frente del divino Aquiles. Entonces Zeus permitió también que
to llevara Héctor, porque
ya la muerte se iba acercando a este caudillo. A Patroclo se le rompió
en la mano la pica
larga, pesada, grande, fornida, armada de bronce; el ancho escudo y su correa
cayeron al
suelo, y el soberano Apolo, hijo de Zeus, desató la coraza que aquél
llevaba. El estupor se
apoderó del espíritu del héroe, y sus hermosos miembros
perdieron la fuerza. Patroclo se
detuvo atónito, y entonces desde cerca clavóle aguda lanza en
la espalda, entre los
hombros, el dárdano Euforbo Pantoida; el cual aventajaba a todos los
de su edad en el
manejo de la pica, en el arte de guiar un carro y en la veloz carrera, y la
primera vez que
se presentó con su carro para aprender a combatir derribó a veinte
guerreros de sus carros
respectivos. Éste fue, oh caballero Patroclo, el primero que contra ti
despidió su lanza,
pero aún no to hizo sucumbir. Euforbo arrancó la lanza de fresno;
y, retrocediendo, se
mezcló con la turba, sin esperar a Patroclo, aunque le viera desarmado;
mientras éste,
vencido por el golpe del dios y la lanzada, retrocedía al grupo de sus
compañeros para
evitar la muerte.
818 Cuando Héctor advirtió que el magnánimo Patroclo se
alejaba y que lo habían
herido con el agudo bronce, fue en su seguimiento, por entre las filas, y le
envainó la
lanza en la parte inferior del vientre, que el hierro pasó de parte a
parte; y el héroe cayó
con estrépito, causando gran aflicción al ejército aqueo.
Como el león acosa en la lucha al
indómito jabalí cuando ambos pelean arrogantes en la cima de un
monte por un escaso
manantial donde quieren beber, y el león vence con su fuerza al jabalí,
que respira
anhelante, así Héctor Priámida privó de la vida,
hiriéndolo de cerca con la lanza, al
esforzado hijo de Menecio, que a tantos había dado muerte. Y blasonando
del triunfo,
profirió estas aladas palabras:
830-¡Patroclo! Sin duda esperabas destruir nuestra ciudad, hacer cautivas
a las mujeres
troyanas y llevártelas en los bajeles a to patria tierra. ¡Insensato!
Los veloces caballos de
Héctor vuelan al combate para defenderlas; y yo, que en manejar la pica
sobresalgo entre
los belicosos troyanos, aparto de los míos el día de la servidumbre,
mientras que a ti to
comerán los buitres. ¡Ah, infeliz! Ni Aquiles, con ser valiente,
to ha socorrido. Cuando
saliste de las naves, donde él se ha quedado, debió de hacerte
muchas recomendaciones, y
hablarte de este modo: «No vuelvas a las cóncavas naves, caballero
Patroclo, antes de
haber roto la coraza que envuelve el pecho de Héctor, matador de hombres,
teñida de
sangre». Así te dijo, sin duda; y tú, oh necio, te dejaste
persuadir.
843 Con lánguida voz le respondiste, caballero Patroclo:
844 ¡Héctor! Jáctate ahora con altaneras palabras, ya que
te han dado la victoria Zeus
Cronida y Apolo; los cuales me vencieron fácilmente, quitándome
la armadura de los
hombros. Si. veinte guerreros como tú me hubiesen hecho frente, todos
habrían muerto
vencidos por mi lanza. Matáronme la parca funesta y el hijo de Leto,
y, entre los
hombres, Euforbo, y tú llegas el tercero, para despojarme de las armas.
Otra cosa voy a
decirte, que fijarás en la memoria. Tampoco tú has de vivir largo
tiempo, pues la muerte
y la parca cruel se te acercan, y sucumbirás a manos del eximio Aquiles
Eácida.
855 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto:
el alma voló de los
miembros y descendió al Hades, llorando su suerte porque dejaba un cuerpo
vigoroso y
joven. Y el esclarecido Héctor le dijo, aunque muerto le veía:
859-¡Patroclo! ¿Por qué me profetizas una muerte terrible?
¿Quién sabe si Aquiles, hijo
de Tetis, la de hermosa cabellera, no perderá antes la vida, herido por
mi lanza?
862 Dichas estas palabras, puso un pie sobre el cadáver, arrancó
la broncínea lanza y lo
tumbó de espaldas. Inmediatamente se encaminó, lanza en mano,
hacia Automedonte, el
deiforme servidor del Eácida, de pies ligeros, pues deseaba herirlo,
pero los veloces
caballos inmortales, que a Peleo le dieron los dioses como espléndido
presente, ya to
sacaban de la batalla.
CANTO XVII*
Principalía de Menelao
* Se entabla un encarnizado combate entre aqueos y troyanos para apoderarse
de las arenas y el cadáver
de Patroclo. Por fin, Menelao y Meriones, protegidos por los dos Ayante, cargan
