todas las familias de los
hombres y salvar a todos los individuos.
142 Dicho esto, condujo a su asiento al furibundo Ares. Hera llamó afuera
del palacio a
Apolo y a Iris, la mensajera de los inmortales dioses, y les dijo estas aladas
palabras:
146 -Zeus os manda que vayáis al Ida lo antes posible y, cuando hubiereis
llegado a su
presencia, haced lo que os encargue y ordene.
149 La venerable Hera, apenas acabó de hablar, volvió al palacio
y se sentó en su trono.
Ellos bajaron en raudo vuelo al Ida, abundante en manantiales y criador de fieras,
y halla-
ron al largovidente Cronida sentado en la cima del Gárgaro, debajo de
olorosa nube. Al
llegar a la presencia de Zeus, que amontona las nubes, se detuvieron; y Zeus,
al verlos, no
se irritó, porque habían obedecido con presteza las órdenes
de la querida esposa. Y,
hablando primero con Iris, profirió estas aladas palabras:
158 -¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano Posidón
y no seas mensajera
falaz: Mándale que, cesando de pelear y combatir, se vaya a la mansión
de los dioses o al
mar divino. Y si no quiere obedecer mis palabras y las desprecia, reflexione
en su mente
y en su corazón si, aunque sea poderoso, se atreverá a esperarme
cuando me dirija contra
él, pues le aventajo mucho en fuerza y edad, por más que en su
ánimo no tema decirse
igual a mí, a quien todos temen.
168 Así dijo. La veloz Iris, de pies veloces como el viento, no desobedeció;
y bajó de
los montes ideos a la sagrada Ilio. Como cae de las nubes la nieve o el helado
granizo, a
impulso del Bóreas, nacido en el éter; tan rápida y presurosa
volaba la ligera Iris; y,
deteniéndose cerca del ínclito Posidón, así le dijo:
174 -Vengo, oh Posidón, el de cerúlea cabellera, que ciñes
la tierra, a traerte un mensaje
de parte de Zeus, que lleva la égida. Te manda que, cesando de pelear
y combatir, te
vayas a la mansión de los dioses o al mar divino. Y si no quieres obedecer
sus palabras y
las desprecias, te amenaza con venir a luchar contigo y te aconseja que evites
sus manos;
porque dice que te supera mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo
no temas
decirte igual a él, a quien todos temen.
184 Respondióle muy indignado el ínclito Posidón, que bate
la tierra:
183 -¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque sea valiente, si dice que
me sujetará por
fuerza y contra mi querer a mí, que disfruto de sus mismos honores. Tres
somos los her-
manos hijos de Crono, a quienes Rea dio a luz: Zeus, yo y el tercero Hades,
que reina en
los infiernos. Todas las cosas se agruparon en tres porciones, y cada uno de
nosotros par-
ticipó del mismo honor. Yo saqué a la suerte habitar constantemente
en el espumoso mar,
tocáronle a Hades las tinieblas sombrías, correspondió
a Zeus el anchuroso cielo en
medio del éter y las nubes; pero la tierra y el alto Olimpo son de todos.
Por tanto, no
procederé según lo decida Zeus; y éste, aunque sea poderoso,
permanezca tranquilo en la
tercia parte que le pertenece. No pretenda asustarme con sus manos como si tratase
con
un cobarde. Mejor fuera que con esas vehementes palabras riñese a los
hijos a hijas que
engendró, pues éstos tendrían que obedecer necesariamente
to que les ordenare.
200 Replicó la veloz Iris, de pies veloces como el viento:
201 -¿He de llevar a Zeus, oh Posidón, de cerúlea cabellera,
que ciñes la tierra, una
respuesta tan dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La mente
de los sensatos es flexi-
ble. Ya sabes que las Erinias se declaran siempre por los de más edad.
205 Contestó Posidón, que sacude la tierra:
206 -¡Diosa Iris! Muy oportuno es cuanto acabas de decir. Bueno es que
el mensajero
comprenda to que es conveniente. Pero el pesar me llega al corazón y
al alma, cuando
aquél quiere increpar con iracundas voces a quien el hado hizo su igual
en suerte y
destino. Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas to diré otra
cosa y haré una amenaza:
Si a despecho de mí, de Atenea, que impera en las batallas, de Hera,
de Hermes y del rey
Hefesto, conservare la excelsa Ilio a impidiere que, destruyéndola, alcancen
los argivos
una gran victoria, sepa que nuestra ira será implacable.
218 Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra desamparó a los
aqueos y se
sumergió en el mar; pronto los héroes aqueos le echaron de menos.
Entonces Zeus, que
amontona las nubes, dijo a Apolo:
221 -Ve ahora, querido Febo, a encontrar a Héctor, el de broncíneo
casco. Ya el que
