Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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y no nos oculta la
ciudad bajo un enorme monte.»
Así habló y ellos sintieron miedo y prepararon los toros. Así es que suplicaban al
soberano Poseidón los jefes y consejeros de los feacios, en pie, rodeando el altar.
En esto se despertó el divino Odiseo acostado en su tierra patria, pero no la reconoció
pues ya llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas Atenea esparció en torno suyo una
nube, la hija de Zeus, para hacerlo irreconocible y contarle todo, no fuera que su esposa,
ciudadanos y amigos le reconocieran antes de que los pretendientes pagaran todos sus
excesos. Por esto, todo le parecía distinto al soberano, los largos caminos, los puertos de
cómodo anclaje, las elevadas rocas y los verdeantes árboles.
Así que se puso en pie de un salto y comenzó a mirar su tierra patria. Dio un grito
lastimero, golpeó sus muslos con las palmas de las manos y entre lamentos decía su
palabra:
«Ay de mí, ¿a qué tierra de mortales he llegado? ¿Son acaso soberbios, salvajes y
carentes de justicia, o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los
dioses?. ¿A dónde llevo tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar? ¡Ojalá me hubiera
quedado junto a los féacios! También podría haberme llegado a otro rey de los muy
poderosos y quizá éste me habría recibido como amigo y escoltado de vuelta a casa,
porque ahora no sé dónde dejar esto ni voy a dejarlo aquí, no sea que se me convierta en
botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran del todo prudentes ni justos los jefes y
consejeros de los feacios, quienes me han traído a otra tierra. Decían que me iban a llevar
a Itaca, hermosa al atardecer, pero no lo han cumplido. Que Zeus los castigue, el dios de
los suplicantes, el que vigila a todos los hombres y castiga a quien yerra.
«Pero, ea, voy a contar mis riquezas y a contemplarlas, no sea que se marchen
llevándose algo en la cóncava nave.»
Así diciendo, se puso a contar los hermosos trípodes y calderos y el oro y la hermosa
ropa tejida. Pero no echó nada de menos. Y sentía dolor por su tierra patria caminando
por la ribera del resonante mar, en medio de lamentos.
Conque se le acercó Atenea, semejante en su aspecto a un hombre joven, un pastor de
rebaños delicado como suelen ser los hijos de los reyes, portando sobre sus hombros un
manto doble, bien trabajado. Bajo sus brillantes pies llevaba sandalias y en sus manos un
venablo.
Alegróse al verla Odiseo y fue a su encuentro; y hablándole dirigió aladas palabras:
«Amigo, puesto que eres el primero a quien encuentro en este país, ¡salud! No te me
acerques con aviesas intenciones, salva esto y sálvame a mí, pues te lo pido como a un
dios y me he acercado a tus rodillas. Dime esto en verdad para que yo lo sepa: ¿qué tierra
es ésta, qué pueblo, qué hombres viven aquí? ¿Es una isla hermosa al atardecer o la ribera
de un continente de fecunda tierra que se inclina hacia el mar?
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él a su vez:
«Eres tonto, forastero, o vienes de lejos si me preguntas por esta tierra. No carece de
nombre, no. La conocen muy muchos, tanto los que habitan hacia la aurora y el sol como
los que se orientan hacia la brumosa oscuridad. Cierto que es escarpada y difícil para
cabalgar, pero tampoco es excesivamente pobre, aunque no extensa: en ella se produce
trigo sin medida y también vino. Siempre tiene lluvia y floreciente rocío; alimenta buenas
cabras y buenos toros; hay madera de todas clases y abrevaderos inagotables. Por eso, forastero, el nombre de Itaca ha llegado incluso hasta Troya, que aseguran se encuentra
muy lejos de la tierra aquea.»
Así habló, y el sufridor, el divino Odiseo, sintió gozo y alegría por su tierra patria: así
se lo había dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida.
Y hablándole le dijo aladas palabras (aunque no la verdad) y, de nuevo, tomó la
palabra, controlando continuamente en el pecho su astuto pensamiento:
«He oído sobre Itaca incluso en la extensa Creta, lejos, más allá del Ponto. Y ahora he
llegado yo con estas riquezas. He dejado otro tanto a mis hijos y ando huyendo, pues he
matado a Ortíloco, hijo de Idomeneo, el que vencía en la extensa Creta a los hombres
comerciantes con sus rápidos pies. Quería éste privarme de todo mi botín conseguido en
Troya, por el que sufrí dolores probando guerras y dolorosas olas, porque no servía
complaciente a su padre en el pueblo de los troyanos, sino que mandaba yo sobre


 

 
 

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