su acogida, aunque cortés,
fue más fría que de costumbre.
-Señor -dijo el señor de Tréville-, ambos creemos tener
motivo de queja uno del otro, y yo
mismo he venido para que juntos saquemos este asunto a la luz.
-De buen grado -respondió el señor de La Trémouille-, pero
os prevengo que estoy bien
informado, y toda la culpa es de vuestros mosqueteros.
-Sois un hombre demasiado justo y demasiado razonable, señor -dijo el
señor de Tréville-, para
no aceptar la propuesta que voy a haceros.
-Hacedla, señor, os escucho.
-¿Cómo se encuentra el señor Bernajoux, el pariente de
vuestro escudero?
-Pues muy mal, séor. Además de la estocada que ha recibido en
el brazo y que no es nada
peligrosa, ha pescado otra que le ha atravesado el pulmón, al punto de
que el médico dice tristes
cosas.
-Pero ¿ha conservado el herido su conocimiento?
-Perfectamente.
-¿Habla?
-Con dificultad, pero habla.
-Pues bien, señor, vayamos a su lado; conjurémosle, en nombre
del Dios ante el que quizá va
a ser llamado, a decir la verdad. Le tomo por juez de su propia causa, señor,
y lo que diga lo
creeré.
El señor de La Trémouille reflexionó un instante; luego,
como era difícil hacer una proposición
más razonable, aceptó.
Ambos bajaron a la habitación donde estaba el enfermo. Este, al ver entrar
a estos dos nobles
señores que venían a visitarlo, trató de levantarse en
el lecho, pero estaba demasiado débil y,
agotado por el esfuerzo que había hecho, volvió a caer casi sin
conocimiento.
El señor de La Trémouille se acercó a él y le hizo
respirar sales que le devolvieron a la vida.
Entonces el señor de Tréville, no queriendo que se le pudiese
acusar de haber influenciado al
enfermo, invitó al señor de La Trémouille a interrogarle
él mismo.
Lo que había previsto el señor de Tréville ocurrió.
Colocado entre la vida y la muerte como
Bernajoux estaba, no tuvo siquiera la idea de callar un instante la verdad;
contó a los dos
señores las cosas exac tamente tal como habían ocurrido.
Era todo lo que quería el señor de Tréville; deseó
a Bernajoux una pronta convalecencia, se
despidió del señor de La Trémouille, volvió a su
palacio e hizo avisar a los cuatro amigos que les
esperaba a cenar.
El señor de Tréville recibía a muy buena compaña,
por supuesto anticardenalista. Se
comprende, pues, que la conversación girase durante toda la cena sobre
los dos fracasos que
acababan de sufrir los guar dias de Su Eminencia. Y como D'Artagnan había
sido el héroe de
aquellas dos jornadas, fue sobre él sobre el que cayeron todas las felicitaciones,
que Athos,
Porthos y Aramis le dejaron no sólo como buenos amigos sino como hombres
que habían tenido
con bastante frecuencia su vez para dejarle a él la suya.
Hacia las seis, el señor de Tréville anunció que se veía
obligado a ir al Louvre; pero como la
hora de la audiencia concedida por Su Majestad había pasado, en lugar
de solicitar la entrada por
la escalera pequeña, se plantó con los cuatro hombres en la antecámara.
El rey no había vuelto
aún de caza. Nuestros jóvenes hacía apenas media hora que
esperaban, mezclados con el gentío
de los cortesanos, cuando todas las puertas se abrieron y se anunció
a Su Majestad.
A este anuncio, D'Artagnan se sintió temblar hasta la médula de
los huesos. El instante que iba
a seguir debía, con toda probabilidad, decidir el resto de su vida. Por
eso sus ojos se fijaron con
angustia en la puerta por la que debía entrar el rey.
Luis XIII apareció marchando el primero; iba vestido con el traje de
caza, lleno de polvo aún,
con botas altas y con la fusta en la mano. A la primera ojeada, D'Artagnan juzgó
que el ánimo
del rey se hallaba en plena tormenta.
Esta disposició n, por visible que fuera en Su Majestad, no impidió
a los cortesanos alinearse a
su paso: en las antecámaras reales más vale ser visto con mirada
irritada que no ser visto en
absoluto. Los tres mosqueteros no titubearon pues y dieron un paso hacia adelante,
mien tras
que D'Artagnan por el contrario permaneció oculto tras ellos; pero aunque
el rey conocía
personalmente a Athos, Porthos y Aramis, pasó ante ellos sin mirarlos,
sin hablarles y como si
jamás los hubiera visto. En cuanto al señor de Tréville,
cuando los ojos del rey se detuvieron un
instante sobre él, sostuvo aquella mirada con tanta firmeza que fue el
rey quien apartó la vista;
tras ello, siempre mascullando, Su Majestad volvió a sus habitaciones.
