más que a Dios que esté por encima de Su Majestad.
-No, señor; me refiero al sostén del Estado, a mi único
servidor, a mi único amigo, al señor
cardenal.
-Su eminencia no es Su Santidad, Sire.
-¿Qué queréis decir con eso, señor?
-Que no hay nadie más que el papa que sea infalible, y que esa infalibilidad
no se extiende a
los cardenales.
-¿Queréis decir que me engaña, queréis decir que
me traiciona? Entonces le acusáis. Veamos,
decid, confesad francamente de qué le acusáis.
-No, Sire, pero digo que se equivoca; digo que ha sido mal infor mado; digo
que se ha
apresurado a acusar a los mosqueteros de Vuestra Majestad, para con los que
es injusto, y que
no ha ido a sacar sus informes de buena fuente.
-La acusación viene del señor de La Trémouille, del duque
mismo. ¿Qué respondéis a eso?
-Podría responder, Sire, que está demasiado interesado en la cuestión
para ser un testigo
imparcial; pero lejos de eso, Sire, tengo al duque por un gentilhombre, y me
remito a él, pero
con una condición, Sire.
-¿Cuál?
-Que Vuestra Majestad le haga venir, le interrogue pero por sí mis ma,
frente a frente, sin
testigos, y que yo vea a Vuestra Majestad tan pronto como haya recibido al duque.
-¡Claro que sí! -dijo el rey-. ¿Y vos os remitís
a lo que diga el señor de La Trémouille?
-Sí, Sire.
-¿Aceptáis su juicio?
-Indudablemente.
-¿Y os someteréis a las reparaciones que exija?
-Totalmente.
-¡La Chesnaye! -gritó el rey-. ¡La Chesnaye!
El ayuda de cámara de confianza de Luis XIII, que permanecía siempre
a la puerta, entró.
-La Chesnaya - dijo el rey-, que vayan inmediatamente a buscarme al señor
de La Trémouille;
quiero hablar con él esta noche.
-¿Vuestra Majestad me da su palabra de que no verá a nadie entre
el señor de Trémouille y
yo?
-A nadie, palabra de gentilhombre.
-Hasta mañana entonces, Sire.
-Hasta mañana, señor.
-¿A qué hora, si le place a Vuestra Majestad?
-A la hora que queráis.
-Pero si vengo demasiado de madrugada temo despertar a Vuestra Majestad.
-¿Despertarme? ¿Acaso duermo? Yo no duermo ya, señor;
sueño algunas cosas, eso es todo.
Venid, pues, tan pronto como queráis, a las siete; pero ¡ay de
vos si vuestros mosqueteros son
culpables!
-Si mis mosqueteros son culpables, Sire, los culpables serán puestos
en manos de Vuestra
Majestad, que ordenará de ellos lo que le plazca. ¿Vuestra Majestad
exige alguna cosa más? Que
hable, estoy dispuesto a obedecerla.
-No, señor, no, y no sin motivo se me ha llamado Luis el Justo. Hasta
mañana pues, señor,
hasta mañana.
-Dios guarde hasta entonces a Vuestra Majestad.
Aunque poco durmió el rey, menos durmió aún el señor
de Tréville; había hecho avisar aquella
misma noche a sus tres mosqueteros y a su compañero para que se encontrasen
en su casa a las
seis y media de la mañana. Los llevó con él sin afirmarles
nada, sin prometerles nada, y sin
ocultarles que el favor de ellos y el suyo propio estaba en manos del azar.
Llegado al pie de la pequeña escalera, les hizo esperar. Si el rey seguía
irritado contra ellos, se
alejarían sin ser vistos; si el rey consentía en recibirlos, no
habría más que hacerlos llamar.
Al llegar a la antecámara particular del rey, el señor de Tréville
encontró a La Chesnaye, quien
le informó de que no habían encontrado al duque de La Trémouille
la noche de la víspera en su
palacio, que había regresado demasiado tarde para presentarse en el Louvre,
que acababa de
llegar y que estaba en aquel momento con el rey.
Esta circunstancia plugo mucho al señor de Tréville, que así
estuvo seguro de que ninguna
sugerencia extraña se deslizaría entre la deposición de
La Trémouille y él.
En efecto, apenas habían transcurrido diez minutos cuando la puerta del
gabinete se abrió y el
señor de Tréville vio salir al duque de La Trémouille,
el cual vino a él y le dijo:
-Señor de Tréville, Su Majestad acaba de enviarme a buscar para
saber cómo sucedieron las
cosas ayer por la mañana en mi palacio. Le he dicho la verdad, es decir,
que la culpa era de mis
gentes, y que yo estaba dispuesto a presentaros mis excusas. Puesto que os encuentro,
dignaos
recibirlas y tenerme siempre por uno de vuestros amigos.
-Señor duque -dijo el señor de Tréville-, estaba tan lleno
