Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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siquiera. Y si me opusiere y no lo permitiere destruirlas, nada conseguiría, porque tu
poder es muy superior. Pero es preciso que mi trabajo no resulte inútil. También yo soy
una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono engendróme la más venerable,
por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los
inmortales todos. Transijamos, yo contigo y tú conmigo, y los demás dioses inmortales
nos seguirán. Manda presto a Atenea que vaya al campo de la terrible batalla de los
troyanos y los aqueos, y procure que los troyanos empiecen a ofender, contra lo jurado, a
los envanecidos aqueos.
68 Así dijo. No desobedeció el padre de los hombres y de los dioses; y, dirigiéndose a
Atenea, profirió en seguida estas aladas palabras:
70 -Ve muy presto al campo de los troyanos y de los aqueos, y procura que los troyanos
empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.
73 Con tales voces instigólo a hacer lo que ella misma deseaba; y Atenea bajó en raudo
vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual fúlgida estrella que, enviada como señal por el
hijo del artero Crono a los navegantes o a los individuos de un gran ejército, despide gran
número de chispas; de igual modo Palas Atenea se lanzó a la tierra y cayó en medio del
campo. Asombráronse cuantos la vieron, así los troyanos, domadores de caballos, como
los aqueos, de hermosas grebas, y no faltó quien dijera a su vecino:
82 -O empezará nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o Zeus, árbitro de la
guerra humana, pondrá amistad entre ambos pueblos.
85 De esta manera hablaban algunos de los aqueos y de los troyanos. La diosa,
transfigurada en varón -parecíase a Laódoco Antenórida, esforzado combatiente-, penetró
por el ejército troyano buscando al deiforme Pándaro. Halló por fin al eximio y fuerte
hijo de Licaón en medio de las filas de hombres valientes, escudados, que con él habían
llegado de las orillas del Esepo; y, deteniéndose cerca de él, le dijo estas aladas palabras:
93 -¿Querrás obedecerme, hijo valeroso de Licaón? ¡Te atrevieras a disparar una veloz
flecha contra Menelao! Alcanzarías gloria entre los troyanos y te lo agradecerían todos, y
particularmente el príncipe Alejandro; éste te haría espléndidos presentes, si viera que a
Menelao, belicoso hijo de Atreo, lo subían a la triste pira, muerto por una de tus flechas.
Ea, tira una saeta al ínclito Menelao, y vota sacrificar a Apolo nacido en Licia, célebre por su arco, una hecatombe perfecta de corderos primogénitos cuando vuelvas a tu patria,
la sagrada ciudad de Zelea.
Así dijo Atenea. El insensato se dejó persuadir, y asió en seguida el pulido arco hecho
con las astas de un lascivo buco montés, a quien él había acechado y herido en el pecho
cuando saltaba de un peñasco: el animal cayó de espaldas en la roca, y sus cuernos de
dieciséis palmos fueron ajustados y pulidos por hábil artífice y adornados con anillos de
oro. Pándaro tendió el arco, bajándolo a inclinándolo al suelo, y sus valientes amigos lo
cubrieron con los escudos, para que los belicosos aqueos no arremetieran contra él antes
que Menelao, aguerrido hijo de Atreo, fuese herido. Destapó el carcaj y sacó una flecha
nueva, alada, causadora de acerbos dolores; adaptó en seguida a la cuerda del arco la
amarga saeta, y votó a Apolo nacido en Licia, el de glorioso arco, sacrificarle una
espléndida hecatombe de corderos primogénitos cuando volviera a su patria, la sagrada
ciudad de Zelea. Y, cogiendo a la vez las plumas y el bovino nervio, tiró hacia su pecho y
acercó la punta de hierro al arco. Armado así, rechinó el gran arco circular, crujió la
cuerda y saltó la puntiaguda flecha deseosa de volar sobre la multitud.
127 No se olvidaron de ti, oh Menelao, los felices a inmortales dioses y especialmente
la hija de Zeus, que impera en las batallas; la cual, poniéndose delante, desvió la amarga
flecha: apartóla del cuerpo como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme
con plácido sueño, y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y la
coraza era doble. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón, obra de artífice; se clavó
en la magnífica coraza, y, rompiendo la chapa que el héroe llevaba para proteger el
cuerpo contra las flechas y que lo defendió mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de
la herida la negra sangre.
141 Como una mujer meonia o caria tiñe en púrpura el marfil que ha de adornar el
freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y aquélla lo guarda en su casa para un


 

 
 

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