Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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«Estoy viendo a los pretendientes maquinar acciones semejantes, trasquilando los
bienes y deshonrando a la esposa de un hombre que, te aseguro, no estará ya mucho
tiempo lejos de los suyos y su patria, por el contrario, está cerca. Conque ¡ojalá un dios te
saque de aquí y lleve a casa para no tener que enfrentarte con aquél el día que regrese a
su tierra patria!; que creo no va a ser sin sangre la contienda entre él y los pretendientes,
cuando haya entrado en su hogar.»
Así habló, después de hacer libación bebió el delicioso vino y volvió a depositar la copa
en manos del conductor de su pueblo. Éste marchó por el palacio acongojado en su
corazón moviendo la cabeza, pues ya veía en su interior la perdición. Pero ni aun así
consiguió escapar a la muerte, que también a éste sujetó Atenea bajo los brazos de
Telémaco para que sucumbiera con fuerza a su lanza.
Y volvió a sentarse en el sillón de donde se había levantado.
Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea, puso en la mente de la hija de Icario, la
prudente Penélope, la idea de aparecer ante los pretendientes, a fin de que ensanchara aún
más el corazón de éstos y resultara aún más respetable que antes a los ojos de su esposo e
hijo. Sonrió sin motivo, dijo su palabra a la despensera y la llamó por su nombre:
«Eurínome, mi ánimo desea, aunque nunca antes lo deseó, mostrarme ante los
pretendientes por odiosos que me sigan siendo. Voy a decir a mi hijo una palabra que
quizá le resulte provechosa: que no se mezcle con los pretendientes, quienes le hablan
bien, pero por detrás le piensan mal.»
Y Eurínome, la despensera, le dirigió su palabra: «Sí, todo esto lo dices como te corresponde, hija. Conque ve y di a tu hijo tu palabra y
nada le ocultes, pero antes lava tu cuerpo y pinta tus mejillas. No vayas con el rostro tan
empapado de llanto, que es cosa mala andar siempre entre penas. Tu hijo es ya tan grande
como pedías a los inmortales verlo, cubierto de barba.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Eurínome, no digas, por más que te cuides de mí, que lave mi cuerpo y unja mis
mejillas con aceite, que los dioses que ocupan el Olimpo me arrebataron la belleza el día
que aquél se marchó en las cóncavas naves. Pero dile a Autónoe e Hipodamia que
vengan, a fin de que me acompañen por el palacio. No quiero presentarme sola ante
hombres, pues siento vergüenza.»
Así dijo, y la anciana atravesó el mégaron para dar el recado a las mujeres y
apremiarlas a que marcharan.
Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes, concibió otra idea: derramó sobre la hija
de Icario dulce sueño y ésta echóse a dormir en la misma silla y todos los miembros se le
aflojaron. Entretanto, la divina entre las diosas le otorgó dones inmortales para que los
aqueos se admiraran al verla. En primer lugar limpió su hermoso rostro con la belleza
inmortal con que suele adornarse Citerea, de linda corona, cuando comparte el deseable
coro de las Gracias. También la hizo más alta y más fuerte a la vista y la hizo más blanca
que el marfil tallado. Realizado esto, sè alejó la divina entre las diosas y llegaron del mé-
garon las siervas de blancos brazos, acercándose con vocerío.
Entonces abandonó el sueño a Penélope, frotóse las mejillas con sus manos y dijo:
«¡Qué blando letargo ha cubierto mis sufrimientos! Ojalá la casta Artemis me
proporcionara una muerte así de blanda ahora mismo, para no seguir consumiendo mi
vida con corazón acongojado en la nostalgia de las muchas virtudes de mi marido, pues
era el más excelente de los aqueos.» Así diciendo, abandonó el brillante piso de arriba, pero no sola, que la acompañaban
dos siervas. Cuando llegó juntó a los pretendientes la divina entre las mujeres se detuvo
junto a una columna del ricamente labrado techo, sosteniendo ante sus mejillas un grueso
velo. Y una diligente sierva se colocó a cada lado. Las rodillas de los pretendientes se
debilitaron allí mismo -pues había hechizado su corazón con el deseo--- y todos desearon
acostarse junto a ella en la cama.
Entonces se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, ya no tienes voluntad ni juicio firmes. Cuando eras niño regías tus intereses
aún mejor que ahora; en cambio, ahora que eres grande y has alcanzado la medida de la
juventud -y eso que cualquiera pensaría que eres hijo de un hombre rico mirando tu talla
y hermosura, un ser de otro sitio-, y no tienes voluntad ni juicio como es debido.


 

 
 

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