Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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«Reina, ojalá se callaran los aqueos; este sí que hechizaría tu corazón con lo que cuenta.
Yo lo he tenido tres noches y tres días en mi cabaña (pues fue a mí a quien llegó primero
después de huir de una nave), pero todavía no ha terminado de contarme sus desgracias.
Como cuando un hombre contempla embelesado a un aedo que canta inspirado por los
dioses y conoce versos deseables para los hombres -y éstos desean escucharle sin cesar
siempre que se pone a cantar-, así me ha hechizado éste sentado en mi morada. Asegura
que es huésped de Odiseo por parte de padre y que habitaba en Creta, donde está el linaje
de Minos. Ha llegado de allí sufriendo penalidades, después de mucho rodar, y afirma
haber oído sobre Odiseo vivo y cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y trae a casa
numerosos tesoros.»
Y le dijo la prudente Penélope:
«Marcha, invítalo a venir aquí para que me lo cuente en persona. Que se diviertan éstos
fuera o aquí en la casa, puesto que su ánimo está alegre: y es que sus bienes están intactos
en su palacio; se los comen los siervos, en cambio ellos vienen todos los días a nuestro
palacio y, sacrificando toros y ovejas y gordas cabras, se banquetean y beben el rojo vino
sin mesura. Todo se está perdiendo, pues no hay un hombre como Odiseo para apartar de
su casa esta peste. Si Odiseo llegara a su sierra patria haría pagar enseguida, junto con su
hijo, las violencias de estos hombres.»
Así habló, y Telémaco lanzó un gran estornudo y toda la casa resonó espantosamente.
Rióse Penélope y dirigió a Eumeo aladas palabras: «Marcha y haz venir frente a mí al forastero. ¿No ves que mi hijo ha estornudado ante
mis palabras? Por esto no puede dejar de cumplirse la muerte para todos los
pretendientes; nadie podrá alejar de ellos la muerte y las Keres. Voy a decirte otra cosa
que has de poner en tu interior: si reconozco que todo lo que dice es cierto, le vestiré de
túnica y manto, hermosos vestidos.»
Así habló; marchó el porquero luego que hubo escuchado su palabra y, poniéndose
cerca, le dijo aladas palabras:
«Padre forastero, te llama la prudente Penélope, la madre de Telémaco. Su ánimo la
impulsa a preguntarte por su esposo, ya que ha sufrido muchas penas. Y si reconoce que
todo lo que le dices es cierto, te vestirá de túnica y manto, cosas que más necesitas.
También podrás alimentar tu vientre pidiendo comida por el pueblo, y te dará quien lo
desee.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Eumeo, contaría enseguida toda la verdad a la hija de Icario, a la prudente Penélope -
pues sé muy bien sobre aquél y hemos recibido un infortunio semejante-, pero temo a la
multitud de los terribles pretendientes, cuya soberbia y violencia ha llegado al férreo
cielo. Además, cuando ese hombre me hizo daño golpeándome al cruzar el salón -y sin
hacer yo nada malo-, ni Telémaco ni ningún otro me protegió. Por esto aconsejo a
Penélope que se quede en sus habitaciones -por mucho que desee salir- hasta la puesta del
sol. Pregúnteme entonces sobre el día del regreso de su esposo, sentada muy cerca del
fuego, pues tengo unos vestidos que dan pena y bien lo sabes tú, que ya te supliqué antes
que a nadie.»
Así habló, y marchó el porquero cuando hubo escuchado su palabra. Cuando atravesaba
el umbral le dijo Penélope:
« ¿No me lo traes, Eumeo? ¿Qué es lo que ha pensado el vagabundo? ¿Es que tiene
mucho miedo de alguien o se avergüenza por otros motivos de cruzar la casa? Malo es un
vagabundo vergonzoso.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Ha hablado como le corresponde y dice lo que pensaría cualquier otro que quiere
evitar la soberbia de esos hombres altivos. Conque te aconseja que esperes hasta la puesta
del sol. Y es que será para ti mucho mejor, reina, que estés sola cuando dirijas tu palabra
al forastero o le escuches.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«No piensa como insensato el forastero, sea como fuere, pues entre los mortales
hombres no hay quienes maquinen semejantes maldades, llenos de arrogancia.»
Así habló ella, y el divino porquero marchó hacia la multitud de los pretendientes, una
vez que le hubo manifestado todo. Luego dirigió a Telémaco aladas palabras,
manteniendo cerca su cabeza para que no se enteraran los demás:
«Amigo, yo me marcho a vigilar los cerdos y todo aquello, tu sustento


 

 
 

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