Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Así dijo, y todos asintieron. Así que Odiseo ciñó sus miembros con los andrajos y dejó
al descubierto unos muslos grandes y hermosos y al descubierto quedaron sus anchos
hombros, su torso y sus pesados brazos.
Entonces Atenea se puso a su lado y fortaleció los miembros del pastor de su pueblo.
Todos los pretendientes se asombraron muy mucho y uno decía así al que tenía al lado:
«Pronto este Iro va a dejar de ser Iro y tener la desgracia que se ha buscado; ¡menudos
muslos deja ver el viejo a través de sus andrajos!»
Así decían, y el corazón le dio un vuelco a Iro de mala manera. Pero aun así los
escuderos le ciñeron y arrastraron a la fuerza atemorizado. Y sus carnes le temblaban en
todo el cuerpo. Entonces Antínoo le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«¡Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieras nacido si tanto tiemblas y temes a éste, a un
viejo abrumado por el infortunio que le ha alcanzado! Pero te voy a decir algo que se va a
cumplir: Si éste te vence y resulta más fuerte, te meteré en negra nave y te enviaré al
continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales, para que te corte la nariz y las
orejas con cruel bronce y arrancando tus miembros se los arroje a los perros para que se
los coman crudos.»
Así dijo, el temblor se apoderó todavía más de sus miembros y lo arrastraron hacia el
medio. Y los dos extendieron sus brazos.
Entonces, el sufridor, el divino Odiseo, dudó entre derribarlo de forma que su alma le
abandonara al caer o derribarlo suavemente y extenderlo en el suelo. Y mientras así
dudaba le pareció más ventajoso derribarlo suavemente para que los aqueos no
sospecharan nada. Así que levantando ambos los brazos, Iro golpeó a Odiseo en el
hombro derecho y Odiseo golpeó el cuello de Iro bajo la oreja y rompió por dentro sus
huesos. Al punto bajó por su boca la negra sangre y cayó al suelo gritando. Pateaba
contra el suelo y hacía rechinar sus dientes, y los ilustres pretendientes levantaron sus
manos y se morían de risa. Entonces Odiseo le asió por el pie y lo arrastró a lo largo del
pórtico hasta llegar al patio y las puertas de la galería. Lo dejó sentado contra la cerca del
patio, le puso el bastón entre las manos y le dirigió aladas palabras:
«Quédate ahí sentado para espantar a cerdos y perros, y no pretendas ser jefe de
forasteros y mendigos, miserable como eres, no sea que te busques un mal todavía
mayor.»
Así diciendo echó a sus hombros el sucio zurrón rasgado por muchas partes, en el que
había una correa retorcida, volvió al umbral y se sentó. Los pretendientes entraron riéndose suavemente y le felicitaban con sus palabras, y uno de los jóvenes arrogantes
decía así:
«Forastero, que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más desees y
sea caro a tu corazón, pues has hecho que este insaciable deje de vagabundear por el
pueblo. Pronto lo llevaremos al continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales.»
Así decían y el divino Odiseo se alegró con el presagio. Entonces Antínoo le puso al
lado un gran vientre lleno de grasa y sangre. También Anfínomo puso a su lado dos panes
que tomó de la cesta, le ofreció vino en copa de oro y dijo:
«Salud, padre forastero; que seas rico y feliz en el futuro, pues ahora estás envuelto en
numerosas desgracias.» Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Anfínomo, de verdad que me pareces discreto, siendo hijo de tal padre, pues he oído la
fama que tiene Niso de Duliquia de ser gallardo y rico. Dicen que eres hijo de éste y
pareces hombre discreto. Por eso te voy a decir algo -préstame atención y escúchame-:
nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por
ella. Mientras los dioses le prestan virtud y sus rodillas son ágiles, cree que nunca en el
futuro va a recibir desgracias; pero cuando los dioses felices le otorgan miserias, incluso
éstas tiene que soportarlas con ánimo paciente contra su voluntad. Pues el pensamiento de
los hombres terrenos cambia con cada día que nos trae el padre de hombres y dioses.
También en otro tiempo yo estuve a punto de ser rico y feliz entre los hombres, pero
cometí numerosas violencias cediendo a mi fuerza y poder por confiar en mi padre y mis
hermanos. Por esto ningún hombre debe ser nunca injusto, sino retener en silencio los
dones que los dioses le hagan.


 

 
 

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