721 -¡Héctor! ¿Por qué te abstienes de combatir?
No debes hacerlo. Ojalá te superara
tanto en bravura, cuanto te soy inferior: entonces te sería funesto el
retirarte de la batalla.
Mas, ea, guía los corceles de duros cascos hacia Patroclo, por si puedes
matarlo y Apolo
to da gloria.
726 En diciendo esto, el dios volvió a la batalla. El esclarecido Héctor
mandó a
Cebríones que picara a los corceles y los dirigiese a la pelea; y Apolo,
entrándose por la
turba, suscitó entre los argivos funesto tumulto y dio gloria a Héctor
y a los troyanos.
Héctor dejó entonces a los demás dánaos, sin que
fuera a matarlos, y enderezó a Patroclo
los caballos de duros cascos. Patroclo, a su vez, saltó del carro a tierra
con la lanza en la
izquierda; cogió con la diestra una piedra Blanca y erizada de puntas
que llenaba la
mano; y, estribando en el suelo, la arrojó, hiriendo en seguida a un
combatiente, pues el
tiro no salió vano: dio la aguda piedra en la frente de Cebríones,
auriga de Héctor, que era
hijo bastardo del ilustre Príamo, y entonces gobernaba las riendas de
los caballos. La
piedra se llevó ambas cejas; el hueso tampoco resistió; los ojos
cayeron en el polvo a los
pies de Cebríones; y éste, cual si fuera un buzo, cayó
del asiento bien construido, porque
la vida huyó de sus miembros. Y burlándose de él, oh caballero
Patroclo, exclamaste:
743 -¡Oh dioses! ¡Muy ágil es el hombre! ¡Cuán
fácilmente salta a lo buzo! Si se
hallara en el ponto, en peces abundance, ese hombre saltaría de la nave,
aunque el mar
estuviera tempestuoso, y podría saciar a muchas personas con las ostras
que pescara.
¡Con tanta facilidad ha dado la voltereta del carro a la llanura! Es indudable
que también
los troyanos tienen buzos.
751 En diciendo esto, corrió hacia el héroe con la impetuosidad
de un león que devasta
los establos hasta que es herido en el pecho y su mismo valor lo mata; de la
misma
manera, oh Patroclo, te arrojaste enardecido sobre Cebríones. Héctor,
por su parte, saltó
del carro al suelo sin dejar las armas. Y entrambos luchaban en torno de Cebríones
como
dos hambrientos leones que en la cumbre de un monte pelean furiosos por el cadáver
de
una cierva, así los dos aguerridos campeones, Patroclo Menecíada
y el esclarecido
Héctor, deseaban herirse el uno al otro con el cruel bronce. Héctor
había cogido al muerto
por la cabeza y no lo soltaba; Patroclo lo asía de un pie, y los demás
troyanos y dánaos
sostenían encarnizado combate.
765 Como el Euro y el Noto contienden en la espesura de un monte, agitando la
poblada selva, y las largas ramas de los fresnos, encinas y cortezudos cornejos
chocan
entre sí con inmenso estrépito, y se oyen los crujidos de las
que se rompen, de semejante
modo troyanos y aqueos se acometían y mataban, sin acordarse de la perniciosa
fuga.
Alrededor de Cebríones se clavaron en tierra muchas agudas lanzas y aladas
flechas que
saltaban de los arcos; buen número de grandes piedras herían los
escudos de los que
combatían en torno suyo; y el héroe yacía en el suelo,
sobre un gran espacio, envuelto en
un torbellino de polvo y olvidado del arte de guiar los carros.
777 Hasta que el sol hubo recorrido la mitad del cielo, los tiros alcanzaban
por igual a
unos y a otros, y los hombres caían. Cuando aquél se encaminó
al ocaso, los aqueos eran
vencedores, contra to dispuesto por el destino; y, habiendo arrastrado el cadáver
del héroe
Cebríones fuera del alcance de los dardos y del tumulto de los troyanos,
le quitaron la ar-
madura de los hombros.
783 Patroclo acometió furioso a los troyanos: tres veces los acometió,
cual si fuera el
rápido Ares, dando horribles voces; tres veces mató nueve hombres.
Y cuando, semejante
a un dios, arremetiste, oh Patroclo, por cuarta vez, viose claramente que ya
llegabas al
término de to vida, pues el terrible Febo salió a to encuentro
en el duro combate. Mas
Patroclo no vio al dios; el cual, cubierto por densa nube, atravesó la
turba, se le puso
detrás, y, alargando la mano, le dio un golpe en la espalda y en los
anchos hombros. Al
punto los ojos del héroe padecieron vértigos. Febo Apolo le quitó
de la cabeza el casco
con agujeros a guisa de ojos, que rodó con estrépito hasta los
pies de los caballos; y el
penacho se manchó de sangre y polvo. Jamás aquel casco, adomado
con crines de
caballo, se había manchado cayendo en el polvo, pues protegía
la cabeza y hermosa
