Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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auxilio de Atenea; otro día lo venceré yo, pues también tenemos dioses que nos protegen.
Mas, ea, acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu
como ahora; ni cuando, después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las
naves surcadoras del ponto y llegamos a la isla de Cránae, donde me unió contigo
amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de
mí se apodera.
447 Dijo, y empezó a encaminarse al tálamo; y en seguida lo siguió la esposa.
448 Acostáronse ambos en el torneado lecho, mientras el Atrida se revolvía entre la
muchedumbre, como una fiera, buscando al deiforme Alejandro. Pero ningún troyano ni
aliado ilustre pudo mostrárselo a Menelao, caro a Ares; que no por amistad lo hubiesen
ocultado, pues a todos se les había hecho tan odioso como la negra muerte. Y Agamenón,
rey de hombres, les dijo:
456 -iOíd, troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria quedó por Menelao,
caro a Ares; entregadnos la argiva Helena con sus riquezas y pagad una indemnización, la
que sea justa, para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.
461 Así dijo el Atrida, y los demás aqueos aplaudieron. CANTO IV*
Violación de los juramentos
- Agamenón reuista las tropas
* Menelao lo busca por el cameo de batalla y recibe en la cintura el impacto de una flecha lanzada por
Pándaro, que así rompe la tregua covenida por los dos ejércitos antes de empezar el singular desafío.
Entonces comienza una encarnizada lucha entre aqueos y troyanos.
1 Sentados en el áureo pavimento junto a Zeus, los dioses celebraban consejo. La
venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos recibían sucesivamente la copa de oro y
contemplaban la ciudad de Troya. Pronto el Cronida intentó zaherir a Hera con mordaces
palabras; y, hablando fingidamente, dijo:
7 -Dos son las diosas que protegen a Menelao, Hera argiva y Atenea alalcomenia; pero,
sentadas a distancia, se contentan con mirarlo; mientras que Afrodita, amante de la risa,
acompaña constantemente al otro y to Libra de Las parcas, y ahora lo acaba de salvar
cuando él mismo creía perecer. Pero, comp la victoria quedó por Menelao, caro a Ares,
deliberemos sobre sus futuras consecuencias: si conviene promover nuevamente el
funesto combate y la terrible pelea, o reconciliar a entrambos pueblos. Si a todos
pluguiera y agradara, la ciudad del rey Príamo continuaría poblada y Menelao se llevaría
la argiva Helena.
20 Así dijo. Atenea y Hera, que tenían Los asientos contiguos y pensaban en causar
daño a Los troyanos, se mordieron Los labios. Atenea, aunque airada contra su padre
Zeus y poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera no le cupo la ira
en el pecho, y exclamó: 25-¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¿Quieres que sea vano a ineficaz
mi trabajo y el sudor que me costó? Mis corceles se fatigaron, cuando reunía el ejército
contra Príamo y sus hijos. Haz lo que dices, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
30 Respondióle muy indignado Zeus, que amontona las nubes:
31 -¡Desdichada! ¿Qué graves ofensas te infieren Príamo y sus hijos para que
continuamente anheles destruir la bien edificada ciudad de Ilio? Si trasponiendo las
puertas de los altos muros, te comieras crudo a Príamo, a sus hijos y a los demás
troyanos, quizá tu cólera se apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que de esta disputa
se origine una gran riña entre nosotros. Otra cosa voy a decirte que fijarás en la memoria:
cuando yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad donde vivan amigos tuyos,
no retardes mi cólera y déjame hacer lo que quiera, ya que ésta te la cedo
espontáneamente, aunque contra los impulsos de mi alma. De las ciudades que los hom-
bres terrestres habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Ilio era la preferida
de mi corazón, con Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Mi altar jamás
careció en ella del alimento debido, libaciones y vapor de grasa quemada; que tales son
los honores que se nos deben.
5o Contestóle en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:
51 -Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas
calles; destrúyelas cuando las aborrezca tu corazón, y no las defenderé, ni me opondré


 

 
 

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