Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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explicación -respondió D'Artagnan en voz baja-, os ruego que me sigáis.
-Y eso, ¿cuándo? -preguntó el guardia con el mismo aire burlón.
-Ahora mismo, si os place.
-Y ¿sabéis por casualidad quién soy?
-Lo ignoro completamente, y no me inquieta.
-Pues os equivocáis, porque si supieseis mi nombre, quizá no tuvierais tanta prisa.
-¿Cómo os llamáis?
-Bernajoux, para serviros.
-Pues bien, señor Bernajoux -dijo tranquilamente D'Artagnan-, voy a esperaros a la puerta.
-Id, señor, os sigo. -No os apresuréis, señor, que no se den cuenta de que salimo juntos; comprended que, para lo
que vamos a hacer, demasiada gente nos molestaría.
-Está bien -respondió el guardia asombrado de que su nombre no hubiera producido más
efecto sobre el joven.
En efecto, el nombre de Bernajoux era conocido de todo el mundo, a excepción quizá de
D'Artagnan solamente; porque era uno de esos que figuraba la mayoría de las veces en las riñas
cotidianas que todos los edictos del rey y del cardenal no habían podido reprimir.
Porthos y Aramis estaban tan ocupados con su partido y Athos los miraba con tanta atención
que no vieron siquiera salir a su joven compañero, que, como había dicho al guardia de Su
Eminencia, se detuvo en la puerta; un momento después, éste bajaba a su vez. Como
D'Artagnan no tenía tiempo que perder, dado que la audiencia del rey estaba fijada para las
doce, echó una ojeada en torno suyo y, viendo que la calle estaba desierta, dijo a su adversario:
-A fe mía que, aunque os llaméis Bernajoux, es una suerte para vos tener que habérosla sólo
con un aprendiz de mosquetero; pero tranquilizaos, lo haré lo mejor que pueda. ¡En guardia!
-Pero -dijo aquel a quien D'Artagnan provocaba de ese modo- me parece que el lugar está
bastante mal escogido, y que estaríam mejor detrás de la abadía de Saint- Germain o en el
Pré-aux-Clercs.
-Lo que decís está muy puesto en razón -respondió D'Artagnan-; desgraciadamente, no me
sobra el tiempo, tengo una cita a las doce en punto. ¡En guardia, pues, señor, en guardia!
Bernajoux no era hombre para hacerse repetir dos veces semejate cumplido. En el mismo
instante su espada brilló en su mano y lanzó sobre su adversario al que, gracias a su gran
juventud, espera intimidar.
Pero D'Artagnan había hecho la víspera su aprendizaje, y recién salido de su victoria, todo
henchido de su futuro favor, había resuelto no retroceder un paso; por eso los dos aceros se
encontraron metidos hasta las guardas, y como D'Artagnan se mantenía firme en su puesto fue
su adversario el que dio un paso en retirada. Pero D Artagnan aprovechó el momento en que, en
ese movimiento, el acero de Bernajoux se desviaba de la línea, libró, se lanzó a fondo y tocó a su
adversa en el hombro. En seguida D'Artagnan dio un paso hacia atrás a su vez y levantó su
espada; pero Bernajoux le gritó que no era nada, y tirándose ciegamente sobre él, se ensartó él
mismo. Sin embargo, como no caía, como no se declaraba vencido, sino que sólo se iba
acercando hacia el palacio del señor de la Trémouille a cuyo servicio tenía un pariente,
D'Artagnan, ignorando él mismo la gravedad de la última herida que su adversario había recibido,
le acosaba vivamente, y sin du da lo iba a rematar de una tercera estocada cuando, habiéndose
extendido el rumor que se alzaba en la calle hasta el juego de pelota, dos de los amigos del
guardia, que le habtan otdo intercambiar algunas palabras con D'Artagnan y que le habían visto
salir a raíz de aquellas pa labras, se precipitaron espada en mano fuera del garito y cayeron sobre
el vencedor. Pero al momento Athos, Porthos y Aramis aparecieron a su vez, y en el momento en
que los guardias atacaban a su joven camarada, los forzaron a volverse. En aquel momento
Bernajoux cayó; y como los guardias eran sólo dos contra cuatro, se pusieron a gritar: «A
nosotros, palacio de la Trémouille!» A estos gritos, todos los que había en el palacio salieron,
abalazándose sobre los cuatro compañeros que por su parte se pusieron a gritar: «iA nosotros,
mosquete ros! » Este grito era atendido con frecuencia; porque se sabía a los mos queteros enemigos de su
Eminencia, y se los amaba por el odio que sentían hacia el cardenal. Por eso los guardias de
otras compañas distintas a las que pertenecían al duque Rojo, como lo había llamado Aramis,
por lo general tomaban partido en esta clase de querellas por los mosqueteros


 

 
 

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