nos habló Dolón, a quien
matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y no tengas ociosas las armas. Desata
los ca-
ballos, o bien mata hombres y yo me encargaré de aquéllos.
482 Así dijo, y Atenea, la de ojos de lechuza, infundió valor
a Diomedes, que comenzó
a matar a diestro y a siniestro: sucedíanse los horribles gemidos de
los que daban la vida
a los golpes de la espada, y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal
intencionado león
acomete al rebaño de cabras o de ovejas, cuyo pastor está ausente,
así el hijo de Tideo se
abalanzaba a los tracios, hasta que mató a doce. A cuántos aquél
hería con la espada, el
ingenioso Ulises, asiéndolos por un pie, los apartaba del camino, para
que luego los
corceles de hermosas crines pudieran pasar fácilmente y no se asustasen
de pisar
cadáveres, a lo cual no estaban acostumbrados. Llegó el hijo de
Tideo adonde yacía el
rey, y fue éste el decimotercio a quien privó de la dulce vida,
mientras daba un suspiro;
pues en aquella noche el nieto de Eneo aparecíase en desagradable ensueño
a Reso, por
orden de Atenea. Dúrante este tiempo el paciente Ulises desató
los solípedos caballos, los
ligó con las riendas y los sacó del ejército aguijándolos
con el arco, porque se le olvidó
tomar el magnífico látigo que había en el labrado carro.
Y en seguida silbó, haciendo
seña al divino Diomedes.
503 Mas éste, quedándose aún, pensaba qué podría
hacer que fuese muy arriesgado: si
se llevaría el carro con las labradas armas, ya tirando del timón,
ya levantándolo en alto;
o quitaría la vida a más tracios. En tanto que revolvía
tales pensamientos en su espíritu,
presentóse Atenea y habló así al divino Diomedes:
509 -Piensa ya en volver a las cóncavas naves, hijo del magnánimo
Tideo. No sea que
hayas de llegar huyendo, si algún otro dios despierta a los troyanos.
512 Así habló. Diomedes, conociendo la voz de la diosa, montó
sin dilación a caballo, y
también Ulises, que los aguijó con el arco; y volaron hacia las
veleras naves aqueas.
515 Apolo, que lleva arco de plata, estaba en acecho desde que advirtió
que Atenea
acompañaba al hijo de Tideo; e, indignado contra ella, entróse
por el ejército de los
troyanos y despertó a Hipocoonte, valeroso caudillo tracio y sobrino
de Reso. Como
Hipocoonte, recordando del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban
los caballos y a los
hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía, comenzó a
lamentarse y a llamar
por su nombre al querido compañero. Y pronto se promovió gran
clamoreo a inmenso
tumulto entre los troyanos, que acudían en tropel y admiraban la peligrosa
aventura a que
unos hombres habían dado cima, regresando luego a las cóncavas
naves.
526 Cuando ambos héroes llegaron al sitio en que habían dado muerte
al espía de
Héctor, Ulises, caro a Zeus, detuvo los veloces caballos; y el Tidida,
apeándose, tomó los
cruentos despojos que puso en las manos de Ulises, volvió a montar y
picó a los corceles.
Éstos volaron gozosos hacia las cóncavas naves, pues a ellas deseaban
llegar. Néstor fue
el primero que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:
533 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me
engañaré o será verdad lo
que voy a decir? El corazón me ordena hablar. Oigo pisadas de caballos
de pies ligeros.
Ojalá Ulises y el fuerte Diomedes trajeran del campo troyano solípedos
corceles; pero
mucho temo que a los más valientes argivos les haya ocurrido algún
percance en el
ejército troyano.
540 Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando
aquéllos llegaron y
echaron pie a tierra. Todos los saludaban alegremente con la diestra y con afectuosas
palabras. Y Néstor, caballero gerenio, les preguntó el primero:
544 -¡Ea, dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo
hubisteis estos
caballos: penetrando en el ejército troyano, o recibiéndolos de
un dios que os salió al
camino? Muy semejantes son a los rayos del sol. Siempre entro por las filas
de los
troyanos; pues, aunque anciano, no me quedo en las naves, y jamás he
visto ni advertido
tales corceles. Supongo que los habréis recibido de algún dios
que os salió al encuentro,
pues a entrambos os aman Zeus, que amontona las nubes, y su hija Atenea, la
de ojos de
lechuza.
554 Respondióle el ingenioso Ulises:
555 -¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Fácil
le sería a un dios, si quisiera,
dar caballos mejores aún que éstos, pues su poder es muy grande.
