al que debo el honor de
vuestro conocimiento.
Aramis aquella vez no se enfadó, sino que adoptó su aire más
modesto y respondió
afectuosamente:
-Querido, no olvidéis que quiero ser de iglesia y que huyo de todas las
ocasiones mundanas.
Aquel pañuelo que visteis en modo alguno me había sido confiado;
había sido olvidado en mi
casa por uno de mis amigos. Tuve que recogerlo para no comprometerlos, a él
y a la dama a la
que ama. En cuanto a mí, no tengo ni quiero tener amantes, siguiendo
en esto el ejemplo muy
juicioso de Athos, que no las tiene más que yo.
-Pero, ¡qué diablos!, no sois abad, dado que sois mosquetero.
-Mosquetero por ínterin, querido, como dice el cardenal, mosquetero contra
mi gusto, pero
hombre de iglesia en el corazón, creedme. Athos y Porthos me metieron
ahí para entretenerme:
tuve, en el momento de ser ordenado, una pequeña dificultad con... Pero
esto apenas os
interesa, y os robo un tiempo precioso.
-Nada de eso, me interesa mucho -exclamó D'Artagnan-, y por ahora no
tengo absolutamente
nada que hacer.
-Sí, pero yo tengo que rezar mi breviario -respondió Aramis-,
después de componer algunos
versos que me ha pedido la señora D'Aiguillon; luego debo pasar por la
calle Saint-Honoré, para
comprar carmín para la señora de Chevreuse. Como veis, querido
amigo, si nada os apremia, yo
estoy muy apremiado.
Y Aramis tendió afectuosamente la mano a su joven compañero, y
se despidió de él.
Por más esfuerzos que hizo, D'Artagnan no pudo saber más sobre
sus tres nuevos amigos.
Tomó, pues, la decisión de creer para el presente todo cuanto
se decía de su pasado, esperando
revelaciones más serias y más amplias del porvenir. Mientras tanto,
consideró a Athos como a un
Aquiles, a Porthos como a un Ayax, y a Aramis como a un José.
Por lo demás, la vida de los cuatro jóvenes era alegre. Athos
jugaba, y siempre con mala
fortuna. Sin embargo, jamás pedía prestado un céntimo a
sus amigos, aunque su bolsa estuviera
sin cesar a su servicio; y cuando había apostado sobre su palabra, siempre
hacía despertar a su
acreedor a la seis de la mañana para pagarle su deuda de la víspera.
Porthos tenía rachas: esos días, si ganaba, se le veía
insolente y espléndido; si perdía,
desaparecía por completo durante algunos días, al cabo de los
cuales reaparecía con el rostro
descolorido y mal gesto, pero con dinero en sus bolsillos.
En cuanto a Aramis, no jugaba jamás. Pero era el peor mosquete ro y el
invitado más
desagradable que se pudiese ver. Tenía siempre que trabajar. A veces,
en medio de una comida,
cuando todos con la incitación del vino y el calor de la conversación,
creían que había aún para
dos o tres horas de permanencia en la mesa, Aramis miraba a su reloj, se levantaba
con una
graciosa sonrisa y se despedía de la compaña para ir, decía
él, a consultar a un casuista con el
que tenía cita. Otras veces regresaba a su alojamiento para escribir
una tesis y rogaba a sus
amigos no distraerle.
Entonces Athos sonreía con aquella encantadora sonrisa melancó
lica que tan bien sentaba a su
noble figura, y Porthos bebía jurando que Aramis no sería nunca
más que un cura de aldea.
Planchet, el criado de D'Artagnan, soportó noblemente la buena fortuna;
recibía treinta sous
diarios, y durante un mes venía al alojamiento alegre como un pinzón
y afable con su amo.
Cuando el viento de la adversidad comenzó a soplar sobre la pareja de
la calle des Fossayeurs,
es decir, cuándo las cuarenta pistolas del rey Luis XIII fueron comidas
o casi, comenzó con
quejas que Athos encontró nauseabundas Porthos indecentes y Aramis ridículas.
Athos aconsejó,
pues, a D'Ártágnan despedir al bribón; Porthos quería
que antes lo apaleara, y Aramis pretendió
que un amo no debía oír más que los cumplidos que se hacen
de él.
-Es muy fácil para vos decir eso -dijo D'Artagnan-; a vos, Athos, que
vivís mudo con Grimaud,
que le prohibís hablar y que, por tanto, no tenéis nunca malas
palabras con él; a vos, Porthos,
que lleváis un tren magnífico y que sois un dios para vuestro
criado Mosquetón, y a vos
finalmente, Aramis, que siempre distraído por vuestros estudios teológicos,
inspiráis un profundo
respeto a vuestro servidor Bazin, hombre dulce y religioso; pero yo, que no
tengo ni consistencia
ni recursos, yo, que no soy mosquetero ni siquiera guardia, yo, ¿qué
haré yo para inspirar cariño,
temor o respeto a Planchet?
-La cosa es grave -respondieron los tres amigos-; es un asunto interno; con
los criados ocurre
