234 -¡Tidida Diomedes, carísimo a mi corazón! Escoge por
compañero al que quieras,
al mejor de los presentes; pues son muchos los que se ofrecen. No dejes al mejor
y elijas
a otro peor, por respeto alguno que sientas en tu alma, ni por consideración
al linaje, ni
por atender a que sea un rey más poderoso.
240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio
Menelao. Y Diomedes, valiente
en la pelea, replicó:
242 -Si me mandáis que yo mismo designe al compañero, ¿cómo
no pensaré en el
divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos
para toda suerte de
trabajos, y a quien tanto ama Palas Atenea? Con él volveríamos
acá aunque nos rodearan
abrasadoras llamas, porque su pnidencia es grande.
248 Respondióle el paciente divino Ulises:
249 -¡Tidida! No me alabes en demasía ni me vituperes, puesto que
hablas a los argivos
de cosas que les son conocidas. Pero, vámonos, que la noche está
muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las dos partes
de su
jornada y sólo un tercio nos resta.
254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El intrépido
Trasimedes
dio al Tidida una espada de dos filos -la de éste había quedado
en la nave-y un escudo; y
le puso un morrión de piel de toro sin penacho ni cimera, que se llama
catétyx y lo usan
los mancebos que se hallan en la flor de la juventud para proteger la cabeza.
Meriones
procuró a Ulises arco, carcaj y espada, y le cubrió la cabeza
con un casco de piel que por
dentro se sujetaba con muchas y fuertes correas y por fuera presentaba los blancos
dientes
de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un mechón
de lana colocado en el centro.
Este casco era el que Autólico había robado en Eleón a
Amíntor Orménida, horadando la
pared de su casa, y que luego dio en Escandia a Anfidamante de Citera; Anfidamante
to
regaló, como presente de hospitaidad, a Molo; éste lo cedió
a su hijo Meriones para que
lo llevara, y entonces hubo de cubrir la cabeza de Ulises.
272 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y lejaron a11í
a todos los
príncipes. Palas Atenea envióles una garza, y, si bien no pudieron
verla con sus ojos,
porque la noche era obscura, oyéronla graznar a la derecha del camino.
Ulises se holgó
del presagio y oró a Atenea:
278 -¡Oyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! Tú que me
asistes en todos los trabajos y
conoces mis pasos, séme ahora propicia más que nunca, Atenea,
y concede que volvamos
a las naves cubiertos de gloria por haber realizado una gran hazaña que
preocupe a los
troyanos.
283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo:
284 -¡Ahora óyeme también a mí, hija de Zeus! ¡Indómita!
Acompáñame como
acompañaste a mi padre, el divino Tideo, cuando fue a Teba en representación
de los
aqueos. Dejando a los aqueos, de broncíneas corazas, a orillas del Asopo,
llevó un
agradable mensaje a los cadmeos; y a la vuelta ejecutó admirables proezas
con tu ayuda,
excelente diosa, porque benévola lo socorrías. Ahora, socórreme
a mí y préstame tu
amparo. E inmolaré en tu honor una ternera de un año, de frente
espaciosa, indómita y no
sujeta aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.
295 Así dijeron rogando, y los oyó Palas Atenea. Y después
de rogar a la hija del gran
Zeus, anduvieron en la obscuridad de la noche, como dos leones, por el campo
pues tanta
carnicería se había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida
sangre.
299 Tampoco Héctor dejaba dormir a los valientes troyanos pues convocó
a todos los
próceres, a cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos,
y una vez reunidos les
expuso una prudente idea:
303 -¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá a llevar a
cabo la empresa que voy a
decir? La recompensa será proporcionada. Daré un carro y dos corceles
de erguido
cuello, los mejores que haya en las veleras naves aqueas, al que tenga la osadía
de
acercarse a las naves de ligero andar -con ello al mismo tiempo ganará
gloria- y averigüe
si éstas son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras
manos, piensan en la
huida y no quieren velar durante la noche porque el cansancio abrumador los
rinde.
313 Así dijo. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había
entre los troyanos un
cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce;
