de confianza en vuestra lealtad que
no quise junto a Su Majestad otro defensor que vos mismo. Veo que no me había
equivocado, y
os agradezco que haya todavía en Francia un hombre de quien se puede
decir sin engañarse lo
que yo he dicho de vos.
-¡Está bien, está bien! -dijo el rey, que había escuchado
todos estos cumplidos entre las dos
puertas-. Sólo que decidle, Tréville, puesto que se quiere uno
de vuestros amigos, que yo
también quisiera ser uno de los suyos, pero que me descuida; que hace
ya tres años que no le
he visto, y que sólo lo veo cuando le mando buscar. Decidle todo eso
de mi parte, porque son
cosas que un rey no puede decir por sí mismo.
-Gracias, Sire, gracias -dijo el duque-; pero que Vuestra Ma jestad esté
seguro de que no suelen
ser los más adictos, y no lo digo por el señor de Tréville,
aquellos que ve a todas horas del día.
-¡Ah! Habéis oído lo que he dicho; tanto mejor, duque, tanto
mejor -dijo el rey adelantándose
hasta la puerta-. ¡Ay sois vos, Tréville! ¿Dónde
están vuestros mosqueteros? Anteayer os había
dicho que me los trajeseis. ¿Por qué no lo habéis hecho?
-Están abajo, Sire, y con vuestra licencia La Chesnaye va a decirles
que suban.
-Sí, sí, que vengan en seguida; van a ser las ocho y a las nueve
espero una visita. Id, señor
duque, y volved sobre todo. Entrad Tréville.
El duque saludó y salió. En el momento en que abría la
puerta, los tres mosqueteros y
D'Artagnan, conducidos por La Chesnaye, aparecían en lo alto de la escalera.
-Venid, mis valientes -dijo el rey-, venid; tengo que reñiros.
Los mosqueteros se aproximaron inclinándose; D'Artagnan les siguió
detrás.
-¡Diablos! -continuó el rey-. Entre vosotros cuatro, ¡siete
guar dias de Su Eminencia puestos
fuera de combate en dos días! Es demasiado, señores, es demasiado.
A esta marcha, Su
Eminencia se verá obligado a renovar su compaña dentro de tres
semanas, y yo a hacer aplicar
los edictos en todo rigor. Uno por casualidád, no digo que no; pero siete
en dos días, lo repito, es
demasiado, es muchísimo.
-Por eso, Sire, Vuestra Majestad ve que vienen todo contritos y todo arrepentidos
a
presentaros excusas.
-¡Todo contritos y todo arrepentidos! ¡Hum! -dijo el rey-. No me
fío una pizca de sus caras
hipócritas; hay ahí detrás, sobre todo, una cara de gascón.
Venid aquí, señor.
D'Artagnan, que comprendió que era a él a quien se dirigía
el cumplido, se acercó adoptando
su aspecto más desesperado.
-Bueno, pero ¿no me decíais que era un joven? ¡Si es un
niño, señor de Tréville, un verdadero
niño! ¿Y ha sido él quien ha dado esa ruda estocada a Jussac?
-Y las dos bellas estocadas a Bernajoux.
-¿De verdad?
-Sin contar -dijo Athos-, que si no me hubiera sacado de las manos de Biscarat,
a buen seguro
no habría tenido yo el honor de hacer en este momento mi más humilde
reverencia a Vuestra
Majestad.
-¡Pero entonces este bearnés es un verdadero demonio! Voto a los
clavos, señor de Tréville,
como habría dicho el rey mi padre. En este oficio, se deben agujerear
muchos jubones y romper
muchas es padas. Pero los gascones suelen ser pobres, ¿no es asî?
-Sire, debo decir que aún no se han encontrado minas de oro en sus montañas,
aunque el
Señor les deba de sobra ese milagro en recompensa por la forma en que
apoyaron las
pretensiones del rey vues tro padre.
-Lo cual quiere decir que son los gascones los que me han hecho rey a mí
mismo, dado que yo
soy el hijo de mi padre, ¿no es así, Tréville? Pues bien,
sea en buena hora, no digo que no. La
Chesnaye, id a ver si, hurgando en todos mis bolsillos, encontráis cuarenta
pistolas; y si las
encontráis, traédmelas. Y ahora, veamos, joven, con la mano en
el corazón, ¿cómo ocurrió?
D'Artagnan contó la aventura de la víspera en todos sus detalles:
cómo no habiendo podido
dormir de la alegría que experimentaba por ver a Su Majestad, había
llegado al alojamiento de
sus amigos tres horas antes de la audiencia; cómo habían ido juntos
al garito, y cómo por el
temor que había manifestado de recibir un pelotazo en la cara, había
sido objeto de la burla de
Bernajoux, que había estado a punto de pagar aquella burla con la pérdida
de la vida, y el señor
de La Trémouille, que en nada se había mezclado, con la pérdida
de su palacio.
-Está bien eso -murmuró el rey-; sí, así es como
el duque me lo ha contado. ¡Pobre cardenal!
