Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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en la prosperidad había
que sembrar comidas a diestro y siniestro para recoger algunas en la desgracia.
Athos fue invitado cuatro veces y llevó cada vez a sus amigos con sus criados. Porthos tuvo
seis ocasiones a hizo lo propio con sus camaradas; Aramis tuvo ocho. Era un hombre que, como
se habrá podido comprender, hacía poco ruido y mucha tarea.
En cuanto a D'Artagnan, que no conocía aún a nadie en la capital, no halló más que un
desayuno de chocolate en casa de un cura de su región, y una cena en casa de un corneta de los
guardias. Llevó su ejército a casa del cura, a quien devoraron sus provisiones de dos meses, y a
casa del corneta, que hizo maravillas; pero, como decía Plan chet, sólo se come una vez, aunque
se coma mucho.
D'Artagnan se encontró, pues, bastante humillado por no tener mas que una comida y media
-porque el desayuno en casa del cura no podía contar más que por media comida- que ofrecer a
sus compañeros a cambio de los festines que se habían procurado Athos, Porthos y Aramis. Se
creía en deuda con la sociedad, olvidando, en su buena fe completamente juvenil, que él había
alimentado a aquella compaña durante un mes, y su espíritu inquieto se puso a trabajar
activamente. Reflexionó que aquella coalición de cuatro hombres jóvenes, valientes,
emprendedores y activos debía tener otra meta que paseos contoneándose, lecciones de esgrima
y bromas más o menos ingeniosas.
En efecto, cuatro hombres como ellos, cuatro hombres consagrados unos a otros desde la
bolsa hasta la vida, cuatro hombres apoyándose siempre, sin retroceder nunca, ejecutando
aisladamente o juntos las resoluciones adoptadas en común: cuatro brazos amenazando los
cuatro puntos cardinales o volviéndose hacia un solo punto debían inevitablemente, bien de
modo subterráneo, bien a la luz, bien a cara descubierta, bien mediante labor de zapa, bien por
la astucia, bien por la fuerza, abrirse camino hacia la meta que quisieran alcanzar, por más prohibida o alejada que estuviese. Lo único que asombraba a D'Artagnan es que sus compañeros
no hubieran pensado esto.
El sí, él lo pensaba, y seriamente incluso, estrujándose el cerebro para encontrar dirección a
aquella fuerza única multiplicada por cuatro, con la que no dudaba que, como con la palanca que
buscaba Arquímedes, se podía levantar el mundo, cuando llamaron suavemente a la puerta.
D'Artagnan despertó a Planchet y le ordenó ir a abrir.
Que de la frase, «D'Artagnan despertó a Planchet», el lector no vaya a suponer que era de
noche o que aún no había llegado el día. ¡No! Acababan de sonar las cuatro. Planchet, dos horas
antes, había venido a pedir de cenar a su amo, que le respondió con el refrán: «Quien duer me
come». Y Planchet comía durmiendo.
Fue introducido un hombre de cara bastante simple y que tenía aspecto de burgués.
De buena gana hubiera querido Planchet, para postre, oír la con versación; pero el burgués
declaró a D'Artagnan que por ser importan te y confidencial lo que tenía que decirle deseaba
permanecer a solas con él.
D'Artagnan despidió a Planchet e hizo sentarse a su visitante.
Hubo un momento de silencio durante el cual los dos hombres se miraron para establecer un
conocimiento previo, tras lo cual D'Artagnan se inclinó en señal de que escuchaba.
-He oído hablar del señor D'Artagnan como de un joven muy valiente -dijo el burgués-, y esa
reputación de que goza con motivo me ha decidido a confiarle un secreto.
-Hablad, señor, hablad -dijo D'Artagnan, que por instinto olfateó algo ventajoso.
El burgués hizo una nueva pausa y continuó:
-Mi mujer es costurera de la reina, señor, y no carece ni de prudencia ni de belleza. Hace casi
tres años que me hicieron desposarla, aunque no tenía más que una pequeña dote, porque el
señor de La Porte el portamantas de la reina, es su padrino y la protege...
-¿Y bien, señor? -preguntó D'Artagnan.
-¡Pues bien! -prosiguió el burgués-. Pues bien señor, mi mujer ha sido raptada ayer por la
mañana cuando salía de su cuarto de trabajo.
-¿Y quién ha raptado a vuestra mujer?
-Con seguridad no sé nada, señor, pero sospecho de alguien.
-¿Y quién es esa persona de la que sospecháis?
-Un hombre que la perseguía desde hace tiempo.
-¡Diablos!
-Pero permitid que os diga, señor -prosiguió el burgués-, que estoy convencido de que en todo
esto hay menos amor que política.
-Menos amor que política -dijo D'Artagnan con un gesto pensativo-. ¿Y qué sospecháis?


 

 
 

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