Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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todos ellos son inventores, fuerzas originales en la evolución del bien y
del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son siempre hombres de
excepción, genios, los que la enseñan. Los talentos morales perfeccio-
nan o practican de manera excelente esas virtudes por ellos creadas; los
mediocres morales se concretan a imitarlas tímidamente.
Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, obedien-
te, incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por
cálculo, por corazonadas firmes más que por doctrinarismos racionales:
así lo fueron casi todos. La inflexible rigidez del profeta o del apóstol,
es simbólica; sin ella no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso
ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son los facto-
res prácticos de la vida social, sino las masas que imitan débilmente su
fórmula. No fue Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia,
virtud cristiana que el tiempo reemplazará por la solidaridad social: sus
efectos útiles son producidos por innumerables individuos que serían
incapaces de practicarla por iniciativa propia, pero que del exaltado
arquetipo reciben sugestiones, tendencias y ejemplos, graduándolos,
difundiéndolos. El santo de Asís muere de consunción, obsesionado
por su virtud. sin cuidarse de si mismo, y entrega su vida a su ideal; los
mediocres que practican la beneficencia por él practicada cumplen una
obligación, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto a los
demás.
La santidad crea o renueva. "La extensión y el desarrollo de los
sentimientos sociales y morales -dijo Eibot- se han producido lenta-
mente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados inven-
tores en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente a ciertos
oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y
del mal innato, universal, distribuido a todos los hombres y en todos
los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es
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necesario que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo o
de un grupo. Todo el mundo admite inventores en geometría, en músi-
ca, en las artes plásticas. o mecánicas; pero también ha habido hombres
que por sus disposiciones naturales eran muy superiores a sus contem-
poráneos y han sido promotores, iniciadores. Es importante observar
que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa
a pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga obrar y,
por contagio, comunique a los otros su propio élan. El avance es pro-
porcional a lo que se siente y no a lo que se piensa".
Por eso el genio moral es incompleto mientras, no actúa; la sim-
ple visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el
ejemplo, más bien que en la doctrina, siempre que implique creación
original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son creado-
res son simples virtuosos o alucinados, a quienes el interés del culto y
la política eclesiástica han atribuido una santidad nominal. En la histo-
ria del sentimiento religioso sólo son genios los que fundan o trans-
mutan, pero de ninguna manera los que organizan órdenes, establecen
reglas, repiten un credo, practican una norma o difunden un catecismo.
El santoral católico es irrisorio. Junto a pocas vidas que merecen la
hagiografía de un Fra Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan
al moralista ni al psicólogo; numerosas tientan la curiosidad de los
alienistas y otras sólo revelan el interesado homenaje de los concilios
al fanatismo localista de ciertos rebaños industrioso.
Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación in-
confundible en la historia de la moral. Cada hora de la humanidad tiene
un clima, una atmósfera y una temperatura, que sin cesar varían. Cada
clima es propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera
se carga de creencias que señalan su orientación intelectual; cada tem-
peratura marca los grados de fe con que se acentúan determinados
ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona no puede tener
ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder de
transformación sea infinito como la vida. Las virtudes del pasado no
son las virtudes del presente; los santos de mañana no serán los mis-
mos de ayer. Cada momento de la historia requiere cierta forma de
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santidad que sería estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van
plasmando en las variaciones de la vida social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven lu-
chando a brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser
fuertes y valientes para imponer la hegemonía o asegurar la libertad del
grupo; entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud
del coraje se transforma en culto de héroes, equiparados a los dioses.
La santidad está en el heroísmo.
En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía o la
decadencia amenazan disolver un pueblo o una raza, la virtud excelente
entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir o morir por
un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está en


 

 
 

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