en tierra; el
bronce de las puntas lucía a lo lejos como un relámpago del padre
Zeus. El héroe
descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo debajo de la cabeza un
espléndido
tapete. Néstor, caballero gerenio, se detuvo a su lado to movió
con el pie para que des-
pertara, y le daba prisa, increpándolo de esta manera:
159 -¡Levántate, hijo de Tideo! ¿Cómo duermes a
sueño suelto toda la noche? ¿No
sabes que los troyanos acampan en una eminencia de la llanura, cerca de las
naves, y que
solamente un corto espacio los separa de nosotros?
162 Así dijo. Y Diomedes, recordando en seguida del sueño, profirió
estas aladas
palabras:
164 -Eres infatigable, anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura
no hay otros
aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten a los
reyes? ¡No se puede
contigo, anciano!
168 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
169 -Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes
y muchos
hombres que podrían ir a llamarlos, pero es muy grande el peligro en
que se hallan los
aqueos: en el filo de una navaja están ahora una muy triste muerte y
la salvación de todos.
Ve y haz levantar al veloz Ayante y al hijo de Fileo, ya que eres más
joven y de mí te
compadeces.
177 Así dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de
corpulento y fogoso
león, tomó la lanza, fue a despertar a aquéllos y se los
llevó consigo.
180 Cuando llegaron adonde se hallaban los guardias reunidos, no encontraron
a sus
jefes durmiendo, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los canes
que
guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte, por entre la selva,
una terrible
fiera con gran clamoreo de hombres y perros, se ponen inquietos y ya no pueden
dormir;
así el dulce sueño huía de los párpados de los que
hacían guardia en tan mala noche, pues
miraban siempe hacia la llanura y acechaban si los troyanos iban a atacarlos.
El anciano
violos, alegróse, y para animarlos profirió estas aladas palabras:
192 -¡Vigilad así, hijos míos! No sea que alguno se deje
vencer del sueño y demos
ocasión para que el enemigo se regocije.
194 Habiendo hablado así, atravesó el foso. Siguiéronlo
los reyes argivos que habían
sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro hijo de Néstor,
porque
aquéllos los invitaron a deliberar. Pasado el foso, sentáronse
en un lugar limpio donde el
suelo no aparecía cubierto de cadáveres: allí habíase
vuelto el impetuoso Héctor, después
de causar gran estrago a los argivos, cuando la noche los cubrió con
su manto.
Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor, caballero gerenio,
comenzó a hablar
diciendo:
204 -¡Oh amigos! ¿No sabrá nadie que, confiando en su ánimo
audaz, vaya al
campamento de los troyanos de ánimo altivo? Quizá hiciera prisionero
a algún enemigo
que ande rezagado, o averiguara, oyendo algún rumor, lo que los tróyanos
han decidido:
si desean quedarse aquí, cerca de las naves y lejos de la ciudad, o volverán
a ella cuando
hayan vencido a los aqueos. Si se enterara de esto y regresara incólume,
sería grande su
gloria debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría una hermosa
recompensa:
cada jefe de los que mandan en las naves le daría una oveja con su corderito
-presente sin
igual- y se le admitiría además en todos los banquetes y festines.
218 Así habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta
que Diomedes,
valiente en la pelea, les dijo:
220 -¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan
a penetrar en el campo de los
enemigos que tenemos cerca, de los troyanos; pero, si alguien me acompañase,
mi con-
fianza y mi osadía serían mayores. Cuando van dos, uno se anticipa
al otro en advertir lo
que conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia
es más tarda y la re-
solución más difícil.
227 Así dijo, y muchos quisieron acompañar a Diomedes. Deseáronlo
los dos Ayantes,
servidores de Ares; quísolo Meriones; lo anhelaba el hijo de Néstor;
deseólo el Atrida
Menelao, famoso por su lanza; y por fin, también el sufrido Ulises quiso
penetrar en el
ejército troyano, porque el corazón que tenía en el pecho
aspiraba siempre a ejecutar
audaces hazañas. Y el rey de hombres, Agamenón, dijo entonces:
