forzarlos a
trabajar sus campos, pero a mí me llevaron a Chipre y me entregaron a
un forastero que
dio con nosotros, a Dmator Jasida, quien gobernaba con fuerza en Chipre. Desde
allí he
llegado aquí después de sufrir desgracias».
Y Antínoo le contestó y dijo:
«¿Qué dios nos ha traído aquí esta peste,
esta ruina del banquete? Quédate ahí en
medio, lejos de mi mesa, no sea que tengas que volver enseguida al amargo Egipto
y a
Chipre, que eres un mendigo audaz y desvergonzado. Te pones ante éstos,
uno tras otro, y
todos te dan atolondradamente, pues no tienen moderación ni sienten compasión
al
regalar cosas ajenas que tienen en abundancia a su disposición.»
Y le contestó retirándose el astuto Odiseo:
«¡Ay, ay, que a tu gallardía no se añade también
la cordura! En verdad, no darías ni
siquiera sal de tu propia hacienda a quien se te acercara si, estando en casa
ajena, no has
podido tomar un poco de pan para darme, y eso que tienes en abundancia a tu
disposición.»
Así habló; Antínoo se irritó más aún
en su corazón y mirándole torvamente le dirigió
aladas palabras:
«Ahora es cuando creo que no vas a retirarte con bien atravesando el mégaron,
ya que
estás injuriándome.»
Asi habló, y, tomando el escabel, se lo tiró al hombro derecho,
acertándole en el
extremo de la espalda. Odiseo se mantuvo en pie, firme como una roca, y el golpe
de
Antínoo no le hizo perder pie, pero movió la cabeza en silencio
meditando secretos
males.
Se retiró para sentarse en el umbral, dejó el bien lleno zurrón
y comenzó a hablar a los
pretendientes:
«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, para que os diga lo que
mi ánimo me
ordena dentro del pecho. No es grande el dolor en las entrañas ni la
pena cuando un
hombre es golpeado luchando por sus posesiones, sus toros o sus blancas ovejas.
Pero
Antínoo me ha golpeado por causa del miserable estómago, el maldito
estómago que
proporciona males sin cuento a los hombres. Conque, si en verdad existen dioses
y Erinis
de los mendigos, que el término de la muerte alcance a Antínoo
antes de su matrimonio.»
Y Antínoo hijo de Eupites, le replicó:
«Siéntate a comer tranquilo, forastero, o lárgate a otra
parte, no sea que los jóvenes te
arrastren por el palacio, por lo que dices, asiéndote del pie o del brazo
y te llenen todo de
arañazos.»
Asi habló, y todos ellos se indignaron sobremanera. Y uno de los jóvenes
orgullosos
decía así:
«Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear al pobre vagabundo,
si es que existe un
dios en el cielo. Que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo la forma
de forasteros
de otras tierras y con otros mil aspectos, y vigilan la soberbia de los hombres
o su
rectitud.»
Así le dijeron los pretendientes, pero él no prestaba atención
a sus palabras.
Telémaco hacía crecer en su corazón un gran dolor por su
padre golpeado, pero no dejó
caer a tierra lágrima alguna de sus párpados, sino que movió
la cabeza en silencio,
meditando secretos males.
Cuando la prudente Penélope oyó que el forastero había
sidó golpeado en el palacio
dijo a sus siervas:
«¡Ojalá Apolo, de ilustre arco, te alcance también
a ti de esta forma!»
Y la despensera Eurínome dijo:
«¡Ojalá se diera cumplimiento a nuestras maldiciones! Ninguno
de éstos llegaría vivo
hasta la aurora de hermoso trono.»
Y la prudente Penélope le dijo:
«Tata, todos son enemigos, pues maquinan maldades, pero Antínoo
sobre todos se
asemeja a una negra Ker. Ese pobre forastero vaga por la casa pidiendo a los
hombres,
pues le obliga la pobreza; todos han llenado su zurrón y le han dado,
pero éste le ha
alcanzado con un escabel en el hombro derecho.»
Así hablaba ella con sus esclavas, sentada en el dormitorio, mientras
comía el divino
Odiseo. Entonces llamó junto a sí al divino porquero y le dijo:
«Ve, divino Eumeo, y ordena al forastero que venga para saludarlo y preguntarle
si ha
oído hablar sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con sus ojos pues
parece un hombre
muy asendereado. »
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
