Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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otros
compañeros. Y lo alcancé con mi lanza guarnecida de bronce cuando volvía del campo,
emboscándome cerca del camino con un amigo. La oscura noche cubría el cielo -nadie
nos vio-, y le arranqué la vida a escondidas. Así que, luego de matarlo con el agudo
bronce, me dirigí a una nave de ilustres fenicios y les supliqué, entregándoles abundante
botín, que me dejaran en Pilos o en la divina Elide, donde dominan los epeos, pero la
fuerza del viento los alejó de allí muy contra su voluntad, pues no querían engañarme.
«Así que hemos llegado por la noche después de andar a la deriva. Remamos con vigor
hasta el puerto y ninguno de nosotros se acordó de almorzar por más que lo ansiábamos.
Conque descendimos todos de la nave y nos acostamos. A mí se me vino un dulce sueño,
cansado como estaba, y ellos, sacando mis riquezas de la cóncava nave, las dejaron cerca
de donde yo yacía sobre la arena.
«Y embarcando se marcharon a la bien habitada Sidón. Así que yo me quedé atrás con
el corazón acongojado.»
Así dijo y sonrió la diosa de ojos brillantes, Atenea, y lo acarició con su mano. Tomó
entonces el aspecto de una mujer hermosa y grande, conocedora de labores brillantes, y le
habló y dijo aladas palabras:
«Astuto sería y trapacero el que te aventajara en toda clase de engaños, por más que
fuera un dios el que tuvieras delante. Desdichado, astuto, que no te hartas de mentir, ¿es
que ni siquiera en tu propia tierra vas a poner fin a los engaños y las palabras mentirosas
que te son tan queridas? Vamos, no hablemos ya más, pues los dos conocemos la astucia:
tú eres el mejor de los mortales todos en el consejo y con la palabra, y yo tengo fama
entre los dioses por mi previsión y mis astucias. Pero ¡aun así, no has reconocido a Palas
Atenea, la hija de Zeus, la que te asiste y protege en todos tus trabajos, la que te ha hecho
querido a todos los feacios! De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos un plan
para ocultar cuantas riquezas te donaron los ilustres feacios al volver a casa por mi
decisión, y para decirte cuántas penas estás destinado a soportar en tu bien edificada
morada. Tú has de aguantar por fuerza y no decir a hombre ni mujer, a nadie, que has
llegado después de vagar; soporta en silencio numerosos dolores aguantando las
violencias de los hombres.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Es difícil, diosa, que un mortal te reconozca si contigo topa, por muy experimentado
que sea, pues tomas toda clase de apariencias. Ya sabía yo que siempre me has sido
amiga mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya, pero desde que saqueamos la elevada ciudad de Príamo y nos embarcamos -y un dios dispersó a los aqueos- no lo
había vuelto a ver, hija de Zeus. No te vi embarcar en mi nave para protegerme de
desgracia alguna, sino que he vagado siempre con el corazón acongojado hasta que los
dioses me han librado del mal, hasta que en el rico pueblo de los feacios me animaste con
tus palabras y me condujiste en persona hasta la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus
rodillas (pues no creo que haya llegado a Itaca hermosa al atardecer sino que ando dando
vueltas por alguna otra tierra y creo que tú me has dicho esto para burlarte y
confundirme), dime si de verdad he llegado a mi patria.»
Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«En tu pecho siempre hay la misma cordura. Por esto no puedo abandonarte en el dolor,
porque eres discreto, sagaz y sensato. Cualquier otro que llegara después de andar
errante, marcharía gustosamente a ver a sus hijos y esposa en el palacio; sólo tú no deseas
conocer ni enterarte hasta que hayas puesto a prueba a tu mujer, quien permanece
inconmovible en el palacio mientras las noches se le consumen entre dolores y los días
entre lágrimas. En verdad, yo jamás desconfié, pues sabía que volverías después de haber
perdido a todos sus compañeros, pero no quise enfrentarme con Poseidón, hermano de mi
padre, quien había puesto el rencor en su corazón irritado porque le habías cegado a su
hijo.
«Pero, vamos, te voy a mostrar el suelo de Itaca para que te convenzas. Este es el
puerto de Forcis, el viejo del mar, y éste el olivo de anchas hojas, al extremo del puerto.
Cerca de él, la gruta sombría, amable, consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Es la


 

 
 

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