el pueblo troyano, y de los tres Antenóridas: Pólibo, el divino
Agenor y el joven
Acamante, que parecía un inmortal. Héctor, armado de un escudo
liso, llegó con los
primeros combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo
y otras se
oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía
entre los delanteros, ya se
mostraba entre los últimos, siempre dando órdenes y brillando
por la armadura de bronce
como el relámpago del padre Zeus, que lleva la égida.
67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo
de
trigo o de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos,
de la
misma manera, troyanos y aqueos se acometían y mataban, sin pensar en
la perniciosa
fuga. Igual andaba la pelea, y como lobos se embestían. Gozábase
en verlos la luctuosa
Discordia, única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los
demás dioses
permanecían quietos en los hermosos palacios que se les había
construido en los valles
del Olimpo y todos acusaban al Cronida, el dios de las sombrías nubes,
porque queria
coneeder la victoria a los troyanos. Mas el padre no se cuidaba de ellos; y,
sentado aparte,
ufano de su gloria, contemplaba la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo
del bronce,
a los que mataban y a los que la muerte recibían.
84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los
tiros alcanzaban
por igual a unos y a otros y los hombres caían. Cuando llegó la
hora en que el leñador
prepara el almuerzo en la espesura del monte, porque tiene los brazos cansados
de cortar
grandes árboles, siente fatiga en su corazón y el dulce deseo
de la comida le ha llegado al
alma, los dánaos, exhortándose mutuamente por las filas y peleando
con bravura,
rompieron las falanges teucras. Agamenón, que fue el primero en arrojarse
a ellas, mató
primeramente a Biánor, pastor de hombres, y después a su compañero
Oileo, hábil jinete.
Éste se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero
el Atrida le hundió en la
frente la aguzada pica, que no fue detenida por el casco del duro bronce, sino
que pasó a
través del mismo y del hueso, conmovióle el cerebro y postró
al guerrero cuando contra
aquél arremetía. Después de quitarles a entrambos la coraza,
Agamenón, rey de hombres,
dejólos allí, con el pecho al aire, y fue a dar muerte a Iso y
a Antifo, hijos bastardo y
legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro.
El bastardo guiaba y el
ilustre Antifo combatía. En otro tiempo Aquiles, habiéndolos sorprendido
en un bosque
del Ida, mientras apacentaban ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego,
pagado el
rescate, los puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida
le envainó a Iso
la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y a Antifo lo hirió con la espada
en la oreja y lo
derribó del carro. Y, al ir presuroso a quitarles las magníficas
armaduras, los reconoció;
pues los había visto en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies
ligeros, se los
llevó del Ida. Bien así corno un león penetra en la guarida
de una ágil cierva, se echa
sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes dientes les quita
la tierna vida, y la
madre no puede socorrerlos, aunque esté cerca, porque le da un gran temblor,
y atraviesa,
azorada y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la
terrible
fiera; tampoco los troyanos pudieron librar a aquéllos de la muerte,
porque a su vez huían
delante de los argivos.
122 Alcanzó luego el rey Agamenón a Pisandro y al intrépido
Hipóloco, hijos del
aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos
regalos de Alejandro, se
oponía a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un
carro, y desde
su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues habían dejado caer
las lustrosas
riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos,
cual si fuese un
león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:
131 -Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas
cosas de
valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas
nuestro padre lo
pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.
136 Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta
que escucharon:
138 -Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco que aconsejaba en el ágora
de los
troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a título
