que reina sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último
era hijo de Zeus.
Y como Zeus es más poderoso que los nos, que corren al mar, así
también los
descendientes de Zeus son más fuertes que los de los ríos. A tu
lado tienes uno grande, si
es que puede auxiharte. Mas no es posible combatir con Zeus Cronión.
A éste no le
igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda
corriente del
que nacen todos los ríos, todo el mar y todas las fuentes y grandes pozos;
pues también el
Océano teme el rayo del gran Zeus y el espantoso trueno, cuando retumba
desde el cielo.
200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó
a Asteropeo a11í,
tendido en la arena, tan pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia
bañaba el
cadáver, y anguilas y peces acudieron a comer la grasa que cubría
los riñones. Aquiles se
fue para los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las
márgenes del vo-
raginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en
el duro combate, vencido por las
manos y la espada del Pelida. Éste mató entonces a Tersíloco,
Midón, Astípilo, Mneso,
Trasio, Enio y Ofelestes. Y a más peonios diera muerte el veloz Aquiles,
si el río de
profundos remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho
desde uno
de los profundos vórtices:
214 -¡Oh Aquiles! Superas a los demás hombres tanto en el valor
como en la comisión
de acciones nefandas; porque los propios dioses te prestan constantemente su
auxilio. Si
el hijo de Crono te ha concedido que destruyas a todos los troyanos, apártalos
de mí y
ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres
que
obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y tú
sigues matando de
un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe
de hombres.
222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
223 -Se hará, oh Escamandro, alumno de Zeus, como tú lo ordenas;
pero no me
abstendré de matar a los altivos troyanos hasta que los encierre en la
ciudad y, peleando
con Héctor, él me mate a mí o yo acabe con él.
227 Esto dicho, arremetió a los troyanos, cual si fuese un dios. Y entonces
el río de
profundos remolinos dirigióse a Apolo:
229 -¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Zeus, no cumples
las órdenes del
Cronión, el cual to encargó muy mucho que socorrieras a los troyanos
y les prestaras to
auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara a obscuras
el fértil campo.
233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada orilla
al centro del río.
Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió
la corriente, y, arrastrando
muchos cadáveres de hombres muertos por Aquiles, que había en
el cauce, arrojólos a la
orilla mugiendo como un toro, y en Canto salvaba a los vivos dentro de la hermosa
corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las revueltas
olas rodeaban
a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe
ya no se podía tener
en pie. Asióse entonces con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso;
pero éste,
arrancado de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la
hermosa corriente con sus
muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente.
Aquiles, amedrentado, dio
un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por la llanura.
Mas no por esto el gran
dios desistió de perseguirlo, sino que lanzó tras él olas
de sombría cima con el propósito
de hacer cesar al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte a los troyanos.
El
Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad
de la rapaz
águila negra, que es la más forzuda y veloz de las aves; parecido
a ella, el héroe coma y
el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose
a
un lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran
ruido. Como el fontanero
conduce el agua desde el profundo manantial por entre las plantas de un huerto
y con un
azadón en la mano quita de la reguera los estorbos; y la corriente sigue
su curso, y mueve
las piedrecitas, pero al llegar a un declive murmura, acelera la marcha y pasa
delante del
que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba continuamente
a Aquiles,
porque los dioses son más poderosos que los hombres. Cuantas veces el
divino Aquiles,
el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver si le perseguían
