Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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-Las cosas van mal -dijo Athos sonriendo-, y todavía no nos harán caballeros de la orden esta
vez.
-Esperad aquí diez minutos -dijo el señor de Tréville-, y si al cabo de diez minutos no me veis
salir, regresad a mi palacio, porque será inútil que me esperéis más tiempo.
Los cuatro jóvenes esperaron diez minutos, un cuarto de hora, veinte minutos; y viendo que el
señor de Tréville no aparecía, se fueron muy inquietos por lo que fuera a suceder.

El señor de Tréville había entrado osadamente en el gabinete del rey, y había encontrado a Su
Majestad de muy mal humor, sentado en un sillón y golpeando sus botas con el mango de su
fusta, cosa que no le había impedido pedirle con la mayor flema noticias de su salud.
-Mala, señor, mala -respondió el rey-, me aburro. En efecto, era la peor enfermedad de Luis XIII, quien a menudo tomaba a uno de sus
cortesanos, lo atraía a una ventana y le decía: Señor tal, aburrámonos juntos.
-¡Cómo! ¡Vuestra Majestad se aburre! -dijo el señor de Tréville-. ¿Acaso no ha recibido placer
hoy de la caza?
-¡Vaya placer, señor! Todo degenera, a fe mía, y no sé si es la caza la que no tiene ya rastro o
son los perros los que no tienen nariz. Lanzamos un ciervo de diez años, lo corremos durante
seis horas, y cuando está a punto de ser cogido, cuando Saint-Simon pone ya la trompa en su
boca para hacer sonar el alalí, icrac!, toda la jauría se deja engañar y se lanza sobre un cervato.
Como veis me veré obligado a renunciar a la montería como he renunciado a la caza de vuelo.
¡Ay, soy un rey muy desgraciado, señor de Tréville! No tenía más que un gerifalte y se murió
anteayer.
-En efecto, Sire, comprendo vuestra desesperación, y la desgracia es grande; pero según creo
os queda todavía un buen número de halcones, gavilanes y terzuelos.
-Y ningún hombre para instruirlos; los halconeros se van, sólo yo conozco ya el arte de la
montería. Después de mí todo estará dicho, y se cazará con armadijos, cepos y trampas. ¡Si
tuviera tiempo todavía de formar alumnos! Pero sí, el señor cardenal está que no me deja un
momento de reposo, que me habla de España, que me habla de Austria, que me habla de
Inglaterra. ¡Ah!, a propósito del señor cardenal, señor de Tréville, estoy descontento de vos.
El señor de Tréville esperaba al rey en este esguince. Conocía al rey de mucho tiempo atrás;
había comprendido que todas sus lamen taciones no eran más que un prefacio, una especie de
excitación para alentarse a sí mismo, y que era a donde había llegado por fin a donde quería
venir.
-¿Y en qué he sido yo tan desafortunado para desagradar a Vuestra Majestad? -preguntó el
señor de Tréville fingiendo el más profun do asombro.
-¿Así es como hacéis vuestra tarea señor? -prosiguió el rey sin responder directamente a la
pregunta del señor de Tréville-. ¿Para eso es para lo que os he nombrado capitán de mis
mosqueteros, para que asesinen a un hombre, amotinen todo un barrio y quieran incendiar Paris
sin que vos digáis una palabra? Pero por lo demás -continuó el rey-, sin duda me apresuro a
acusaros, sin duda los perturbadores están en prisión y vos venís a anunciarme que se ha hecho
justicia.
-Sire -respondió tranquilamente el señor de Tréville-, vengo por el contrario a pedirla.
-¿Y contra quién? -exclamó el rey.
-Contra los calumniadores - dijo el señor de Tréville.
-¡Vaya, eso sí que es nuevo! -prosiguió el rey-. ¿No iréis a decirme que esos tres malditos
mosqueteros, Athos, Porthos y Aramis y vuestro cadete de Béarn no se han arrojado como furias
sobre el pobre Bernajoux y no lo han maltratado de tal forma que es probable que esté a punto
de fallecer? ¿No iréis a decir luego que no han asediado el palacio del duque de La Trémouille, ni
que no han querido quemarlo? Cosa que no habría sido gran desgracia en tiempo de guerra,
dado que es un nido de hugonotes, pero que en tiempo de paz es un ejemplo molesto. Decid,
¿vais a negar todo esto?
-¿Y quién os ha hecho ese hermoso relato, Sire? -preguntó tranquilamente el señor de Tréville. -¿Quién me ha hecho ese hermoso relato, señor? ¿Y quién queréis que sea, si no aquel que
vela cuando yo duermo, que trabaja cuando yo me divierto, que lleva todo dentro y fuera del
reino, tanto en Francia como en Europa?
-Su majestad quiere hablar de Dios, sin duda - dijo el señor de Tréville-, porque no conozco


 

 
 

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