Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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vamos, antes que llegue rápidamente a Pilos o a la divina Elide, donde mandan los epeos,
vayamos nosotros, o estaremos avergonzados para siempre, pues esto es un baldón
incluso para los venideros si se enteran; porque si no castigamos a los asesinos de
nuestros hijos y hermanos, ya no me sería grato vivir, sino que preferiría morir enseguida
y tener trato con los muertos. Vamos, que no se nos anticipen a atravesar el mar.»
Así habló derramando lágrimas y la lástima se apoderó de todos los aqueos. Entonces
se acercaron Medonte y el divino aedo -pues el sueño les había abandonado-, se detuvieron en medio de ellos y el estupor se apoderó de todos. Y habló entre ellos
Medonte, conocedor de consejos discretos:
«Escuchadme ahora a mí, itacenses; Odiseo ha realizado estas acciones no sin la
voluntad de los dioses. Yo mismo vi a un dios inmortal apostado junto a Odiseo y era en
todo parecido a Méntor. El dios inmortal se mostraba unas veces ante Odiseo para
animarle y otras agitaba a los pretendientes y se lanzaba tras ellos por el mégaron, y ellos
caían hacinados.»
Así habló y se apoderó de todos el pálido terror.
Entonces se levantó a hablar el anciano héroe Haliterses, hijo de Mástor, pues sólo él
veía el presente y el futuro; éste habló con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros. Para nuestra desgracia se han
realizado estos hechos, pues ni a mí hicisteis caso ni a Méntor, pastor de su pueblo, para
poner coto a las locuras de vuestros hijos, quienes realizaban una gran maldad con su
funesta arrogancia, esquilmando las posesiones y deshonrando a la esposa del hombre
más notable, pues creían que ya no regresaría. También ahora sucederá de esta forma,
obedeced lo que os digo: no vayamos, no sea que alguien encuentre la desgracia y la
atraiga sobre sí.»
Así habló y se levantó con gran tumulto más de la mitad de epos, pero los demás se
quedaron allí, pues no agradó a su ánimo la palabra, sino que obedecieron a Eupites. Y
poco después se precipitaban en busca de sus armas. Después, cuando habían vestido el
brillante bronce sobre su cuerpo, se congregaron delante de la ciudad de amplio espacio,
y los capitaneaba Eupites con estupidez: afirmaba que vengaría el asesinato de su hijo y
que no iba a volver sino a cumplir allí mismo su destino.
Entonces Atenea se dírigió a Zeus, el hijo de Cronos.
«Padre nuestro Cronida, el más excelso de los poderosos, dime, ya que te pregunto, qué
esconde ahora tu mente. ¿Es que vas a levantar otra vez funesta guerra y terrible combate,
o vas a establecer la amistad entre ambas partes?»
Y Zeus, el que reúne las nubes, le contestó:
«Hija mía, ¿por qué me preguntas esto? ¿No has concebido tú misma la decisión de que
Odiseo se vengara de aquéllos al volver? Obra como quieras, aunque te voy a decir lo que
más conviene: una vez que el divino Odiseo ha castigado a los pretendientes, que hagan
juramento de fidelidad y que reine él para siempre. Por nuestra parte, hagamos que se
olviden del asesinato de sus hijos y hermanos. Que se amen mutuamente y que haya paz
y riqueza en abundancia.»
Así hablando, movió a Atenea ya antes deseosa de bajar, y ésta descendió lanzándose
de las cumbres del Olimpo.
Y después que habían echado de sí el deseo del dulce alimento, comenzó a hablar entre
ellos el sufridor, el divino Odiseo:
«Que salga alguien a ver, no sea que ya vengan cerca.»
Así habló y salió un hijo de Dolio, por cumplir lo mandado, y fue a ponerse sobre el
umbral; vio a todos los otros acercarse y dijo enseguida a Odiseo aladas palabras:
«Ya están cerca, armémonos rápidamente.»
Así habló y se levantaron, vistieron sus armaduras los cuatro que iban con Odiseo y los
seis hijos de Dolio. También Laertes y Dolio vistieron sus armas, guerreros a la fuerza, aunque ya estaban canosos. Cuando ya habían puesto alrededor de su cuerpo el brillante
bronce, abrieron las puertas y salieron afuera, y los capitaneaba Odiseo.
Entonces se les acercó la hija de Zeus, Atenea, semejante a Méntor en cuerpo y voz; al
verla se alegró el divino Odiseo y al punto se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, recuerda esto cuando salgas a luchar con los hombres donde se distinguen
los mejores: que no deshonres el linaje de tus padres, los que hemos sobresalido por toda
la tierra hasta ahora en vigor y hombría.»
Y Telémaco le contestó discretamente:


 

 
 

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