Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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a los tiem-
pos de Francisco I y cuya empuñadura solamente, incrustada de piedras preciosas, podía valer
doscientas pistolas y que sin embargo, en sus momentos de mayor penuria, Athos no había
consentido nunca en empeñar ni en vender. Aquella espada había sido durante mucho tiempo la
ambición de Porthos. Porthos habría dado diez años de su vida por poseer aquella espada.
Cierto día que tenía una cita con una duquesa, trató incluso de pedirla en préstamo a Athos.
Athos, sin decir nada, vació sus bolsillos, amontonó todas sus joyas: bolsas, cordones y cadenas
de oro, y ofreció todo a Porthos; pero en cuanto a la espada, le dijo, estaba empotrada en su
sitio y sólo debía dejarlo cuando su amo abandonara su alojamiento. Además de su espada,
había también un retrato que representaba a un señor de los tiempos de Enrique III, vestido con
la mayor elegancia, y que llevaba la encomienda del Santo Espíritu, y este retrato tenía con Athos
ciertos parecidos de líneas, ciertas similitudes de familia que indicaban que aquel gran señor,
caballero de órdenes del rey, era su antepasado.
Finalmente, un cofre de magnífica orfebrería, con las mismas armas que la espada y el retrato,
hacía un juego de chimenea que se daba de patadas espantosamente con el resto de los
adornos. Athos llevaba siempre consigo la llave de aquel cofre. Pero cierto día lo había abierto
delante de Porthos, y Porthos había podido asegurarse de que el cofre no contenía más que
cartas y papeles: cartas de amor y papeles de familia sin duda. Porthos vivía en un piso muy amplio y de aparencia suntuosa, en la calle del Vieux-Colombier.
Cada vez que pasaba con un amigo por delante de sus ventanas, en una de las cuales
Mosquetón estaba siempre vestido con gran librea, Porthos alzaba la cabeza y la mano y decía:
¡He ahí mi mansión! Pero jamás se le encontraba en casa, jamás invitaba a nadie a subir, y nadie
podía hacerse una idea de lo que aquella suntuosa apariencia encerraba de riquezas reales.
En cuanto a Aramis, habitaba un pequeño piso compuesto por un gabinete un comedor y un
dormitorio, dormitorio que, situado como el resto del alojamiento en la planta baja, daba a un
pequeño jardín lozano, verde, umbroso a impenetrable a los ojos del vecindario.
En cuanto a D'Artagnan, ya sabemos cómo se había alojado y ya hemos trabado conocimientos
con su lacayo, maese Planchet.
D'Artagnan, que era muy curioso por naturaleza, como lo son por lo demás las personas que
tienen el genio de la intriga, hizo cuantos esfuerzos pudo por saber lo que eran realmente Athos,
Porthos y Aramis; porque bajo esos nombres de guerra, cada uno de los jóvenes ocultaba sus
nombres de gentilhombre, Athos sobre todo, que olía a gran señor a la legua. Se dirigió, pues, a
Porthos para informarse sobre Athos y Aramis, y a Aramis para conocer a Porthos.
Por desgracia, el propio Porthos no sabía de la vida de su silencioso camarada más de lo que
había dejado traslucir. Se decía que había tenido grandes fracasos en sus aventuras amorosas, y
que una horrible traición había envenenado para siempre la vida de aquel hombre galante. ¿Cuál
era esa traición? Todos lo ignoraban.
En cuanto a Porthos, a excepción de su verdadero nombre, que sólo el señor de Tréville sabía,
así como el de sus dos camaradas, su vida era fácil de conocer. Vanidoso a indiscreto, se veía a
su través como a través de un cristal. Lo único que hubiera podido despistar al investigador
habría sido creerse todo lo bueno que él mismo decía de sí.
En cuanto a Aramis, pese a su aire de no tener ningún secreto, era - muchacho todo adobado
en misterios, que respondía poco a las preguntas que se le hacían sobre los otros, y eludía
aquellas que se le hacían sobre él. Un día, D'Artagnan, después de haberle interrogado largo
tiempo sobre Porthos y haberse enterado del rumor que corría sobre las aventuras galantes del
mosquetero con una princesa, quiso saber a qué atenerse sobre las aventuras de su interlocutor.
-Y vos, querido compañero -le dijo-, ¿vos qué habláis de las baronesas, de las condesas y de
las princesas de los demás?
-Perdón -interrumpió Aramis-, he hablado porque el propio Porthos habla de ellas, porque ha
gritado todas esas hermosas cosas delante de mí. Pero, mi querido señor D'Artagnan, creed que,
si las hubiera recibido de otra fuente, o si me hubieran sido confiadas, no habría habido confesor
más discreto que yo.
-No lo dudo -prosiguió D'Artagnan-; pero, en fin, me parece que vos mismo tenéis bastante
familiaridad con los escudos de armas: testigo, cierto pañuelo bordado


 

 
 

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