Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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como con las mujeres, hay que ponerlos en seguida en el sitio que uno desea que permanezcan.
Reflexionad, pues.
D'Artagnan reflexionó y se decidió por vapulear a Planchet provi sionalmente, cosa que fue
ejecutada con la conciencia que D'Artagnan ponía en todo; luego, después de haberlo vapuleado
bien, le prohibió abandonar su servicio sin su permiso. Porque, añadió, el porve nir no me puede
fallar; espero inevitablemente tiempos mejores. Tu fortuna está, pues, hecha si te quedas a mi
lado, y yo soy demasiado buen amo para privarte de tu fortuna concediéndote el despido que me
pides.
Esta manera de actuar infundió en los mosqueteros mucho respeto hacia la política de
D'Artagnan, Planchet quedó igualmente admirado y no habló más de irse.
La vida de los cuatro jóvenes se había hecho común; D'Artagnan, que no tenía ningún hábito,
puesto que llegaba de su provincia y caía en medio de un mundo totalmente nuevo para él, tomó
por eso los hábitos de sus amigos.
Se levantaban hacia las ocho en invierno, hacia las seis en verano, y se iban a recibir órdenes y
a ver cómo iban los asuntos del señor de Tréville. D'Artagnan, aunque no fuese mosquetero,
hacía el servicio con una puntualidad conmovedora: estaba siempre de guardia, porque siempre
hacía compaña a aquel de sus tres amigos que montaba la suya. Se le conocía en el palacio de
los mosqueteros y todos le te nían por un buen camarada; el señor de Tréville, que le había
apreciado a la primera ojeada y que le tenía verdadero afecto, no cesaba de recomendarlo al rey.
Por su parte, los tres mosqueteros querían mucho a su joven camarada. La amistad que unía a
aquellos cuatro hombres, y la necesidad de verse tres o cuatro veces por día, bien para un duelo,
bien para asuntos, bien por placer, les hacían correr sin cesar a unos tras otros como sombras; y
se encontraba siempre a los inseparables buscándose del Luxemburgo a la plaza Saint-Sulpice, o
de la calle del Vieux- Colombier al Luxemburgo.
Mientras tanto, las promesas del señor de Tréville seguían su curso. Un buen día, el rey ordenó
al señor caballero Des Essarts tomar a D'Artagnan como cadete en su compáía de guardias.
D'Artagnan endosó suspirando aquel uniforme que hubiera querido trocar, al precio de diez años
de su existencia, por la casaca de mosquetero. Pero el señor de Tréville prometió aquel favor tras
un noviciado de dos años, noviciado que podía ser abreviado por otra parte si se le presentaba a
D'Artagnan ocasión de hacer algún servicio al rey o de acometer al guna acción brillante.
D'Artagnan se retiró con esta promesa y desde el día siguiente comenzó su servicio.
Entonces fue cuando les llegó a Athos, Porthos y Aramis el turno de montar guardia con
D'Artagnan cuando estaba de guardia. La compaña del señor caballero Des Essarts tomó así
cuatro hombres en lugar de uno el día en que tomó a D'Artagnan.


Capítulo VIII
Una intriga de corte

Sin embargo, las cuarenta pistolas del rey Luis XIII, como todas las cosas de este mundo,
después de haber tenido un comienzo habían tenido un fin, y a partir de ese fin nuestros cuatro
compañeros habían caído en apuros. Al principio Athos sostuvo durante algún tiempo a la
asociación con sus propios dineros. Le había sucedido Porthos. y gracias a una de esas
desapariciones a las que estaban habituados. durante casi quince días había subvenido aún a las
necesidades de todos; por fin había llegado la vez de Aramis, que había cumplido de buena gana,
y que, según decía, vendiendo sus libros de teología había logrado procurarse algunas pistolas.
Entonces, como de costumbre, recurrieron al señor de Tréville, que dio algunos adelantos
sobre el sueldo; pero aquellos adelantos no podían llevar muy lejos a tres mosqueteros que
tenían muchas cuentas atrasadas, y a un guardia que no las tenía siquiera.
Finalmente, cuando se vio que iba a faltar de todo, se reunieron en un último esfuerzo ocho o
diez pistolas que Porthos jugó. Desgraciadamente, estaba en mala vena: perdió todo, además de
veinticinco pistolas sobre palabra.
Entonces los apuros se convirtieron en penuria: se vio a los hambrientos seguidos de sus
lacayos correr las calles y los cuerpos de guardia, trincando de sus amigos de fuera todas las
cenas que pudieron encontrar; porque, siguiendo la opinión de Aramis,


 

 
 

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