del rey. De tres
guardias de la compaña del señor Des Essarts que pasaban, dos
vinieron, pues, en ayuda de los
cuatro compañeros, mientras el otro corría al palacio del señor
de Tréville, gritando: «iA
nosotros, mosqueteros, a nosotros!». Como de costumbre, el palacio del
señor de Tréville estaba
lleno de soldados de esa arma, que acudieron en socorro de sus camaradas. La
refriega se hizo
general, pero la fuerza estaba del lado de los mosqueteros: los guardias del
car denal y las gentes
del señor de La Trémouille se retiraron al palacio, cuyas puertas
cerraron justo a tiempo para
impedir que sus enemigos hicieran irrupción a la vez que ellos. En cuanto
al herido, había sido
transportado dentro al principio y, como hemos dicho, en muy mal es tado.
La agitación llegaba a su colmo entre los mosqueteros y sus aliados,
y se deliberaba ya si, para
castigar la insolencia que habían tenido los criados del señor
de La Trémouille de hacer una
salida contra los mosqueteros del rey, no se prendería fuego a su palacio.
La proposición había
sido hecha y acogida con entusiasmo cuando afortunadamente sonaron las once;
D'Artagnan y
sus compañeros se acordaron de su audiencia y, como habrían sentido
que se diera un golpe tan
hermoso sin ellos, consiguieron calmar los ánimos. Se contentaron, pues,
con arrojar algunos
adoquines contra las puertas, pero las puertas resistieron; entonces se cansaron;
por otro lado,
aquellos que debían ser mirados como cabecillas de la empresa habían
abandonado hacía un
instante el grupo y se encaminaban hacia el palacio del señor de Tréville,
que los esperaba, al
corriente ya de esta algarada.
-Deprisa, al Louvre -dijo-, al Louvre sin perder un instante, y tratemos de
ver al rey antes de
que sea prevenido por el cardenal; nosotros le contaremos las cosas como una
continuación del
asunto de ayer, y los dos pasarán juntos.
El señor de Tréville, acompañado de los cuatro jóvenes,
se encaminó pues hacia el Louvre;
pero, para gran asombro del capitán de los mosqueteros, le anunciaron
que el rey habla ido a
montería del ciervo en el bosque de Saint- Germain. El señor de
Tréville se hizo repetir dos veces
aquella nueva, y a cada vez sus compañeros vieron su rostro ensombrecerse.
-¿Acaso Su Majestad -preguntó- tenía desde ayer el proyecto
de esta cacería?
-No, Excelencia -respondió el ayuda de cámrara-. Ha sido el montero
mayor el que ha venido a
anunciarle esta mañana que la pasada noche habían apartado un
ciervo para él. Al principio res-
pondió que no iría, luego no ha sabido resistir al placer que
le propo nía esa caza, y después de
comer ha partido.
-¿Ha visto el rey al cardenal? -preguntó el señor de Tréville.
-Lo más probable -respondió el ayuda de cámara-, porque
esta mañana he visto los caballos de
carroza de Su Eminencia, he preguntado dónde iba, y me han contestado:
«A Saint-Germain».
-Estamos prevenidos -dijo el señor de Tréville-. Señores,
veré al rey esta noche; en cuanto a
vos, os aconsejo no arriesgaros.
El aviso era demasiado razonable y sobre todo venía de un hombre que
conocía demasiado
bien al rey para que los cuatro jóvenes trata ran de discutirlo. El señor
de Tréville les invitó pues a
volver cada uno a su alojamiento y a esperar sus noticias.
Al entrar en su palacio, el señor de Tréville pensó que
había que tomar la delantera quejándose
el primero. Envió a uno de sus criados a casa del señor de La
Trémouille con una carta en la que
rogaba echar fuera de su casa al guardia del señor cardenal, y reprender
a su gentes por la
audacia que habían tenido de hacer una salida contra los mos queteros.
Pero el señor de La
Trémouille, ya prevenido por su escudero, del que, como se sabe, Bernajoux
era pariente, le hizo
responder que no correspondía ni al señor de Tréville ni
a sus mosqueteros quejarse, sino más
bien al contrario, a él, contra cuyas gentes habían cargado los
mosqueteros y cuyo palacio
habían querido quemar. Como el debate entre estos dos señores
habría podido durar largo
tiempo, porque cada uno debía, naturalmente, mantenerse en sus trece,
al señor de Tréville se le
ocurrió un expediente que tenía por meta acabar con todo, y era
ir a buscar él mismo al señor de
La Trémouille.
Se dirigió; pues, en seguida a su palacio, y se hizo anunciar.
Los dos señores se saludaron cortésmente, ya que, si no había
amistad entre ellos, había al
menos estima. Los dos eran personas de áni mo y de honor, y como el señor
de La Trémouille,
protestante y que sólo veía rara vez al rey, no era de ningún
partido, no llevaba por lo general a
sus relaciones sociales prevención alguna. Aquella vez, sin embargo,
