Siete hombres en dos días, y de los más queridos; pero basta ya,
señores, ¿me entendéis? Es
bastante; os habéis tomado vuestra revancha por lo de la calle Férou,
y más; debéis estar
satisfechos.
-Si Vuestra Majestad lo está - dijo Tréville-, nosotros lo esta
mos.
-Sí, lo estoy -añadió el rey tomando un puñado de
oro de la mano de La Chesnaye y
poniéndolo en la de D'Artagnan-. He aquí, dijo, una prueba de
mi satisfacción.
En esa época, las ideas de orgullo que son de recibo en nuestros días
apenas estaban aún de
moda. Un gentilhombre recibía de mano a mano dinero del rey, y no por
ello se sentía humillado
en nada. D'Artagnan puso, pues, las cuarenta pistolas en su bolso sin andarse
con melindres y
agradeciéndoselo mucho por el contrario a Su Majestad.
-¡Bueno! -dijo el rey, mirando su péndola-. Bueno, y ahora que
son ya las ocho y media,
retiraos; porque, ya os lo he dicho, espero a alguien a las nueve. Gracias por
vuestra adhesión,
señores. Puedo contar con ella, ¿no es cierto?
-¡Oh, Sire! -exclamaron a una los cuatro compañeros-. Nos haríamos
cortar en trozos por
Vuestra Majestad.
-Bien, bien, pero permaneced enteros; es mejor, y me seréis más
útiles. Tréville -añadió el rey
a media voz mientras los otros se retiraban-, como no tenéis plaza en
los mosqueteros y como,
además, para entrar en ese cuerpo hemos decidido que había que
hacer un noviciado, colocad a
ese joven en la compaña de los guardias del señor Des Essarts,
vuestro cuñado. ¡Ah, pardiez,
Tréville! Me regocijo con la mueca que va a hacer el cardenal; estará
furioso, pero me da lo
mismo; estoy en mi derecho.
Y el rey saludó con la mano a Tréville, que salió y vino
a reunirse con sus mosqueteros, a los
que encontró repartiendo con D'Artagnan las cuarenta pistolas.
Y el cardenal, como había dicho Su Majestad, se puso efectivamente furioso,
tan furioso que
durante ocho días abandonó el juego del rey, lo cual no impedía
al rey ponerle la cara más
encantadora del mundo, y todas las veces que lo encontraba preguntarle con su
voz más acari-
ciadora:
-Y bien, señor cardenal, ¿cómo van ese pobre Bernajoux
y ese pobre Jussac, que son vuestros?
Capítulo VII
Los mosqueteros por dentro
Cuando D'Artagnan estuvo fuera del Louvre y hubo consultado a sus amigos sobre
el empleo
que debía hacer de su parte de las cuarenta pistolas, Athos le aconsejó
que encargase una buena
comida en la Pomme de Pin, Porthos que tomase un lacayo, y Aramis que se echase
una amante
conveniente.
La comida se celebró aquel mismo día, y el lacayo sirvió
la mesa. La comida había sido
encargada por Athos y el lacayo proporcionado por Porthos. Era un picardo al
que el glorioso
mosquetero había contratado aquel mismo día y para esta ocasión
en el puente de la Tour nelle,
mientras hacía círculos al escupir en el agua.
Porthos había pretendido que tal ocupación era prueba de una organización
reflexiva y
contemplativa, y lo había llevado sin más recomendación.
La gran cara de aquel gentilhombre, a
cuya cuenta se creyó contratado, había seducido a Planchet -tal
era el nombre del picardo-; hubo
en él una ligera decepción cuando vio que el puesto estaba ya
ocupado por un cofrade llamado
Mosquetón y cuando Porthos le hubo manifestado que la situación
de su casa, aunque grande,
no soportaba dos criados, y que tenía que entrar al servicio de D'Artagnan.
Sin embargo, cuando
asistió a la comida que daba su amo y le vio sacar para pagar un puñado
de oro de su bolsillo,
creyó labrada su fortuna y agradeció al cielo haber caído
en posesión de semejante Creso;
perseveró en esa opinion hasta después del festín, con
cuyas sobras reparó largas abstinencias.
Pero al hacer aquella noche la cama de su amo, las quimeras de Planchet se desvanecieron.
La
cama era lo único del alojamiento, que se componía de una antecámara
y de un dormitorio.
Planchet se acostó en la antecámara sobre una colcha sacada del
lec ho de D'Artagnan, de la que
D'Artagnan prescindió en adelante.
Athos, por su parte, tenía un criado que había hecho ingresar
a su servicio de una forma muy
particular, y que se llamaba Grimaud. Era muy silencioso aquel digno señor.
Hablamos de Athos,
por supuesto. Desde hacía cinco o seis años vivía en la
más profunda intimidad con sus
compañeros Athos y Aramis, los cuales recordaban haberle visto sonreír
