levantaron en brazos, sacáronlo del combate, condujéronle adonde
tenía los ágiles
corceles con el labrado carro y el auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad,
mientras daba
profundos suspiros.
433 Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente
que el
inmortal Zeus engendró, bajaron a Héctor del carro y le rociaron
el rostro con agua: el
héroe cobró los perdidos espíritus, miró a lo alto,
y, poniéndose de rodillas, tuvo un
vómito de negra sangre; luego cayó de espaldas, y la noche obscura
cubrió sus ojos,
porque aún tenía débil el ánimo a consecuencia del
golpe recibido.
440 Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausentaba, arremetieron
con más ímpetu
a los troyanos, y sólo pensaron en combatir. Entonces el veloz Ayante
de Oileo fue el pri-
mero que, acometiendo con la puntiaguda lanza, hirió a Satnio Enópida,
a quien una
náyade había tenido de Énope, mientras éste apacentaba
rebaños a orillas del Satnioente;
Ayante Oilíada, famoso por su lanza, llegóse a él, le hirió
en el ijar y le tumbó de
espaldas; y, en torno del cadáver, troyanos y dánaos trabaron
un duro combate. Fue a
vengarle Polidamante Pantoida, hábil en blandir la lanza; e hirió
en el hombro derecho a
Protoenor, hijo de Areílico: la impetuosa lanza atravesó el hombro,
y el guerrero,
cayendo en el polvo, cogió el suelo con sus manos. Y Polidamante exclamó
con gran
jactancia y a voz en grito:
454 -No creo que el brazo robusto del valeroso Pantoida haya despedido la lanza
en
vano; algún argivo la recibió en su cuerpo, y me figuro que le
servirá de báculo para apo-
yarse en ella y descender a la morada de Hades.
458 Así dijo. Sus jactanciosas palabras apesadumbraron a los argivos
y conmovieron el
corazón del aguerrido Ayante Telamoníada, a cuyo lado cayó
Protoenor. En el acto arrojó
Ayante una reluciente lanza a Polidamante, que se retiraba; éste dio
un salto oblicuo y
evitóla, librándose de la negra muerte; pero en cambio la recibió
Arquéloco, hijo de Anté-
nor, a quien los dioses habían destinado a morir: la lanza se clavó
en la unión de la
cabeza con el cuello, en la extremidad de la vértebra, y cortó
ambos ligamentos; cayó el
guerrero, y cabeza, boca y narices llegaron al suelo antes que las piernas y
las rodillas. Y
Ayante, vociferando, al eximio Polidamante le decía:
470 -Reflexiona, oh Polidamante, y dime sinceramente: ¿La muerte de ese
hombre no
compensa la de Protoenor? No parece vil, ni de viles nacido, sino hermano o
hijo de
Anténor, domador de caballos, pues tiene el mismo aire de familia.
475 Así dijo, porque le conocía bien; y a los troyanos se les
llenó el corazón de pesar.
Entonces Acamante, que se hallaba junto al cadáver de su hermano para
protegerlo,
envasó la lanza a Prómaco, el beocio, cuando éste cogía
por los pies al muerto a intentaba
llevárselo. Y en seguida jactóse Acamante grandemente, dando recias
voces:
479 -¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir y nunca
os cansáis de proferir
amenazas! El trabajo y los pesares no han de ser solamente para nosotros, y
algún día
recibiréis la muerte de este mismo modo. Mirad a Prómaco, que
yace en el suelo, vencido
por mi lanza, para que la venganza por la muerte de un hermano no sufra dilación.
Por
esto el hombre que es víctima de alguna desgracia, anhela dejar un hermano
que pueda
vengarle.
486 Así dijo. Sus jactanciosas frases apesadumbraron a los argivos y
conmovieron el
corazón del aguerrido Penéleo, que arremetió contra Acamante;
el cual no aguardó la
acometida del rey Penéleo. Éste hirió a Ilioneo, hijo único
que a Forbante -hombre rico
en ovejas y amado sobre todos los troyanos por Hermes, que le dio muchos bienes-
su
esposa le había parido: la lanza, penetrando por debajo de una ceja,
le arrancó la pupila,
le atravesó el ojo y salió por la nuca, y el guerrero vino al
suelo con los brazos abiertos.
Penéleo, desnudando la aguda espada, le cercenó la cabeza, que
cayó a tierra con el
casco; y, como la fornida lanza seguía clavada en el ojo, cogióla,
levantó la cabeza cual si
fuese una flor de adormidera, la mostró a los troyanos y, blasonando
del triunfo, dijo:
501 -¡Teucros! Decid en mi nombre a los padres del ilustre Ilioneo que
le lloren en su
palacio; ya que tampoco la esposa de Prómaco Alegenórida recibirá
con alegre rostro a su
