le oprimen el
corazón, a fin de que rechace nuevamente a los aqueos, los cuales llegarán
en cobarde
fuga a las naves, de muchos bancos, del Pelida Aquiles. Éste enviará
a la lid a su
compañero Patroclo, que morirá, herido por la lanza del preclaro
Héctor, cerca de Ilio,
después de quitar la vida a muchos jóvenes, y entre ellos al divino
Sarpedón, mi hijo.
Irritado por la múerte de Patroclo, el divino Aquiles matará a
Héctor. Desde aquel
instante haré que los troyanos sean perseguidos continuamente desde las
naves, hasta que
los aqueos tomen la excelsa Ilio. Y no cesará mi enojo, ni dejaré
que ningún inmortal
socorra a los dánaos, mientras no se cumpla el voto del Pelida, como
lo prometí,
asintiendo con la cabeza, el día en que la diosa Tetis abrazó
mis rodillas y me suplicó que
honrase a Aquiles, asolador de ciudades.
78 Así dijo. Hera, la diosa de los níveos brazos, no fue desobediente,
y pasó de los
montes ideos al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensamiento del hombre que,
habien-
do viajado por muchas tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu,
y dice «estuve aquí o
a11í» y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y
presurosa volaba la venerable
Hera, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los dioses inmortales, que se
hallaban reunidos
en el palacio de Zeus, levantáronse al verla y le ofrecieron copas de
néctar. Y Hera,
rehusando las demás, aceptó la que le presentaba Temis, la de
hermosas mejillas, que fue
la primera que corrió a su encuentro, y hablándole le dijo estas
aladas palabras:
90 -¡Hera! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin
duda te atemorizó tu esposo, el
hijo de Crono.
92 Respondióle Hera, la diosa de los níveos brazos:
93 -No me lo preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio
y despiadado es el
ánimo de Zeus. Preside tú en el palacio el festín de los
dioses, y oirás con los demás
inmortales qué desgracias anuncia Zeus; figúrome que nadie, sea
hombre o dios, se
regocijará en el alma por más alegre que esté en el banquete.
100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Hera. Afligiéronse
los dioses en la
morada de Zeus. Aquélla, aunque con la sonrisa en los labios, no mostraba
alegría en la
frente, sobre las negras cejas. E indignada, exclamó:
104 -¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra
Zeus! Queremos
acercarnos a él y contenerlo con palabras o por medio de la violencia;
y él, sentado
aparte, ni de nosotros hace caso, ni se le da nada, porque dice que en fuerza
y poder es
muy superior a todos los dioses inmortales. Por tanto sufrid los infortunios
que
respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Ares le ha ocurrido ya
una desgracia;
pues murió en la pelea Ascálafo, a quien amaba sobre todos los
hombres y reconocía por
su hijo.
113 Así habló. Ares bajó los brazos, golpeóse los
muslos, y suspirando dijo:
115 -No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis olímpicos
palacios, si voy a las
naves de los aqueos para vengar la muerte de mi hijo; iría, aunque el
destino hubiese
dispuesto que me cayera encima el rayo de Zeus, dejándome tendido con
los muertos,
entre sangre y polvo.
119 Dijo, y mandó al Terror y a la Fuga que uncieran los caballos, mientras
vestía las
refulgentes armas. Mayor y más terrible hubiera sido entonces el enojo
y la ira de Zeus
contra los inmortales; pero Atenea, temiendo por todos los dioses, se levantó
del trono,
salió por el vestíbulo y, quitándole a Ares de la cabeza
el casco, de la espalda el escudo y
de la robusta mano la pica de bronce, que apoyó contra la pared, dirigió
al impetuoso dios
estas palabras:
128-¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano tienes oídos
para oír, o has perdido la
razón y la vergüenza. ¿No oyes lo que dice Hera, la diosa
de los níveos brazos, que acaba
de ver a Zeus olímpico? ¿O deseas, acaso, tener que regresar al
Olimpo a viva fuerza,
triste y habiendo padecido muchos males, y causar gran daño a los otros
dioses? Porque
Zeus dejará en seguida a los altivos troyanos y a los aqueos, vendrá
al Olimpo a
promover tumulto entre nosotros, y castigará así al culpable como
al inocente. Por esta
razón te exhorto a templar tu enojo por la muerte del hijo. Algún
otro superior a él en
valor y fuerza ha muerto o morirá, porque es difícil conservar
