a menudo, pero jamás le
habían oído reír. Sus palabras eran breves y expresivas,
diciendo siempre lo que querían decir,
nada más: nada de adornos, nada de florituras, nada de arabescos. Su
conversación era un
hecho sin ningún episodio.
Aunque Athos apenas tuviera treinta años y fuese de gran belleza de cuerpo
y espíritu, nadie le
conocía amantes. Jamás hablaba de mujeres. Sólo que no
impedía que se hablase de ellas
delante de él, aunque fuera fácil ver que tal género de
conversación, al que no se mezclaba más
que con palabras amargas y observaciones misantrópicas, le era completamente
desagradable.
Su reserva, su huraña y su mutismo hacían de él casi un
viejo; para no ir contra sus costumbres
había habituado a Grimaud a obedecerle a un simple gesto o a un simple
movimiento de labios.
No le hablaba más que en las circunstancias supremas.
A veces, Grimaud, que temía a su amo como al fuego, teniendo a la vez
por su persona un
gran apego y por su genio una gran veneración, creía haber entendido
perfectamente lo que
deseaba, se apresu raba para ejecutar la orden recibida y hacía precisamente
lo contrario.
Entonces Athos se encogía de hombros y sin encolerizarse vapuleaba a
Grimaud. Esos días
hablaba un poco.
Porthos, como se habrá podido ver, tenía un carácter completamente
opuesto al de Athos: no
sólo hablaba mucho, sino que hablaba a voz en grito; poco le importaba
por otro lado, hay que
hacerle justicia, que se le escuchase o no; hablaba por el placer de hablar
y por el placer de
oírse; hablaba de todo salvo de ciencias, alegando a este respecto el
odio inveterado que desde
su infancia tenía, segun decía, a los sabios. Tenía menos
estilo que Athos, y el sentimiento de su
inferioridad a este respecto a menudo le había hecho, desde el comienzo
de su relación, injusto
con ese gentilhombre, al que se había esforzado por superar con sus espléndidos
trajes. Pero con
una simple casaca de mosquetero y sólo por su forma de echar atrás
la cabeza y dar un paso,
Athos ocupaba en el mismo instante el sitio que le era debido y relegaba al
fastuoso Porthos a
segunda fila. Porthos se consolaba llenando la antecámara del señor
de Tréville y los cuerpos de
guardia del Louvre con el estruendo de sus aventuras galantes, de las que Athos
no hablaba
nunca; y por el momento, tras haber pasado de la nobleza de ropa a la nobleza
de espada, de la
fontanera a la baronesa, no había para Porthos otra cosa que una princesa
extranjera que le
quería una_ enormidad.
Un viejo proverbio dice: «A tal amo, tal criado.» Pasemos, pues,
del criado de Athos al criado
de Porthos, de Grimaud a Mosquetón.
Mosquetón era un normando a quien su amo había cambiado el pacífico
nombre de Boniface
por el infinitamente más sonoro y belicoso de Mosquetón. Había
entrado al servicio de Porthos a
condición de ser vestido y alojado solamente, pero de modo magnífico;
no exigía más que dos
horas diarias para consagrarlas a una industria que debía bastarle a
satisfacer sus demás
necesidades. Porthos había aceptado el trato: la cosa iba de maravilla.
Hacía cortar para
Mosquetón jubones de sus vestidos viejos y de sus capas de repuesto,
y gracias a un sastre muy
inte ligente que le ponía sus pingajos como nuevos dándoles la
vuelta, y de cuya mujer se
sospechaba que quería hacer descender a Porthos de sus costumbres aristocráticas,
Mosquetón
hacía muy buena figura detrás de su amo.
En cuanto a Aramis, cuyo carácter creemos haber expuesto suficientemente
-carácter que, por
lo demás, como el de sus compañeros, podremos seguir en su desarrollo-,
su lacayo se llamaba
Bazin. Debido a la esperanza que su amo tenía de recibir un día
las órdenes, iba vestido siempre
de negr o, como debe estarlo el servidor de un ecle siástico. Era un
hombre del Berry, de treinta y
cinco a cuarenta años, dulce, apacible, regordete, que ocupaba los ocios
que su amo le deja ba
leyendo obras pías, haciendo si acaso para dos una cena de pocos platos
pero excelente. Por lo
demás, era mudo, ciego, sordo y de una fidelidad a toda prueba.
Ahora que conocemos, aunque no sea más que superficialmente, a amos y
criados, pasemos a
las viviendas ocupadas por cada uno de ellos.
Athos vivía en la calle Férou, a dos pasos del Luxemburgo; su
alo jamiento se componía de dos
pequeñas habitaciones, muy decente mente amuebladas, en una casa adornada,
cuya hospedera
aún joven y realmente todavía bella le ponía inútilmente
ojos de cordera. Algu nos retazos de un
gran esplendor pasado se manifestaba aquí y allá en las paredes
de este modesto alojamiento:
era, por ejemplo, una espada, ricamente damasquinada, que remontaba por la forma
