Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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el amor y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para
llevar la noticia al que ciñe y bate la tierra; y, deteniéndose cerca de él, pronunció estas
aladas palabras:
357 -¡Posidón! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras
duerme Zeus, a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró
que se acostara para gozar del amor.
361 Dicho esto, fuese hacia las ínclitas tribus de los hombres. Y Posidón, más incitado
que antes a socorrer a los dánaos, saltó en seguida a las primeras filas y les exhortó
diciendo:
364 -¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria a Héctor Priámida, para que se
apodere de los bajeles y alcance gloria? Así se lo figura él y de ello se jacta, porque
Aquiles permanece en las cóncavas naves con el corazón irritado. Pero Aquiles no hará
gran falta, si los demás procuramos auxiliarnos mutuamente. Pero, ea, procedamos todos
como voy a decir. Embrazad los escudos mayores y más fuertes que haya en el ejército,
cubríos la cabeza con el refulgente casco, coged las picas más largas, y pongámonos en
marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor Priámida, por enardecido que esté, se atreva
a esperarnos. Y el varón, que siendo bravo, tenga un escudo pequeño para proteger sus
hombros, déselo al menos valiente y tome otro mejor.
378 Así dijo, y ellos le escucharon y obedecieron. Los mismos reyes -el Tidida, Ulises
y el Atrida Agamenón-, sin embargo de estar heridos, los pusieron en orden de batalla, y,
recorriendo las hileras, hacían el cambio de las marciales armas. El esforzado tomaba las
más fuertes y daba las peores al que le era inferior. Tan pronto como hubieron vestido el
luciente bronce, se pusieron en marcha: precedíales Posidón, que sacude la tierra,
llevando en la robusta mano una espada terrible, larga y puntiaguda, que parecía un
relámpago; y a nadie le era posible luchar con el dios en el funesto combate, porque el
temor se to impedía a todos.
388 Por su parte, el esclarecido Héctor puso en orden a los troyanos. Y Posidón, el de
cerúlea cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando éste a los troyanos y aquél a los
argivos, extendieron el campo de la terrible pelea. El mar, agitado, llegó hasta las tiendas
y naves de los argivos, y los combatientes se embistieron con gran alboroto. No braman
tanto las olas del mar cuando, levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se rompen en la
tierra; ni hace tanto estrépito el ardiente fuego en la espesura del monte, al quemarse una
selva; ni suena tanto el viento en las altas copas de las encinas, si arreciando muge;
cuánto fue el griteno de troyanos y aqueos en el momento en que, vociferando de un
modo espantoso, vinieron a las manos.
402 El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza a Ayante, que contra él arremetía, y
no le erró; pero acertó a darle en el sitio en que se cruzaban sobre el pecho la correa del
escudo y el tahalí de la espada, guarnecida con argénteos clavos, y ambos protegieron el
delicado cuerpo. Irritóse Héctor porque la lanza había sido arrojada inútilmente por su
mano, y retrocedió hacia el grupo de sus amigos para evitar la muerte. El gran Ayante
Telamonio, al ver que Héctor se retiraba, cogió una de las muchas piedras que servían
para calzar las naves y rodaban entonces entre los pies de los combatientes, y con ella le
hirió en el pecho, por cima del escudo, junto a la garganta; la piedra, lanzada con ímpetu,
giraba como un torbellino. Como viene a tierra la encina arrancada de raíz por el. rayo del padre Zeus, despidiendo un fuerte olor de azufre, y el que se halla cerca desfallece, pues
el rayo del gran Zeus es formidable, de igual manera, el robusto Héctor dio consigo en el
suelo y cayó en el polvo: la pica se le fue de la mano, quedaron encima de él escudo y
casco, y la armadura de labrado bronce resonó en torno del cuerpo. Los aqueos corrieron
hacia Héctor, dando recias voces, con la esperanza de arrastrarlo a su campo; mas,
aunque arrojaron muchas lanzas, no consiguieron herir al pastor de hombres, ni de cerca
ni de lejos, porque fue rodeado por los más valientes troyanos -Polidamante, Eneas, el
divino Agenor, Sarpedón, caudillo de los licios, y el eximio Glauco-, y los otros tampoco
le abandonaron, pues se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos de Héctor lo


 

 
 

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