamó Planchet.
-¡Cállate, imbécil! -dijo D'Artagnan.
Y aferrándose con la mano al reborde de su ventana, se dejó caer
desde el primer piso, que
afortunadamente no era elevado, sin hacer se ningún rasguño.
Al punto se fue a llamar a la puerta murmurando:
-Voy a dejarme coger yo también en la ratonera, y pobres de los gatos
que ataquen a
semejante ratón.
Apenas la aldaba hubo resonado bajo la mano del joven cuando el tumulto cesó,
unos pasos se
acercaron, se abrió la puerta y D'Artagnan, con la espada desnuda, se
abalanzó en la vivienda de
maese Bo nacieux, cuya puerta, movida sin duda por algún resorte, volvió
a cerrarse tras él.
Entonces, quienes habitaban aún la desgraciada casa de Bonacieux y los
vecinos más próximos
oyeron grandes gritos pataleos, entrechocar de espaldas y un ruido prolongado
de muebles.
Luego, un momento después, aquellos que sorprendidos por aquel ruido
habían salido a las
ventanas para conocer la causa, pudieron ver cómo la puerta se abría
y no salir a cuatro
hombres vestidos de negro, sino volar como cuervos espantados, dejando por tierra
y en las
esquinas de las mesas plumas de sus alas, es decir, jirones de sus vestidos
y trozos de sus capas.
D'Artagnan fue vencedor sin mucho trabajo, hay que decirlo, porque sólo
uno de los aguaciles
estaba armado y aún se defendió por guardar las formas. Es cierto
que los otros tres habían
tratado de matar al joven con las sillas, los taburetes y las vasijas; pero
dos o tres rasguños
hechos por la tizona del gascó n les habían asustado. Diez minutos
habían bastado a su derrota, y
D'Artagnan se había hecho dueño del campo de batalla.
Los vecinos, que habían abierto las ventanas con la sagre fría
peculiar de los habitantes de
Paris en aquellos tiempos de tumultos y de riñas perpetuas, las volvieron
a cenrar cuando
hubieron visto huir a los cuatro hombres negros: su instinto les decía
que por el momento todo
estaba acabado.
Además se hacía tarde, y entonces, como hoy, se acostaban temprano
en el barrio de
Luxemburgo.
D'Artagnan, solo con la señora Bonacieux, se volvió hacia ella:
la pobre mujer estaba derribada
sobre un butacón y semidesvestida. D'Artagnan la examinó de una
ojeada rápida.
Era una encantadora mujer de veinticinco a veintiséis años, morena
con ojos azules, con una
nariz ligeramente respingona, dientes admirables, un tinte marmóreo de
rosa y de ópalo. Hasta
ahí llegaban los signos que podían hacerla confundir con una gran
dama. Las manos eran
blancas, pero sin finura: los pies no anunciaban a la mujer de calidad. Afortunadamente,
D'Artagnan no se hallaba preocupado todavía por estos detalles.
Mientras D'Artagnan examinaba a la señora Bonacieux y estaba a sus pies,
como hemos dicho,
vio en el suelo un fino pañuelo de batista, que recogió según
su costu mbre, y en una de cuyas
esquinas reconoció la misma inicial que había visto en el pañuelo
que le había obligado a batirse
con Aramis.
Desde aquel momento, D'Artagnan desconfiaba de los pañuelos blasonados;
por eso, sin decir
nada, volvió a poner el que había reco gido en el bolsillo de
la señora Bonacieux.
En aquel instante, la señora Bonacieux recobraba el sentido. Abrió
los ojos, miró con terror en
torno suyo, vio que la habitación estaba vacía y que estaba sola
con su liberador. Le tendió al
punto las manos sonriendo. La señora Bonacieux tenía la sonrisa
más encantadora del mundo.
-¡Ah, señor! -dijo ella-. Sois vos quien me habéis salvado;
permitidme que os dé las gracias.
-Señora -dijo D'Artagnan-, no he hecho más que lo que todo gentilhombre
hubiera hecho en mi
lugar; no me debéis, pues, ningún agradecimiento.
-Claro que sí, señor, claro que sí, y espero probaros que
no habéis prestado un servicio a una
ingrata. Pero ¿qué querían de mí esos hombres, a
los que al principio he tomado por ladrones, y
por qué el señor Bonacieux no está aquí?
